Capitulo 32

3059 Palabras
Cuando ______ se despertó, bostezó y se estiró. Al alargar la mano no encontró nada. Tom se había levantado y su lado de la cama estaba frío. Una sensación de inquietud la invadió. No era una sensación nueva; la había notado antes. Le vinieron náuseas. Al levantarse, vio una nota en la mesilla de noche. Estaba apoyada en una copa de agua, en la que flotaba una rodaja de limón. La nota estaba escrita con estilográfica. Preciosa ______: He ido a buscar algo especial para el desayuno. Por favor, usa el baño principal. Es mejor. Te he dejado algunos objetos personales allí. Puedes usar lo que quieras de mis armarios. Por favor, quédate. Tuyo, Tom. P. D.: perdona el atrevimiento, pero verte dormida entre mis brazos esta mañana ha sido la visión más bonita que he presenciado nunca. «Vaya, ¿cómo lo hace?», pensó ella, ruborizándose. El Profesor sin duda sabía usar las palabras... y las flores y la música y el pastel de chocolate. Se llevó una mano a la frente, tratando de calmarse. El pastel de chocolate era su nuevo postre favorito. Y el recuerdo de sus dedos en la boca cálida de Tom y el modo experto en que su lengua había... «______, céntrate. Tienes que darte una ducha. Fría, a ser posible.» Se bebió el agua que le había dejado y se dio golpecitos en los dientes con la nota. La última vez que había dormido en esa cama, la cosa acabó de golpe en el salón, con sus gritos. Aunque la noche anterior Tom había sido muy amable con ella, tenía miedo de su reacción de esa mañana. Abrió la puerta de la habitación de invitados y asomó la cabeza, esperando oír signos de vida. Cuando se convenció de que estaba sola, se dirigió al dormitorio principal y cerró la puerta. Recuperó su ropa y se metió en el baño, echando el pestillo. Tom le había dejado otra nota apoyada en una copa de zumo de naranja, decorada con una rodaja de esa misma fruta. «Parece que Tom tiene debilidad por la decoración», pensó. La nota decía: ______: Espero que encuentres todo lo que necesites. Si no, Rachel llenó de cosas el tocador del cuarto de baño de invitados. Usa lo que quieras. Mi ropa está a tu disposición. Ponte un jersey, hace un día frío. Tuyo, Tom. ______ se fue tomando el zumo de naranja mientras examinaba los productos que le había dejado a la vista. Sobre el mármol, colocados con precisión militar, había un cepillo de dientes en su estuche, pasta de dientes, una maquinilla de afeitar desechable —que ______ examinó con la ceja alzada—, varios artículos de tocador de aspecto femenino de una marca llamada Bliss, todos con aroma a vainilla y bergamota y una esponja de ducha de tul color lavanda. ¿Le habría pedido Tom a Rachel que comprara todas esas cosas para sus invitadas? ¿O esa costumbre venía de más lejos? ¿Guardaba esponjas de tul nuevas por si acaso? Tal vez seguía un código de color: lavanda para las vírgenes, rojo para Paulina, n***o para la profesora Singer, verde para las Kaulitz adictas... _______ dudaba que en ese baño se hubiera usado nunca una esponja color lavanda. «Una esponja virgen para una virgen. Qué adecuado.» Se obligó a no seguir por ese camino. Tom se había disculpado y le había pedido que no sacara conclusiones precipitadas. Y lo primero que hacía ella era sacarlas basándose en una esponja. Miró a su alrededor y encontró un albornoz blanco de algodón turco colgado detrás de la puerta y un par de zapatillas de mujer al lado de la bañera. Eran demasiado grandes para ella y también habrían sido demasiado grandes para Rachel. Esta vez, se limitó a poner los ojos en blanco. Le llevó varios minutos descubrir cómo funcionaba la ducha y sus múltiples chorros. Se podía ajustar la presión del agua, la temperatura... Parecía bastante complicado y a ella sólo le interesaba la función principal, en forma de lluvia o de cascada, le daba igual. Por supuesto, fue la función que se activó al accionar la primera palanca. Mientras se envolvía en aroma de vainilla y bergamota, tratando —sin éxito— de que no le recordara a la crema de té Earl Grey, ______ se hizo varias preguntas muy serias. Sospechaba que Tom no querría esperar para mantener la conversación que tenían pendiente. Sería dolorosa. Y luego, ¿qué harían? ¿Intentarían seguir siendo amigos? ¿Para qué? Pero si se bloqueaba pensando en el futuro, no sería capaz de enfrentarse al pasado, o no lo haría bien. Por eso se ordenó centrarse sólo en sus encuentros anteriores, incluida su mala educación y su condescendencia de ese semestre. Era imprescindible que Tom se explicara y que ella escuchara sin sacar conclusiones antes de tiempo. Cuando acabara, le diría exactamente qué pensaba. Sí, iba a resultar doloroso para ambos. Se entristeció al darse cuenta de que nunca había tenido una relación sentimental sana, a pesar de que lo que más deseaba en la vida era disfrutar del amor y del afecto. Tom venía de una buena familia —aunque fuera adoptiva— y era inteligente, guapo y rico, pero sospechaba que tampoco era capaz de mantener una relación sentimental sana. Las relaciones de la madre de _______ no habían sido de ese tipo. Ella había sido testigo de demasiadas, desde una edad demasiado temprana. Había asistido a un desfile constante de relaciones disfuncionales. Por contraste, la relación de su padre con Deb Lundy era bastante normal, aunque podía considerarse informal. Se tenían cariño, pensó_______, pero era un cariño frío y pequeño, como una estrella distante. «Si Tom fuera capaz de amar a alguien, su amor sería ardiente como el sol. Aunque, obviamente, prefiere el sexo al amor. O tal vez los confunde. ¿Qué es peor, pensar que el sexo es amor o pensar que son cosas distintas y elegir el sexo?» ______ dejó que el agua caliente se deslizara por su cuerpo, buscando la manera de liberarse de la irresistible atracción que sentía por El Profesor. ¿Qué no daría ella por tener aunque fuera sólo una pequeña parte de la felicidad que habían tenido Grace y Richard? Eran el matrimonio ideal. Siempre se hablaban con amabilidad. Y se querían tanto... Salió de la ducha, se enfundó el albornoz de Tom y se enroscó una toalla en la cabeza. Bueno, esperaba que fuera el albornoz de Tom, aunque no olía como él. Tras ponerse las zapatillas, regresó al dormitorio en busca de ropa limpia. Encontró unos calcetines, una camiseta blanca y unos bóxers de Princeton y esperó que no le fueran excesivamente grandes. Dirigiéndose luego hacia el gran armario empotrado, encendió la luz interior y vio la ropa meticulosamente organizada en la pared de enfrente y en las dos laterales. Rebuscó en el montón de jerséis y chaquetas. Casi todos eran de cachemira, de la marca Loro Piana, y estaban colocados con esmero en los compartimentos de madera. Rápidamente, se decidió por el verde coche de carreras inglés y comprobó con satisfacción que había recobrado su esplendor inicial. Al llevárselo a la nariz, aspiró el aroma a Aramis y a Tom. Se lo debía de haber puesto después de llevarlo a la tintorería. En ese momento, algo brillante captó su atención. Apoyadas contra la pared y medio ocultas por los abrigos y las chaquetas de los trajes estaban las fotos en blanco y n***o. Reconoció la quinta fotografía, la que había estado sobre el cabecero de la cama. Era una fotografía ligeramente erótica y casi tierna. «No debería sentirse avergonzado de esta foto.» _______ deseó que su espalda fuera tan hermosa como aquélla. Y una parte de ella deseó también que algún día Tom la mirara como el hombre de la fotografía miraba a la mujer. Aunque sólo fuera una vez. Regresó al baño y se miró al espejo. Se notaba que estaba cansada. Estaba pálida, como casi siempre, y algo ojerosa. Tenía los ojos vidriosos y se le marcaban las venas del cuello. Lo cierto era que tenía un aspecto enfermizo, tras aquella dos semanas de tensión y falta de sueño. El contraste entre la piel tan pálida y el pelo tan oscuro no ayudaba. Como tampoco el hecho de que Rachel se hubiera olvidado de comprar maquillaje para las invitadas. «Menudo fallo», pensó, con ironía. Cuando acabó de vestirse, se dirigió a la cocina. Tom no había regresado aún. Tras sacar el móvil y el sobre acolchado, metió la ropa usada en la mochila y luego se sentó en uno de los taburetes de la barra para revisar el buzón de voz. Tenía cinco mensajes de Paul, cada uno más frenético que el anterior. En el último le decía que estaba frente a su casa, en la avenida Madison, llamando al timbre. «Scheiße.» No podía explicarle lo que había pasado, pero tampoco podía seguir ignorándolo. Se inventó una excusa y le envió un mensaje: Hola, Paul. Lo siento. No oí el timbre. ¿Se habrá roto? Kaulitz me abroncó, pero no tengo que dejar el curso (uff). Tengo que encontrar nuevo director. Estoy en ello. Hablamos luego. Gracias.______. Esperaba que el mensaje fuera suficiente para parar el golpe, mientras pensaba una excusa mejor. Suponía que tendría que comentarlo con Tom para unificar las coartadas. Al recordar algo que Tom había dicho el día anterior, abrió el sobre que le había dejado en el casillero. Dentro, además del sujetador n***o, encontró su iPod. Se puso los auriculares y buscó en la sección de canciones añadidas recientemente, donde descubrió que él había incorporado dos. La primera era Prospero’s Speech, de Loreena McKennitt. ______ escuchó sorprendida la evocadora voz femenina cantando el famoso discurso de Próspero de La Tempestad de Shakesperare: Liberadme ahora con vuestros aplausos. Vuestro gentil aliento es el viento que mis velas impulsa. Sin él, fracasa mi proyecto que no es otro que complaceros. Pero ahora quiero, con ayuda del buen vino y del arte más fino, conseguir vuestro favor para no desesperar. con ayuda de los dioses, que perdonan los errores, espero que seáis capaces de perdonar los míos. Igual que vosotros esperáis perdón por vuestros pecados. Que vuestra benevolencia me libere. ________ la escuchó dos veces más, sorprendida tanto por la letra como por la música. Ya sabía que Tom era un hombre intenso, Grace se lo había dicho y ella misma lo había experimentado durante su primer encuentro, cuando la había mirado a los ojos como si nunca hubiera visto a una mujer. —¿______? Ella soltó un grito y se cubrió la boca con la mano. Tenía a Tom delante, con tres bolsas en una mano y un ramo de lirios lila en la otra. Se quitó los auriculares y se lo quedó mirando fijamente. Él bajó la vista hacia el iPod y sonrió. ______ le devolvió la sonrisa. Como respuesta, Tom se inclinó y le dio un beso en la mejilla izquierda y luego otro en la derecha. Ella creyó que iba a besarla en los labios y, cuando no lo hizo, se sintió decepcionada. Sin embargo, el casto contacto fue suficiente para que se le acelerara el corazón. Ruborizándose, se miró las manos. —Buenos días, _______. Me alegro de que te hayas quedado. ¿Has dormido bien? —le preguntó suavemente. —Al principio no, pero luego sí. —A mí me ha pasado lo mismo. Dejó las cosas en la barra de desayuno. No la tocó, pero le miró los dedos. _______ se estremeció al recordar lo que él había hecho la noche anterior. —¿Tienes frío? —No. —Estás temblando —señaló, frunciendo el cejo—. ¿Te pongo nerviosa? —Un poco. Tom empezó a guardar las provisiones. —¿Qué has comprado? —______ señaló las bolsas. —Pastas y una baguette. Hay una panadería francesa a la vuelta de la esquina que prepara el mejor pain au chocolat de la ciudad. También he comprado queso en la tienda de abajo, fruta y una sorpresa. —¿Una sorpresa? —Sí. —Tom sonrió y esperó. Ella arrugó la nariz. —¿No vas a decirme de qué se trata? —Si te lo dijera, no sería una sorpresa. _______ puso los ojos en blanco y él se echó a reír antes de confesar: —Baci. ______ parpadeó. «¿Besos?» Al ver que no entendía el doble sentido, sacó algo de una de las bolsas y lo sostuvo en la palma de la mano, mostrándolo como si fuera una manzana y tratara de tentar a un caballo. La similitud no le pasó desapercibida a _______, que arrugó la nariz mientras miraba la pequeña chocolatina envuelta en papel de plata. —Me he acordado de que te gustan. Cuando Antonio te dio uno, le dijiste que eran tus favoritos. —Lo son, pero se supone que si un hombre me ofrece dulces no debo aceptarlos. ¿No fue eso lo que me ordenaste en Lobby cuando fuimos con Rachel? ______ cogió el bombón, lo desenvolvió y se lo metió en la boca. —Yo no te doy órdenes. —¿Te estás riendo de mí? —preguntó ella, abriendo mucho los ojos mientras se comía el bombón. —No. —¿De qué planeta has salido? Hola, me llamo Tom y soy del planeta de los que damos órdenes sin parar y no nos damos cuenta. —Muy graciosa, ______. —Se aclaró la garganta y la miró fijamente—. Ahora en serio. ¿De verdad crees que te doy órdenes? —Tom, no haces otra cosa. Cuando hablas con la gente, sólo usas un tiempo verbal y es el imperativo: haz esto, haz lo otro, ven aquí... Y para empeorar las cosas, al igual que Paul, piensas que debería vivir en un zoo. O en un libro infantil. Al oír el nombre de Paul, la expresión de él se ensombreció. —Ayer alguien tenía que tomar las riendas de la situación. Sólo trataba de protegernos a los dos. Te pedí que hablaras conmigo, llevaba días suplicándotelo, pero no me escuchabas. —¿Qué podía hacer? Eres una montaña rusa emocional y quería bajar antes de hacerme daño. Nunca sé cuándo vas a ser dulce y susurrarme algo que me deje sin aliento o a decirme algo tan mezquino que me rompa el... —Se interrumpió. Tom carraspeó. —Siento haber sido mezquino. No tengo excusa. Ella dijo algo entre dientes. —A veces es difícil hablar contigo —continuó él—. Nunca sé lo que estás pensando. Sólo dices lo que piensas cuando te enfadas. Como ahora. _____ inspiró por la nariz. —No estoy furiosa. —En ese caso, me gustaría que habláramos un rato. Arriesgándose, Tom alargó la mano y le acarició los largos rizos húmedos. —Hueles a vainilla —susurró. —Es tu champú. —¿Crees que soy un mandón? —Sí. Tom suspiró. —Supongo que es la costumbre. Llevo tantos años viviendo solo que me he vuelto grosero. No tengo práctica en ser amable. Pero tendré cuidado con cómo te hablo a partir de ahora. Respecto a Paul, me parece ofensivo que te llame conejo. Los conejos acaban en una cazuela, así que eso debe acabar. Pero ¿qué problema tienes con que te llame gatita? Pensaba que era... dulce. —No lo es cuando tienes veintitrés años, eres menuda y estás tratando de que te tomen en serio en el ámbito académico. —¿Ni siquiera cuando tienes veintitrés años y eres preciosa y alguien de treinta y tres años del ámbito académico te lo dice porque cree que eres muy, muy sexy? ______ le apartó la mano. —No te burles de mí, Tom. Es muy cruel. —Nunca me burlaría de ti —dijo él, muy serio—. ______, mírame. Ella mantuvo los ojos clavados en el suelo. Tom aguardó impaciente hasta que los levantó. —Nunca me burlaría de ti. Y menos con algo así. _____hizo una mueca y apartó la vista. —Gatita suena como algo que se le dice a una amante —protestó, ruborizándose, mientras Tom seguía guardando la compra. Cuando acabó, él le dijo: —Significó mucho para mí que vinieras a la cama anoche y poder dormirme abrazado a ti. Gracias. Ella siguió sin mirarlo. —Mírame, por favor —susurró Tom. Sus ojos se encontraron y a ______ la sorprendió la expresión de él. Estaba preocupado. —¿Te avergüenzas de haberte metido en mi cama? Ella negó con la cabeza. —Me recordó nuestra primera noche juntos. —A mí también —murmuró ______. —Siento no haber estado cuando te has despertado esta mañana. Me he despertado de madrugada. Dormida me has recordado a La despeinada de Leonardo da Vinci. Se te veía tan serena con la cabeza apoyada en mi hombro... Y muy, muy hermosa. —Se inclinó sobre ella por encima de la barra de la cocina y la besó dulcemente en la frente—. Entonces, ¿has dormido bien? —Demasiado bien. ¿Por qué encendiste velas en tu dormitorio? Él le acarició una ceja con el dedo. —Quería que pudieras ver el cuadro de Holiday. Y sé que no te gusta la oscuridad. Tenía miedo de que te asustaras y te fueras. —Fue, ejem, muy considerado por tu parte. Gracias. Sin apartarle la mano de la mejilla, Tom clavó en ella sus ojos cafés. ______ sintió que su mirada la quemaba. —Soy un buen amante, ______, en todos los sentidos. Cuando él se volvió, ella trató de recobrar el aliento, sin conseguirlo del todo. —¿Por qué te enfadaste tanto conmigo el primer día de seminario? —No estaba enfadado contigo. Estaba preocupado y de mal humor. Me resultabas familiar. Te hice una pregunta para que me miraras a la cara y, cuando me ignoraste, perdí los nervios. No estoy acostumbrado a que me ignoren. Ella se mordió el labio inferior. —Sé que eso no es excusa. No trato de excusarme, sólo de darte una explicación. Al verte, se removieron muchas cosas en mi interior. No sabía qué me estaba pasando y reaccioné mal. Reaccioné atacando. Mi mala educación contigo es totalmente inexcusable.
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