CAPÍTULO 2
La mujer contempló alegremente a sus dos pequeños mientras jugaban en el suelo frente a ella. Los dos eran perfectos, talvez demasiado, llegó a pensar. Era muy difícil distinguirlos entre sí. Pensó que nunca antes había visto gemelos así.
Los había llevado en su vientre, los había dado a luz y ahora era responsable de cada minuto de sus vidas. Ellos la amaban, dependían de ella e interactuaban con ella de una forma que jamás creyó posible. Habían comenzado a hablar hacía unos meses, ambos tenían la habilidad de dar unos cuantos pasos sin ayuda; ella estaba orgullosa de su progreso. Ellos tenían mentes ágiles y activas, tal como ella imaginó. Después de todo eran tan parecidos al hombre que se encontraba sentado en el cuarto de al lado; el hombre que había estado a su lado durante todo el proceso. Aquel que había sostenido su mano mientras daba a luz a los gemelos, y cuya sangre y genética recorrían ahora sus venas. Su mente había sido parte del prototipo con el que habían sido diseñados.
La puerta del cuarto de juegos se abrió; el hombre de la bata blanca entró, cruzó la habitación y se sentó en el sofá junto a ella.
—Se ven bien — dijo él con una sonrisa en el rostro.
—Claro que sí. Siempre, ¿verdad niños? —contestó ella dirigiendo la pregunta retórica hacia los dos niños que jugaban y que parecían no hacer intento por contestarla.
— ¿Todo va de acuerdo a tu programa de diseño de niños? —preguntó el hombre.
—Lo haces sonar tan clínico —respondió ella.
—Eso eres, ¿no? Una médica clínica; y una de las mejores en tu campo, debo añadir.
—Sí, claro. Es sólo que ellos no tienen idea de cuán importantes son para mí, o para ti.
—Un día lo sabrán, y estarán orgullosos de su herencia, su crianza, su linaje.
La mujer pareció perderse en su pensamiento por un minuto y después se levantó del sofá y con una seña le indicó al hombre que la siguiera. Mientras se retiraban hacia la parte más lejana de la habitación, los gemelos se levantaron en perfecta sincronía. Con firmeza en sus piernas comenzaron a caminar hacia la pareja lentamente, pero con una seguridad rara para su edad. Mientras se acercaban a la sonriente pareja, los niños levantaron sus manos. Primero, el hombre respondió amablemente al gesto, después la mujer. Los dos niños tomaron las manos de los adultos, quienes los guiaron hacia otra habitación. El cuarto era especial para niños, tenía una decoración alegre; en él, pronto dormirían los pequeños bajo las tibias cobijas de sus camas construidas especialmente para ellos. Ambas camas eran a medida y tenían una gran cantidad de equipo de monitoreo. Era hora de su siesta vespertina.
Después de asegurarse de que los niños dormían seguros, y de que las cámaras que grababan cada movimiento estuvieran encendidas y funcionando correctamente, el hombre y la mujer dejaron la habitación, volvieron sobre sus pasos a través de la alfombra azul pastel del cuarto de juegos y se dirigieron hacia la oficina que quedaba al otro lado de la pared.
El hombre permaneció un largo rato mirando hacia afuera por la ventana de la oficina, mientras la mujer tomaba nota en su escritorio. Él observó una familia de mirlos1 alimentarse sobre el césped, la mamá, el papá y dos polluelos buscando gusanos. Después una ardilla bajó corriendo del árbol alto que estaba en medio del jardín, ansiosa por encontrar una nueva fuente de alimento para después regresar a su escondite secreto.
El hombre era afortunado de disfrutar tal escena, ya que la ventana estaba ubicada perfectamente para poder observar las pequeñas maravillas de la naturaleza que regularmente ocurrían en el gran jardín de afuera. Un gran contraste de su vista panorámica, era aquella habitación decorada, ubicada en el centro de la casa en donde se encontraban los gemelos, y el cuarto de juegos súper equipado y bien iluminado donde no había ni una ventana en lo absoluto.