ARIADNA Desperté con el sonido de una cerradura, me senté de golpe en la cama de aquella villa desconocida, llevaba días aquí, atendida por hombres que no hablaban y una mujer muy amable, lo último que recordaba era la lluvia, el frío de la carretera y un coche n***o que me saco de mi miseria, trayéndome aquí. Un hombre entró apoyándose en un bastón, su figura era imponente, envuelta en una sombra que parecía seguirlo. Cuando la luz de la lámpara le dio en el rostro, sentí que el aire se me escapaba de los pulmones y retrocedí hasta chocar con el respaldo de la cama, temblando. —No puede ser... —mi voz fue un hilo roto—. Tú estás muerto, yo estuve en el funeral, yo vi a Matteo llorar sobre tu tumba. —Los muertos no suelen tener tanta hambre de justicia, Ariadna —respondió Alessandro Mo

