Y de nombre seguro que me llamaba como una de esas hermosas flores, delicadas, pero regias, quizás la vitalidad que sentía provenía de mi interior, de mi juventud o quizás provenía de la naturaleza que me rodeaba, no lo sabía, pero era una sensación agradable. El camino se empezaba a estrechar, y me conducía hacia abajo de una loma, en dirección a lo que parecía ser el sendero seco de un río. Lo seguí durante unas horas, sin saber a dónde me conduciría. El andar suave y sosegado sobre la pradera se había convertido en un andar torpe y tortuoso, pues aquellos cantos redondeados hacían que allá donde pisase se moviesen las piedras como huyendo de mi peso, estando a punto de caerme en varias ocasiones. Por llegué a algún sitio, se trataba de un pequeño río de escaso caudal, pero suficient

