Vuelvo a crear sombras con la punta del lápiz y difumino, repito el proceso varias veces hasta que obtengo un resultado satisfactorio, me incorporo, observando el dibujo y frunzo mis labios. «No está nada mal», pienso. Suelto un suspiro y cambio de hoja, dispuesto a hacer el cuarto dibujo del día. Mi cabeza comienza a doler, tengo sueño y estoy totalmente aburrido. Tiro el lápiz sobre el escritorio y doy vueltas con la silla giratoria, echando la cabeza hacia atrás mientras observo el techo. La puerta de mi habitación se abre, detengo mi acción y miro a la persona que entra con una ceja enarcada. —¿Crees que tu madre se dé cuenta que le he acabado la salsa? —No —niego—, lo hará Darell, pero igual no hay ningún problema con ello, mañana hacen la despensa. —De acuerdo —asiente,

