Epílogo Hannah regresó antes de que pasaran tres semanas. Era por la mañana, y Tomek acababa de abrir su almacén. Al empujar la puerta, hizo entrar con ella toda la luz de la calle. Llevaba el gorrioncillo posado en el hombro. —¡Hannah! —exclamó él, y su corazón se estremeció de felicidad al volver a verla. Charlaron un poco y después Tomek fue a buscar la sortija. Hannah levantó la tapa ella misma y dejó caer la gota de agua en la palma de su mano. Después cogió al gorrión con la otra mano y lo puso al lado. —Bebe, por favor, pajarito mío… bebe —le dijo, con dulzura. El ave dudó un instante, y después todo sucedió muy rápido: se inclinó sobre la gota, que brillaba como una perla, la deslizó por su pico, y, por fin, con un rápido movimiento de cabeza, la hizo correr por su garganta.

