III
La partida
Desde aquel día, la idea de irse no abandonó a Tomek ni un solo instante. Una noche, tuvo un extraño sueño en el que perseguían a la chica unos tigres que corrían sobre las patas traseras, como si fueran personas. Ella le pedía ayuda:
—¡Tomek! ¡Tomek!
Él la agarraba de la mano y los dos huían a todo correr. Tras ellos oían el chasquido de las mandíbulas de los hombres tigre, pero se escapaban en el último momento, ocultándose tras una roca. Una vez allí, Tomek le preguntaba a la muchacha que cómo podía conocer su nombre, y ella respondía, encogiéndose de hombros:
—¡Pero si todo el mundo te conoce, Tomek!
En otro sueño, estaba inclinado sobre un estanque de agua pura, en lo alto de la Montaña Sagrada, y veía algo brillar en el fondo, bajo el agua. Era la moneda de la pequeña, la onza con la que le había pagado el bastoncillo de caramelo. La recogía con la mano, y al darse la vuelta, allí estaba ella, sonriendo, con un vestido de princesa. Y tras ella, ya domados, los hombres tigre le servían de guardaespaldas.
Tomek decidió que su partida sería al alba. Así nadie se daría cuenta de su ausencia en un primer momento, y cuando el anciano Icham se encontrara con la carta en su caseta, él ya estaría lejos.
Los últimos días, le costó mucho esconder su nerviosismo y le pareció que todo el mundo le miraba de un modo extraño cuando iba a la tienda. Era como si llevara escrito en la frente su gran proyecto, como si hubiera algo que le traicionara, quizás una luz en la mirada. Se estuvo planteando durante mucho tiempo qué ropa llevar, ya que no podía saber qué le esperaría en el camino. En aquellos países lejanos, ¿haría frío o calor? ¿Sería necesario llevar calcetines de lana, un jersey grueso o un pasamontañas? O, por el contrario, ¿sería conveniente viajar lo más ligero posible, para facilitar el camino? Tampoco sabía qué objetos llevar. Buscó respuestas en los libros de aventuras que le gustaban, pero no encontró nada. La mayor parte de los aventureros no tenían posesiones, y su preferido, Robinson Crusoe, aún menos que los demás, ya que lo perdió todo en el naufragio. La chica del bastón de caramelo tampoco tenía gran cosa, o eso le pareció. Así que Tomek decidió seguir su ejemplo y no llevar nada que no fuera imprescindible.
Lo primero que necesitaba era una buena manta de lana, porque seguramente tendría que dormir al raso y las noches, en poco tiempo, dejarían de ser cálidas. También necesitaba una cantimplora. Precisamente tenía una, de piel de nutria. Se la ataría firmemente al cinturón y la podría usar para beber, además de servirle para recoger el agua del río Qjar, en el caso de que consiguiera encontrarla, por supuesto.
Él mismo se hizo, con una tela muy resistente, una bolsa de tan solo unos pocos centímetros, en la que guardó la moneda que le dio la chica. Así podría devolvérsela si se la encontraba. Suponiendo, claro está, que se la fuera a encontrar… hasta ese momento, la llevaría bajo la camisa, atada al cuello con un cordel, y ¡ay de aquel que intentara robársela!
En los bolsillos del pantalón solo se guardó un cuchillo para osos, por si tuviera que defenderse, y dos pañuelos en los que su madre, hacía ya tiempo, había bordado una «T», la inicial de Tomek.
La última tarde, después de haber comprobado que todos sus asuntos estaban en orden, se sentó detrás del mostrador, encendió la lámpara de aceite y escribió la siguiente carta para Icham:
Querido abuelo Icham,
Siempre estás leyendo las cartas de los demás, pero esta es para ti, así que no tendrás que leerla en voz alta. Sé que esto te va a poner triste y te pido que me perdones. Esta mañana me he puesto en camino para buscar el río Qjar. Si lo consigo, te traeré agua de allí. Espero encontrarme por el camino a la chica de la que te he hablado, porque ella también va hacia allá. Te dejo la llave de la tienda, porque yo podría perderla a lo largo del viaje. Volveré lo antes posible.
Hasta pronto. Tomek.
Le costó contener las lágrimas mientras se metía la carta en el bolsillo. Icham había envejecido bastante en los últimos meses. Sus mejillas se habían ahuecado. Sus manos parecían pergaminos antiguos. ¿Seguiría vivo cuando Tomek regresara? De hecho, ¿regresaría algún día? Ni siquiera estaba seguro de eso.
Se acostó, vestido, sobre la cama, y durmió algunas horas sin soñar nada. Cuando se despertó, aún era de noche, y un rayo de luna iluminaba débilmente la trastienda. Saltó sobre ambos pies, con el corazón lleno de alegría. ¡Había llegado el día! Le parecía que había esperado una eternidad, y que el mejor día de su vida por fin había llegado. Le envolvió una inmensa sensación de esperanza. Estaba seguro de que encontraría el río Qjar. Escalaría la Montaña Sagrada, traería el agua de vuelta, ¡y también volvería a ver a la chica, y le devolvería su moneda!
Se bebió un gran tazón de chocolate y comió con ganas varias tostadas con mantequilla y mermelada. Después se vistió con ropas cálidas, se aseguró de que la cantimplora estaba bien prendida a su cinturón y de que llevaba en sus bolsillos todo lo que había previsto. En el último momento, añadió un buen pedazo de pan. Para terminar, enrolló su manta de lana bien apretada, y se la echó a hombros, después fue hasta la puerta del almacén e hizo lo que nunca jamás había hecho en toda su vida: le dio la vuelta al pequeño cartel que estaba atado a ella. Ahora se leía: CERRADO.
Tomek atravesó las calles silenciosas del pueblo hasta llegar a la caseta del viejo Icham. La tela cubría el ventanal. Sin hacer ruido, la apartó, y sobre la pequeña mesa que Icham utilizaba para escribir, depositó la llave de la tienda, el sobre que contenía su carta de despedida y un gran pedazo de turrón.
—Adiós, abuelo… —murmuró, como si el anciano pudiera oírlo. Después volvió sobre sus pasos, y echó una última mirada a su tienda cuando pasó por ella. Por fin, se adentró, con paso decidido, por el camino que había transitado tantas veces, solo que esta vez no tendría que dar media vuelta. Esta vez, se iba de verdad. Era un aventurero. Como si le estuvieran saludando, una bandada de ocas salvajes dibujó en el cielo, a mucha altura, un triángulo perfecto. Iban hacia el sur, como Tomek.
—¡Ya voy! —les respondió él, y su pecho se hinchó de alegría.
En aquellos tiempos antiguos, se tenía una noción muy vaga de la geografía. Ya sabían que la tierra era redonda, pero muchas personas no estaban convencidas del todo: «Si la tierra es redonda…», se preguntaban, «¿los que están al otro lado van boca abajo? ¿Y cómo es que no se caen? ¿Tienen las suelas pegadas al suelo?».
No había mapas exactos, como hoy en día, ni carteles indicadores. La gente tenía que orientarse observando el sol, la luna y las estrellas… y se perdían muy a menudo, hay que reconocerlo.
Tomek había decidido dirigirse siempre hacia el sur, que era donde se encontraba el océano, según Icham. Una vez allí, pensaba, ya elegiría la derecha o la izquierda para tratar de encontrar el río Qjar. Durante buena parte del día, caminó a través de paisajes que le resultaban familiares, colinas y llanuras, y solo se detuvo para comer un poco de pan, beber de la cantimplora y coger un par de frutas de los árboles.
Pero según se acercaba la noche, le pareció que el horizonte se extendía, y que estaba señalado por una especie de interminable trazo n***o horizontal. Cuando estuvo a unos cientos de metros, vio que se trataba de un bosque, el más grande que jamás hubiera visto. La idea de atravesarlo no le gustaba ni un pelo, pero seguramente rodearlo le supondría días enteros de camino, o quizá semanas, ¿quién iba a saberlo?
Sin embargo, Tomek se dijo que ya se preocuparía al día siguiente: aquel ya había tenido bastante, y se encontraba cansado. Así que retrocedió un poco, hasta un lugar donde había visto un árbol aislado que tenía forma de paraguas y cuyas ramas más bajas casi tocaban el suelo. Se deslizó debajo, abrigándose con la manta. Medio dormido, aún le dio tiempo de pensar que le vendría bien un compañero de camino, que los aventureros solían llevar uno, y que de ese modo se sentiría menos solo. Pero estaba tan agotado que cayó rendido antes de haber tenido siquiera tiempo de entristecerse.