KOJI Paso mi mano por el cabello, concentrado en la luz azul de la pantalla de mi portátil. Suspiro y me acomodo en el asiento de cuero de la oficina que tengo en el pent-house, ubicado en uno de los barrios más exclusivos de Tokio. La polla me duele, un recordatorio palpitante del fiasco con la demente de mi prometida, pero me aseguré de que pagara su insolencia antes de aterrizar. Después de que me curara la herida, la subí al lavabo del jet, le abrí las piernas sin miramientos y enterré mi cara entre sus muslos. Me bebí sus gemidos y la hice revolverse de placer hasta que el maldito enojo por una mujer que ni siquiera me interesaba se evaporó de su sistema. Estaba más pendiente de ella, del vacío de su ignorancia y de la rabia que me quemaba por verla toda la noche anterior en la boda

