Era el sacerdote, sentí tanta alegría que me eché a sus brazos mientras le decía todavía con un nudo en la garganta por la emoción vivida, ―Muchas gracias, no me he alegrado tanto de ver una cara amiga en mi vida. ―Gracias hija, pero antes de nada quiero que te santigües con agua bendita, estas en la casa del Señor ―indicó con tono cerrado y serio. ―Sí, por supuesto ―afirmé algo asombrada de su comentario. Así lo hice y me puse a caminar hacia dentro en dirección a la sacristía, cuando vi, tres extrañas figuras que había sentadas en primera fila, eran aquellas tres mujeres mayores que ya había visto asistiendo a misa, pero ¿qué hacían allí? ―Si quieres puedes unirte a nuestra novena ―indicó el padre con una sonrisa. ―¿Novena? ―pregunté atónita por su invitación. ―Sí, todas las noche

