CAPITULO 12

3428 Palabras
KOJI Me paso las manos por el cabello, molesto conmigo mismo por haber perdido el control de mis emociones hace unas horas, pero no pude evitar la llamarada de posesividad que se encendió en mí cuando vi que el ruso hijo de puta había puesto sus ojos en lo que es mío. Porque sí, Akari Tanaka es mía. Mi prometida y muy pronto mi mujer. La mujer que será madre de mi descendencia y detesto que otros codicien lo que me pertenece. Mi madre siempre decía que, a pesar de que soy el más calmado y distante de mis hermanos, era el más territorial y posesivo con mis cosas. Y muy a mi pesar sigue siendo así; odio que miren lo que es mío, que lo toquen, que lo deseen. Por eso, cuando el ruso de mierda puso en su asquerosa boca el nombre de mi prometida, algo en mí se quebró, mis instintos tomaron el mando y reaccioné con un impulso primario. Puede que diga que Akari es una transacción comercial, pero sigue siendo mía. Sea lo que sea, me pertenece todo de ella y para arrancármela de las manos primero tienen que matarme. No hay otra opción en mi espectro de posibilidades. Hago una muesca de fastidio cuando me obligo a seguir escuchando a mis socios. No me malentiendas, los tolero, pero en estos momentos estoy demasiado molesto conmigo mismo por perder la compostura. Esa es la razón por la que me he mantenido alejado de mi prometida; no sé de qué seré capaz si estoy un segundo más cerca de ella, porque siento que solo queda una pequeña cuerda que sostiene mi dominio propio antes de que la oscuridad lo consuma todo. Todos creen que porque me he alejado de Akari no la he mantenido en mi radar. Qué equivocados están. A pesar de que me he pasado tres años evitando Tokio y a mi prometida como si tuvieran alguna enfermedad contagiosa, siempre ha estado bajo mi vigilancia constante. La he estado observando desde la distancia como un maldito acosador, y ya tengo la polla en carne viva de todas las veces que el deseo me ha ganado y me he masturbado viendo sus fotos. La odio. La odio por hacerme desearla. La odio por irrumpir en mi vida de esta manera y poner mi mundo patas arriba, rompiendo cada una de mis defensas. Pero también la deseo como un depredador desea una jugosa presa que solo está esperando el momento para hincar sus colmillos en esa carne tierna y delicada, marcándola para siempre. —¿Me estás escuchando? —me pregunta Mattia, visiblemente irritado por mi silencio. Él también parece querer mandarnos a todos a la mierda y largarse con su mujer. Mattia es el más parecido a mí en ese sentido; detesta estar rodeado de personas y creo que los únicos que le caen bien son sus hijos y su mujer. A los demás solo nos tolera por necesidad. —No —soy sincero, mi mente está en otra parte. —¿Me estás ignorando? —pregunta, indignado ante mi falta de atención. —Sí. Eros, Vladislau y los colombianos sueltan una carcajada ante mi franqueza. Darko sabrá en qué infiernos se ha metido con este grupo. Me tenso cuando noto que Ivan camina hacia mi prometida. Cree que no me he dado cuenta de que la ha estado acechando todo este tiempo, pero simplemente se me da bien ocultar mis impulsos o eliminarlos de mi sistema mediante un rigor implacable. Aunque cuando se trata de mi prometida, parece que esa regla de autocontrol se va de vacaciones. —Mira, BTS —me habla Hernández—, si no te pones las pilas, ese ruso se te va a comer el mandado. Mira que el que tiene tienda y no la atienda, otro llega y se la lleva. Ignoro su comentario porque, simplemente, si ese ruso intenta algo real con Akari, me encargaré de eliminar todo su linaje hasta que no quede ni el recuerdo de su apellido. —Haga caso, mijo —dice Cruz—, no sea terco, que el que no oye consejo no llega a viejo. Frunzo el ceño porque para todo tienen algún refrán molesto. La rabia se enciende más, volviéndose algo turbio y peligroso cuando el maldito ruso intenta tocar a mi prometida. Le voy a arrancar esas malditas manos si llega a rozar su piel. Mis pies se mueven con una exactitud letal hacia la barra donde ha estado todo este tiempo Akari. Ha tomado más de su límite de alcohol, pero no quería arruinar su momento, por eso la he dejado relajarse. Además, parece que a la mujer le molesta mi presencia; siempre que estoy cerca me ignora o me mira con un fastidio que también odio, porque despierta una necesidad de sometimiento en mí. Antes de que él ponga sus dedos en lo que es mío, tomo su muñeca en un fuerte agarre de acero y con el otro brazo atraigo hacia mí a Akari. Estaba tan perdida en sus pensamientos que se sobresalta cuando siente que la estrello contra mi pecho. Inmediatamente después de que mi cuerpo siente el calor de su esbelto cuerpo, me enciendo en llamas y mi polla se estremece con una violencia contenida. Disimuladamente, inhalo su aroma, ese perfume que se me ha quedado grabado en el cerebro. Joder, me encanta cómo huele. Y me molesta porque no debería fijarme en ese tipo de detalles insignificantes. Siempre he criticado a mi padre por verse débil delante de mi madre, y aquí estoy yo, conteniendo el aliento por el simple olor de una mujer. —La tocas y da esa mano por cortada —le digo con una voz que no admite réplicas, antes de que llegue a rozarla. —Me gustaría conservarla, dado que a mi futura esposa le encantaría lo que podría hacerle con ella en la intimidad —me provoca con una insolencia que me hace desear enterrarlo ahí mismo. Quiero borrarle la maldita sonrisa de su rostro arrogante de un solo golpe. Akari se tensa ante mi toque y, joder, detesto que siempre su cuerpo se ponga en alerta cuando la toco, como si fuera un enemigo. La detesto por hacerme desearla con esta fuerza cuando es notable que para ella no soy más que el prometido que le han impuesto por contrato. —Ella es mucho para ti —escupe con una rabia contenida. Quiero reírme en su cara ante la osadía de lo que está diciendo. ¿Él qué sabe de lo que ella necesita? —Ella es mía y punto —replico con una calma que esconde una tormenta. Pero no me pasa desapercibido el atisbo de posesividad salvaje que llevan mis palabras; se me escapa por los poros. Akari sigue moviéndose en mi agarre, intentando ganar espacio, pero yo la aprieto más contra mí, reclamando cada centímetro de su silueta. No solo lo hago por el ruso, sino porque su cuerpo pegado al mío me da algún tipo de calma extraña que no logro explicar y que no me voy a molestar en descifrar ahora. —Pensé que solo era una transacción comercial —me recuerda el ruso, intentando usar mis propias palabras como un arma. Aprieto más mi agarre en el cuerpo de Akari, sintiendo la suavidad de su piel bajo el vestido. No es mentira y no me voy a disculpar por mis palabras porque no estoy mintiendo: ella es una transacción comercial, un activo de la Yakuza. Pero eso no significa que no cuidaré con garras y dientes lo que por derecho me pertenece ahora. Es mía y punto, y eso es lo único que importa en este maldito salón. Por el rabillo del ojo noto cómo mi prometida saca su móvil y mueve los dedos rápidamente por la pantalla. Mis ojos no se apartan del ruso, que me hace apretar los dientes por la mirada que le clava a mi prometida. Hay tanto deseo sucio en sus ojos que me dan ganas de arrancárselos. —No la mires —gruño, dejando que mi instinto territorial tome las riendas. No quiero que la mire. No quiero que le hable. No quiero que respire cerca de ella. Debe entender, por las buenas o por las malas, que esta mujer me pertenece. —Mis ojos, y puedo mirar lo que me plazca —responde con una arrogancia que me está agotando la paciencia. "¿Qué pasa? ¿Cómo es que me has ignorado toda la noche y ahora existo para ti?" Leo en la pantalla del celular que ella me pone delante. Casi sonrío porque está molesta y se ve adorablemente letal. Me pongo justo delante de ella, reduciendo la distancia para que pueda leer sin problemas mis labios, dándole mi atención total. Mis ojos se encuentran con los de ella y puedo ver que las cuatro copas de champán ya están haciendo efecto, dándole un brillo nublado a su mirada. —Te dije que te quedaras a mi lado —le digo, articulando cada palabra con una exactitud absoluta. No quiero que tenga ninguna dificultad para poder leerme los labios en medio de este ruido. Ella escribe nuevamente en la pantalla, sus dedos volando sobre el cristal con una agilidad que me cautiva. Y me muestra la pantalla de nuevo. "Es una fiesta ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Quedarme como un mueble a tu lado? Hay comida gratis y alcohol. A eso se viene a las fiestas: a comer y beber gratis". Resoplo impaciente ante su lógica. Odio que siempre sea tan distante y borde a la hora de responderme, como si yo fuera un estorbo en su banquete. Un poco de respeto hacia su prometido le vendría bien para variar. Además, estoy siendo inusualmente paciente y considerado con ella esta noche. —¿Cuánto has tomado? —le pregunto, solo para ver si me dice algo más que esas respuestas frías que suele darme, buscando una grieta en su armadura. Pero antes de que ella escriba algo, una voz con acento ruso responde por ella, metiéndose donde nadie lo llamó. —Cuatro —responde el ruso, y me molesta de sobremanera que siga aquí, respirando mi aire. ¿No se ha dado cuenta de que está de más? Eso me hace girar para mirarlo con una furia renovada; él simplemente me devuelve una sonrisa de suficiencia que me tienta sobremanera. Pronto le daré gratis una reconstrucción facial si no deja de meterse en lo que no le importa. —Dicen que cuando tú estás pendiente de otra cosa y no de tu mujer, alguien más puede estar pendiente de ella y deseando lo que tú no valoras —me dice mientras se encoge de hombros, soltando veneno. Estoy a nada de partirle la cara por eso que acaba de decir. Joder, nadie puede tocar lo que es mío y estaré primero muerto antes que alguien más descubra el enigma que es mi prometida antes que yo. Ese placer me pertenece exclusivamente a mí. Me giro para dar un paso hacia el ruso y así acabar con su patética vida de una vez, sin importarme si eso me causa una guerra abierta con su clan, pero no he dado ni un paso cuando Akari, con una rapidez impresionante, toma mi rostro entre sus manos y me obliga a mirarla. Sus ojos se encuentran con los míos en un choque eléctrico. Mi cuerpo se tensa ante su toque inesperado. Es suave, pero firme, y me deja anclado al suelo. Trago con fuerza cuando quedo hipnotizado, como si me estuviera embrujando con ese simple contacto. Sí, eso debe ser; debe estar hechizándome, por eso me está haciendo actuar de esta manera tan errática. No le encuentro otra razón para que, al instante, la furia que quema mis entrañas se calme y mi cuerpo se relaje bajo su toque. Ella sacude la cabeza y, por primera vez en mi vida, entiendo que hay otra mujer a la que no puedo negarle nada. Suspiro y la miro con una intensidad que raya en lo obsesivo, absorbiendo cada detalle de su perfecto rostro. Es demasiado hermosa. Es de ese tipo de belleza que el infierno manda al mundo para poner a los hombres de rodillas y hacer que olviden su propio nombre. —Has tomado mucho, es hora de ir a casa —le digo. Mis labios se mueven lentos, marcando cada sílaba para que capte mis palabras sin errores. Akari frunce el ceño, mostrando una resistencia que me enciende la sangre; toma nuevamente el celular y escribe algo con rapidez. Lo leo y siento el pinchazo de su desprecio. "No ha sido mucho, solo cuatro copas. Además ¿Qué te importa? Esto no es real y no tiene sentido que te afecte cuando a mí no me afecta que tú me dejes sola para ir con tus socios". Reprimo un gruñido porque me molesta que me hable de esa manera, como si fuera un extraño en su vida. Joder, soy su Oyabun y su prometido. Además, si no me alejaba de ella hace un rato iba a cometer una locura y no puedo permitirme pensar desde la rabia descontrolada. Simplemente no soy así; mi entrenamiento exige un rigor implacable sobre mis impulsos. —Ni una copa más —gruño, dejando que mi voz sea una ley absoluta. Ella escribe rápidamente, aunque con la torpeza propia de las cuatro copas de champán, y me muestra la pantalla con un desafío que me tensa la mandíbula. "No me quiero ir todavía. Si estás aburrido vete tú primero y dile a Tadashi que me lleve después". Ni muerto dejo que otro hombre la lleve a casa. Y estoy pensando seriamente en mandar lejos a Tadashi; no me gusta la maldita cercanía que tiene con Akari. Detesto que otro hombre tenga la atención que yo, a pesar de que me lo niegue a diario, me muero por poseer. —Ya dije que no, Akari. No colmes mi paciencia —advierto, y mi tono es una advertencia final. Ella eleva el mentón con orgullo, desafiando mi autoridad frente a todos. Aprieto los dientes porque sé que no va a retroceder; esta mujer es demasiado terca y no teme enfrentarme, lo que me molesta y me excita al mismo tiempo de una forma retorcida. Lleno mis pulmones de aire y dejo que la paciencia que estoy perdiendo regrese a mi sistema. Luego, hago algo que nunca he hecho por nadie, pero que sé que es lo único que ella espera para ceder. —Por favor... Es la primera persona en este mundo a la que le digo esas palabras. Parece ser que Akari Tanaka se está llevando muchas de mis primeras veces, desmantelando mi control pieza por pieza. Ella esboza una pequeña sonrisa victoriosa y asiente, saboreando su triunfo sobre mí. Maldita manipuladora. Extiendo mi mano enguantada y ella, como siempre hace para torturarme, la mira por unos cortos segundos que parecen una eternidad, haciéndome impacientar. Detesto que siempre dude antes de tomar mi mano, como si fuera a quemarse con mi contacto. Ella frunce el ceño y suspira, pero termina por tomar mi mano, sellando nuestra retirada. Antes de que nos larguemos de aquí, el ruso no puede evitar soltar su última advertencia estúpida. —Puede que esté comprometida contigo ahora, pero si no la sabes tratar, yo pienso robártela de debajo de tu nariz. —Inténtalo, y sabrás por qué mi padre me quiso dar el puesto a mí, y por qué es que mi nombre resuena en las calles no como algo bueno, sino como el peligro que soy. Soy el fin de tu linaje si te cruzas en mi camino. No miento. Borraré toda su estirpe y salaré la tierra donde caminen si intenta algo con ella. No porque sea un hombre de pocas palabras significa que sea menos letal que mis hermanos. No por nada mi nombre resuena como uno de los próximos Oyabun más peligrosos de todos los tiempos; mi crueldad no conoce límites cuando se trata de lo que es mío. Akari da un paso para caminar, pero el alcohol la hace tropezar, perdiendo el equilibrio. El ruso reacciona instintivamente intentando ayudarla, pero yo soy más rápido; la sujeto a ella con una fuerza posesiva que casi le corta el aliento y tomo la muñeca del intruso en un agarre de acero, deteniendo su movimiento en seco. Me acerco a él, invadiendo su espacio con una promesa de muerte nítida en mis ojos. —La única forma en la que podrás tocarla será en tus sueños —le digo con una sentencia definitiva que no admite réplica. Y con eso, tomo a mi prometida con una fuerza que reclama cada gramo de su existencia y me largo de allí, dejando al ruso con las palabras atravesadas. Akari comienza a caminar a mi lado, pero debido al alcohol se tropieza seguido, perdiendo el equilibrio. Sonríe de esa forma boba cuando ve algunas lámparas del jardín y creo que el champán le ha frito el cerebro; quizás ahora quede tonta de remate por su falta de control. Me desespero cuando salir de aquí nos toma más tiempo del que me gusta; la ineficiencia me irrita los nervios. Así que me detengo en seco y me pongo justo delante de ella, obligándola a fijar su vista en mis labios mientras le hablo con un rigor implacable. —¿No puedes caminar bien? —le digo, visiblemente molesto por su falta de estabilidad. Ella frunce el ceño, indignada, y parece que en su estado etílico se le olvida el celular. Comienza a hablarme en señas con una rapidez furiosa. Empieza a insultarme de arriba abajo creyendo que no entiendo ni una sola de sus señas, pero lo que ella no sabe es que, desde que supe que no podía hablar y que a veces le resulta frustrante usar la tableta, tomé cartas en el asunto. Me tomó un año entero dominar el lenguaje de señas; aprendí varios sistemas porque Akari es políglota incluso en sus manos y yo me niego a estar un paso atrás de ella. Jamás. Nadie sabe que ahora la entiendo perfectamente. No se lo dije a nadie y mucho menos a ella. Me encanta que crea que soy un ignorante mientras descifro cada palabra que intercambia con Tadashi o con su hermana. Es una ventaja táctica que no pienso revelar por ahora; voy a esperar el momento exacto para usar esa información. Reprimo una sonrisa ante sus insultos mudos, manteniendo mi rostro inexpresivo, como una máscara de piedra. Dejo que se desahogue insultándome mientras se cree segura en su código privado. —No te entiendo —miento, sosteniendo su mirada con una falsedad impecable. Ella resopla, frustrada. Se cruza de brazos y me fulmina con la mirada, destilando un odio que me resulta extrañamente atrayente. Joder, cómo quiero salir de aquí y encerrarla donde nadie más pueda verla. Me giro dándole la espalda, me agacho y le hago señas con la mano para que suba. Cuando noto que no obedece mi orden, giro el rostro para comprobar qué diablos está haciendo. Está con los ojos muy abiertos, procesando el hecho de que le estoy indicando que suba a mi espalda. Giro el rostro lo suficiente para que la luz le permita leerme los labios sin errores. —Sube, Akari. No tengo todo el tiempo del mundo —le ordeno. Ella me mira con el ceño fruncido, como si me hubieran salido tres cabezas de repente. No está acostumbrada a que el "robot" rompa su protocolo de distancia física. —No seas caprichosa. Me quiero ir de aquí y es notable que estás demasiado borracha y no puedes caminar derecha. Solo sube de una vez a mi espalda; ya te llevo yo hacia el auto —le digo, dejando que mi tono posesivo se filtre en la demanda. Ella suspira, resignada, y finalmente asiente. Se sube a mi espalda y sus delicados brazos rodean mi cuello, enviando una descarga eléctrica por toda mi columna. Paso las manos por debajo de sus muslos para afianzar el agarre; me cuesta un poco por el volumen del vestido, pero me las arreglo para cargarla con firmeza hasta el auto que ya nos espera afuera del castillo. Sacudo la cabeza mientras camino bajo la noche de Londres, porque la mujer que va aferrada a mi espalda está desordenando cada pieza de mi mundo perfectamente estructurado, y lo peor es que no estoy haciendo nada para evitarlo.
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