Camila Casi me carcajeé al ver todas las cajas de zapatillas perfectamente ordenadas en las repisas, en la parte de abajo los zapatos y algunos bototos, todo en sus envoltorios, muchas camisas y pantalones en los colgadores y al otro extremo los cajones con su ropa interior y el que seguramente buscaba yo, sonreí al ver de las primeras la camiseta Ferretti. Dejé toda mi ropa sobre la silla del escritorio hasta quedar sólo en sujetador y tanga, cubriendo mi cuerpo con la camiseta verde, solté mi pelo, porque sabía que él lo prefería así y me recosté en la cama, amoldando el cojín en mi nuca y flexioné las piernas, cruzando la derecha sobre la otra, preocupándome que la tela cubriera la mitad de mis muslos. Desearía tener las uñas pintadas. —Eres demasiado peligrosa para tu propio bien —su

