Tampoco observé ni una de esas horrendas antenas de televisión encima de los tejados de las casas, las cuales son del todo antiestéticas y perjudican enormemente el paisaje. Tan sólo hay que fijarse en algunas ciudades, que al subir a sus azoteas se puede contemplar con tristeza cómo el horizonte ha sido tomado literalmente por miles de estos artefactos metálicos.
Y para mi sorpresa ni siquiera estaban los tan necesarios postes de luz que se ha convertido en parte indispensable del paisaje en campos y ciudades; tan necesarios para que la electricidad pueda llegar a cualquier casa y con ello ver, cocinar, lavar la ropa…, un sinfín de tareas que de cualquier otra forma sería imposible de realizar, al menos en un lugar civilizado.
Ese aspecto algo descuidado de lugar y la ausencia de todo indicio de modernidad, contrastaba con la aparente buena salud de sus gentes, que aun entradas en años se veían ágiles y sin achaques, pues nadie portaba ni un sólo bastón ni muleta, y eso que el suelo era bastante resbaladizo, lleno de cantos rodados, que se usaban a modo de adoquín para las calles, que garantizaban cuanto menos un esguince si no se andaba con cuidado.
Pero ellos parecían tan ajenos a todo esto, andando de un lugar a otro con tanta tranquilidad que dudo que no tuviesen ninguna obligación que cumplir, pues con la poca prisa con la que se movían no les daría tiempo a hacerlo.
Acercándome a una de las mujeres, que vestía con ropa oscura, tapando su cabeza con un pañuelo n***o, la cual estaba sentada en el porche de su casa, en una mecedora, plácidamente tomando el sol, traté de conseguir algo más de información sobre aquella falta de interés aparente del pueblo por el lago.
―Buenos días señora, ¿le podría hacer unas preguntas? ―la pregunté sin saber siquiera si estaba despierta, pues sus ojos entrecerrados no me dejaban adivinarlo.
―¡Vaya, una turista! ―exclamó sin mostrar el más mínimo sobresalto y sin siquiera abrir los ojos.
―Sí, llegué anoche ―volví a responder tal y como hiciera con el anterior vecino, algo sorprendida de su actitud.
―¿Qué le ha traído por aquí? ―me preguntó antes de poderla interrogar sobre el lago, mientras iniciaba un repetitivo movimiento de mecerse acompañado del chirrido característico de su asiento.
―Me gusta el montañismo y esta era una zona que no conocía ―respondí aún sin saber dónde me encontraba.
―No me extraña ―afirmó mientras se ponía la mano frente a la cara para taparse el sol y verme mejor, a la vez que abría aquellos grisáceos ojos.
―Bueno, yo querría saber algo más sobre el lago, pues me ha llamado la atención su color… ―Intenté preguntarla rápidamente.
―¿Cuánto se va a quedar? ―me interrumpió la mujer sin dejarme explicar, haciendo ademán de levantarse, a la vez que detenía el lento balanceo y enmudecía el crujido de su balancín.
―No sé, uno o dos días ―respondí dubitativa sin saber muy bien el interés que aquello podría tener, pues lo mismo me había preguntado la anterior persona con la que había hablado.
―¡Una pena!, si tuviese tiempo se podría quedar hasta la próxima luna, entonces sí que está bonito el lago ―comentó con una amplia sonrisa, mientras volvía a recostarse e iniciaba su pausado movimiento oscilatorio.
―Bueno, no sé cuándo es eso, pero volviendo al tema, ¿sabe de dónde saca su color? ―pregunté tratando de volver al tema.
―No sé de esas cosas, es así y punto ―repuso indiferente mientras cerraba los ojos para continuar con su soporífero reposo.
―¿Y sabe por qué no es potable? ―insistí, recordando la información que me había dado su vecino anteriormente, contrariada por su pasividad.
―Lo único que le puedo decir es que es un lugar sin vida y por tanto no apto para su uso, por lo que preferimos dejarlo tranquilo ―concluyó algo molesta por que se alargaba demasiado aquella conversación, mientras movía la mano con parsimonia de un lado a otro, con gesto de que siguiese mi camino.
Después de agradecerle sus palabras me dirigí intrigada hacia el lago, para verlo más de cerca mientras quedaba pensativa con aquellas escuetas palabras de sus habitantes que parecían no preocuparse por tener delante un lago tan grande y además sin que se pudiese aprovechar de ninguna forma.
Había leído sobre tipos de aguas que no son buenas para su consumo por contener unos determinados microorganismos o simplemente porque en su composición aparecen elevados niveles de sustancias que son tóxicas para el cuerpo humano, ya sea arsénico, azufre o cualquier otro elemento nocivo proveniente del interior de la Tierra.
Llegando casi a la orilla me subí sobre unas rocas que hacía las veces de asiento improvisado desde el cual contemplar aquel extraño fenómeno líquido del cual apenas sí había conseguido sacarles unas cuantas palabras a los vecinos de la localidad, pero con una idea que se repetía, el agua no es buena para ellos.
Estuve sentada delante de aquel lago por espacio de un par de horas, admirando su color que impedía adivinar la profundidad de sus aguas, siendo su gran extensión lo único evidente, ya que no se advertía de ningún río o cascada próxima que suministrase agua corriente al mismo, algo que me sorprendía, pues a la escasa distancia a la que estaba todavía no había notado ningún efecto negativo en mi salud, ni siquiera el mal olor tan característico de las zonas con sustancias disueltas peligrosas o simplemente en las charcas y aguas estancadas.
Pronto me quedé embelesada observando cómo discurrían lentamente las nubes atravesando las hendiduras de las montañas, o superando sus cimas y no pude evitar la comparación con el pausado caminar de los habitantes de aquel lugar que parecían despreocupados del paso del tiempo, ajenos al frenético pulso de la ciudad.
Aquellos espumosos conglomerados de agua evaporada formaban curiosas imágenes, a veces fáciles de identificar con algún animal, que iban cambiando al capricho de los aires, quedando reflejadas como si de un espejo se tratase, en la superficie negra de aquel lago.
Pero por mucho que me empeñé, con conseguí ver el más pequeño atisbo de movimiento en su superficie, como si el agua de aquel lago fuese inmune a los influjos de la brisa que en cualquier otro lado levantaría suaves olas espumosas que estrellaría contra la orilla, pero no había rastro de la más mínima variación, como si de una sustancia viscosa e impenetrable se tratase, más propio de componentes aceitosos como el petróleo.
Además, tampoco había nada vivo a su alrededor, ninguna planta por pequeña que fuese, que suelen crecer en las proximidades de los lugares húmedos, ni líquenes en las rocas en que me encontraba, ni algas en la superficie de aquel lago, nada vivo que estuviese cerca.
Eso era con respecto a lo que veía, pero aun acostumbrada al cambio que supone ir de la ciudad al campo, en que los sonidos son más sutiles, no conseguía escuchar el más mínimo ruido en aquel lugar, propicio sin duda para descansar y relajarse, pero ni se escuchaba el canto de las ranas o ni el piar del pájaro.
Lo que sin duda me confundió bastante, pues en los lugares silenciosos, por pequeño que sea el ruido que se produce se expande a largas distancias, en cambio en la ciudad, a veces hay que chillar para que te pueda entender la persona que tienes a escasos metros de ti.
Tal es así que para comprobar si por algún motivo me había visto afectada en los oídos dije aquello que los niños con tanta euforia hacen cuando ven alguna oquedad, “Eco”, y tras unos momentos…, nada, volví a intentarlo orientándome hacia otro lado, esta vez con más fuerza, y… nada.
Bueno podía ser que como era un lugar abierto, no tuviese la necesaria sonoridad para que rebotase el sonido en forma de eco, lo que si estaba claro es que me escuchaba bien, por lo que estaba segura de que no tenía los oídos taponados ni nada parecido.
Pero por no haber, ni siquiera había esos inoportunos y diminutos animalitos que con frecuencia se ceban de todo lo que se mueve o simplemente molestan, como moscas, mosquitos y un sinfín de insectos que suelen encontrarse en el campo por doquier.
Y de todas aquellas incongruencias eso era lo que más me asombró, pues en muchos lugares en donde hay acumulación de agua se concentran gran cantidad de insectos, algunos atraídos por la vida que alrededor se genera y otros a la espera de visitantes sedientos para dar buena cuenta de ellos, pero en todo el tiempo que estuve allí no vi ninguno, por muy pequeño que fuese y eso me llenó por un momento de temor, tanto que hasta me provocó que me levantase dando un respingó mientras me preguntaba, ¿y si era cierto de que aquel agua era tóxica?, quizás me había precipitado al acercarme sin tomar ningún tipo de medida, pues aunque no tenían ningún síntoma de asfixia o mareo, no conseguía adivinar qué es lo que había provocado la huida de los animales de la zona, pues sin duda prefería pensar que se habían ido a que habían muerto todos por envenenamiento.
Después de mirar a todos lados y comprobar que estaba sola y que no parecía que hubiese ninguna señal de peligro me volví a sentar en la roca donde me sentía a salvo, pues a pesar de estar próxima a la orilla mantenía la suficiente distancia para que no pudiese caerme en un descuido.
Y abandoné cualquier idea que me pudiese sugerir aquel tórrido sol que había alcanzado su cenit, lo que me había hecho dudar antes sobre si sería conveniente entrarme o no en el lago para bañarme, o simplemente refrescarme los pies a la orilla sin llegar a entrar del todo.
Algo tan inocente que había realizado tantas otras veces sin ningún tipo de problema se me plantaba ahora como un posible riesgo para mi salud, ya que desconocía si el simple contacto con aquella agua negra era suficiente para enfermar o precisaba de su ingestión.
Estando ahí encima de la piedra, tumbada relajadamente, con los ojos entrecerrados, casi somnolienta, viendo hipnóticamente pasar las nubes muy lentamente por encima de mi cabeza, sentí de repente algo muy extraño, era como un sonido a hueco, como si llamasen a una puerta mientras estaba apoyando la oreja al otro lado.
Tal fue el susto que creí que alguno del pueblo me había visto y que se había molestado, y que de alguna forma había provocado aquel escándalo con un palo para que me marcharse del lugar.
Miré precipitadamente a todos lados, con el corazón todavía encogido, pero no vi a nadie, y tampoco pude adivinar de dónde provenía aquel contundente ruido. Me encontraba a solas en aquel paraje, sentada encima de la roca sin nadie alrededor cuando tuve de nuevo esa sensación, quizás aún más fuerte.
Ahora sí que estaba bien despierta, pero tampoco pude comprobar de dónde venía, sino supiese que era imposible pensaría que alguien golpeaba la roca desde abajo, pues hasta pude llegar a sentir cómo temblaba.
Estaba algo preocupada por aquello, todavía en estado de alerta, mirando por todos lados, pero sin ver qué nada hubiese cambiado, dispuesta a bajarme de allí y abandonar el lugar con prisas cuando volvió a suceder, es como si la roca estuviese hueca y la hubiesen golpeado con violencia; pero no podía ser, no había nadie por allí y además la roca que me sostenía parecía maciza.
En ese preciso instante, quizás por reflejo, miré al lago para comprobar si se habían producido ondas en su superficie tal y como sucede cuando se tira una piedra, y me di cuenta de que algo muy extraño estaba sucediendo, la superficie que hasta ese momento había permanecido en calma e inmóvil, parecía que se abombaba y se empezaba a hundir por el centro. Es como si hubiesen quitado el tapón de la bañera y que se produjera una gran absorción por el desagüe, pero no llegó a romperse la calma del lago, únicamente quedó cóncavo por unos segundos y luego volvió a su estado normal.