Raghba

1997 Palabras
El humo azulado del puro se elevaba en espirales hacia el techo alto de la oficina. Azhar Barakat observaba el recorrido de la nube gris con los ojos entrecerrados, recostado en su sillón de cuero n***o, disfrutando del crujido de la piel bajo su peso. Abajo, entre sus piernas, el cabello rubio de la mujer se mecía con un ritmo rápido y constante. Sintió la presión húmeda envolviéndolo, la succión decidida que le arrancó un leve gruñido desde el fondo del pecho. Cerró los ojos por completo, dejando que sus dedos se enredaran en los mechones claros para empujarla hacia abajo con fuerza, obligándola a ir más profundo. Ella lo hacía con ímpetu, esforzándose por abarcar el grosor y la longitud que la hacían ahogarse por momentos. A Azhar le importaba una mierda su incomodidad; la sujetó del cabello con firmeza, guiando el ritmo sin la menor delicadeza. Quizá no era el mejor momento para desestresarse, pero la mejor forma de quitarse la tensión siempre venía acompañada de una buena mamada. Su padre había muerto hacía tres días. Había sido algo natural y esperado en un hombre que llevaba meses enfermo en cama, pero lo que le inquietaba no era la muerte en sí, sino lo que venía con ella. Nadine. La huérfana que su padre había decidido adoptar hacía varios años, cuando ella apenas tenía seis. Azhar sentía un profundo resentimiento hacia esa chica y la despreciaba con toda su alma. Por ley y mandato de su padre, ahora quedaba bajo su tutela hasta que contrajera matrimonio. Los Barakat eran una familia musulmana tradicional, donde el honor y el control lo eran todo, y tener que hacerse cargo de su "hermana" le revolvía el estómago. La rubia siguió con la tarea, ajena a los pensamientos del hombre. El sonido húmedo y los gemidos ahogados de la mujer llenaban el espacio. Azhar apretó los dientes, sintiendo la carne al límite por el roce constante de la lengua y los labios que la envolvían con desesperación. La empujó una última vez al fondo de su garganta, disfrutando de la sumisión absoluta de la mujer, hasta que llegó al clímax y se derramó con fuerza en su boca. Ella se tragó todo el líquido que pudo sin protestar y se apartó despacio, respirando con dificultad mientras se arrodillaba en el suelo. Entonces dos golpes sonaron en la puerta. Azhar se acomodó el pantalón con lentitud, subiendo la cremallera y ajustando el cinturón con total tranquilidad, mientras la rubia limpiaba las comisuras de su boca con el dorso de la mano. Él no le dirigió una sola palabra; simplemente le hizo una seña con la mirada hacia la salida lateral. La mujer entendió el gesto de inmediato, se puso en pie a toda prisa y se marchó. —Adelante —dijo Azhar. Tariq, su hombre de absoluta confianza, entró a la estancia y caminó hacia el escritorio. —Zaim (jefe o líder) su prometida ha estado llamando a la otra oficina. Parece que le urge hablar contigo —Azhar soltó aire por la boca, recargándose en el respaldo. Lo había olvidado. —Además, el hombre que maneja la subasta me avisó que las mujeres están por llegar —añadió Tariq—. Y también he mandado a recoger a tu hermana al aeropuerto. Azhar se levantó de la silla y asintió con la cabeza. Tenía que llegar a esa reunión con su prometida de inmediato si quería mantener los planes de la familia en orden. Fue a su casa y se dio una ducha rápida. El agua corría por su cuerpo. El Zaim era un musculoso hombre de treinta y ocho años, su abdomen estaba firme y marcado. En el omóplato izquierdo llevaba un tatuaje imponente de un halcón n***o con las alas extendidas que le cubría casi toda la espalda. Al salir, se vistió muy elegante, con un traje oscuro a la medida y una camisa blanca perfectamente planchada, listo para recibir a las visitas. Yasmina, su prometida, ya estaba en el salón principal. Tenía veinticinco años y derrochaba una elegancia natural, mostrándose segura de sí misma y muy amable. Llevaba el cabello cubierto por un hijab de seda fina que combinaba con su vestido largo. Estaba acompañada por su padre, Jamal Al-Amin, un magnate inmobiliario con el que Azhar tenía una relación cercana desde hacía años. —Siento mucho la muerte de tu padre, Azhar —dijo el hombre, dándole un abrazo franco—. De verdad me habría gustado acompañarlo en sus últimos días, pero estaba fuera del país. —Gracias, Jamal. Agradezco que estés aquí —respondió Azhar, hablándole con total confianza—. Pero no te preocupes, el compromiso sigue en pie. No hay cambios en eso. Azhar sabía que en realidad, ese era el único motivo de la presencia del hombre ahí. Yasmina era hermosa, virgen como toda mujer musulmana de buena cuna. No es que a Azhar eso le interesara en realidad, lo que le iteresaba era el estatus y los negocios que ayudaba a mantener ese matrimonio. y casarse con ella le traería más poder a la familia. Era un matrimonio de conveniencia para ambas partes. Desposar a la hija de Al-Amin no le resultaba un problema, sobre todo porque Azhar no tenía pensado abandonar su vida oscura en Raghba de ninguna manera. Yasmina se mostraba, educada, y alegre. Sin duda era la esposa perfecta para cualquier hombre musulmán. Ella lo observó con sus ojos marrones y Azhar le dedicó una sonrisa tranquila y segura. Jamal los dejó solos unos minutos para ir a la terraza a contestar una llamada. Yasmina aprovechó el momento para acercarse a Azhar. —Supe que tu hermana llegará pronto —dijo ella con un tono suave y amable—. ¿Cuándo vendrá a esta casa? —Estará aquí esta misma noche —respondió Azhar, manteniendo el rostro serio. —Qué bueno. Ya planearemos un momento para que nos conozcamos bien. Estoy segura de que nos llevaremos excelente, puedo ayudarla a instalarse si me lo permites. Yasmina se mostró encantada con la idea, reflejando su buena educación, en cambio Azhar no parecía tan contento; solo desvió la mirada sin responderle. La presencia de Nadine —no solo en su casa, sino en cualquier espacio que él ocupara— era una molestia. Poco después, los invitados se prepararon para retirarse. Junto a la puerta, Azhar volvió a hablar con el padre de ella. —Nuestro compromiso se llevará a cabo formalmente después de que pase el luto de mi padre, Jamal. Hay que respetar los tiempos. El hombre asintió gustoso, estrechándole la mano antes de salir hacia su auto. En cuanto se fueron, Tariq llamó al celular de Azhar. —Zaim, las mujeres de la subasta han llegado. El salón está lleno. Azhar amplió una sonrisa. Raghba (Deseo) no era un club nocturno cualquiera; era el vertedero secreto de la moralidad de Beirut. Un palacio de mármol n***o y luces carmesí creado exclusivamente para que los magnates, ministros y hombres más poderosos del mundo musulmán se despojaran de su fachada religiosa y dieran rienda suelta a sus perversiones más salvajes. Allí dentro, las leyes del Corán no tenían cabida; quien regía las leyes del lugar era Azhar, el llamado Zaim. Hombres que exigían pureza y castidad, allí pagaban fortunas en oro por consumir carne fresca, sumisión extrema y excesos que violaban cada ley de su fe. En sus salones privados no existían los límites. El aire olía a hachís, fluidos y perfumes caros, mientras las mujeres del catálogo —desde jóvenes que vendían su virginidad por desesperación hasta viudas caídas en desgracia— se convertían en posesiones absolutas de los clientes. En Raghba, el dinero compraba el derecho de tratar a un ser humano como un objeto de consumo, bajo la certeza de que lo que pasaba tras esas puertas pesada jamás saldría a la luz del día. Era un infierno de lujo donde el pecado se organizaba, se subastaba y se disfrutaba sin culpa. Azhar ajustó su chaqueta y regresó al lugar. Al entrar, el ambiente del club ya era un caos de lujo y fiesta. Había muchos hombres musulmanes adinerados disfrutando de la noche, bebiendo y charlando en las mesas VIP. En el centro del lugar, varias mujeres danzaban al ritmo de la música tradicional; vestían ropas pequeñas, faldas transparentes y tops llenos de pedrería que tintineaban con cada movimiento de sus caderas. Azhar subió al segundo piso para observar desde lo alto. Entonces, entre todas las mujeres del lote, hubo una que robó su atención. Tenía la piel morena clara, el cabello oscuro y unos hermosos ojos que destacaban por encima de todo. Se notaba un poco tensa, pero eso no sería problema. Llevaba un velo que le cubría la nariz y la boca, pero joder, tenía un hermoso par de pechos que resaltaban con esa ropa pequeña que casi no dejaba nada a la imaginación. Cuando la subasta empezó y las pujas de los clientes comenzaron a levantarse, Azhar no quiso esperar más. Agarró su radio y llamó a seguridad. —Quiten a la mujer de rojo de la fila ahora mismo —ordenó. Era el puto dueño y la quería a ella. Quería desestresarse y olvidarse de todo lo que le había pasado en el día. Caminó hacia una de las salas privadas del club, el lugar a donde los guardias llevaron a la joven poco después. La habitación tenía un mueble de cuero pegado a la pared y una mesa baja. La chica se quedó quieta cerca de la puerta, temblando. —Baila —le ordenó Azhar con frialdad. Ella no se movió, manteniéndose firme en su sitio. Azhar la miró con severidad, sacó su pistola del saco y la dejó con calma sobre la mesa para que viera que no estaba jugando. A ese lugar las mujeres llegaban por voluntad propia; jóvenes que querían dinero extra o que huían de una vida tradicional para venderse al mejor postor. Pero una vez dentro, pertenecían a Raghba y quien dictaba las leyes ahí era Azhar. —Baila para mí —repitió con la voz mas ronca. La joven tragó saliva y comenzó a moverse despacio. Azhar observaba cómo movía sus caderas de un lado a otro, mientras él frotaba su espesa y delineada barba, deleitando sus pupilas, con la delicadeza de su cuerpo, mirando la tela del traje brillando bajo las luces rojas. La atracción se le subió a la cabeza. Tenía un cabello largo y castaño que se mecia con cada movimiento. Debía ser hermosa. —Ven aquí —le indicó, dando un golpeteo en su propia pierna. Ella caminó con osadía, se acercó al mueble y se subió a su regazo de frente, con la respiración agitada, meciendo su cuerpo para él. Azhar la sostuvo con fuerza de la cadera, acariciándole la piel. Jamás había sentido un deseo así recorrerle la piel, era una maldita locura. Cuando su mano subió más con la intención de arrancarle el top que cubría sus pechos, ella le detuvo la mano con firmeza. Al Zaim no le gustó su rechazo. En un segundo ya estaba sobre ella, entre sus piernas, en ese fino sofa de cuero. Ella lo empujó del pecho intentando quitárselo de encima, pero Azhar acercó su rostro a su cuello, respirando su aroma. —Te pagaré muy bien por esto —le dijo al oído, mientras sus manos buscaban acariciar sus pechos sin importarle sus quejas. —No puedes hacer esto, suéltame —dijo ella, con la voz firme. —¿Por qué no puedo? —preguntó él, ladeando una sonrisa, deteniéndose a pocos centímetros de su cara. Maldición. Claro que podía. Ella levantó las manos, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, se desató el nudo del velo y lo dejó caer junto al sofa. Los ojos oscuros de Azhar se abrieron de golpe al reconocer las facciones de la chica. —Porque soy Nadine, tu hermana.
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