— ¿No se sentirán desorientados cuando los llevemos afuera por primera vez? — preguntó el hombre. —Es posible —respondió la mujer—, pero creo que es momento de intentarlo. — ¿Cada quien uno? —preguntó después. —Cada quien uno —confirmó ella. Unos minutos después, el hombre y la mujer llevaron a los niños de la mano desde el cuarto de juegos a la oficina. Los niños no hicieron ningún sonido, pero sus ojos observaron cada detalle conforme cruzaban la oficina hacia la puerta que jamás habían visto antes. El hombre quitó el seguro de la puerta que llevaba hacia afuera, la abrió, y un rayo de luz llenó la habitación. Los niños quedaron sorprendidos con la explosión de luz repentina; no se parecía a nada que hubieran visto antes. Sin dudar más, primero el hombre y después la mujer, llevaron

