CAPITULO 10

1854 Palabras
AKARI Parpadeo ante la escena que se desarrolla delante de mí. Todo estaba demasiado calmado y muy hermoso hasta que tres hombres, los que supongo que son los hermanos Morozov, ingresaron al salón. No sé de dónde salen estos hombres, pero los hermanos son hermosos, como esos protagonistas que leo en mis webtoons. Parecen príncipes con su cabello rubio y esos ojos azules impresionantes, aunque uno de ellos los tiene de un rojo bastante exótico. Nunca había visto unos ojos iguales; brillan con una intensidad que te corta el aliento. Si hubiera sabido que Koji se codeaba con tanto hombre guapo, hace rato hubiera pedido venir a vivir a Londres. No me culpes, una mujer tiene derecho a admirar la belleza masculina, así como los hombres admiran la femenina. —Te aconsejo que bajes esa arma —ordena un rubio con un marcado acento ruso. Todavía no los identifico muy bien, pero creo que se llama Vladislau—. No querrás hacerte daño. Parpadeo ante su tono. Me calienta la posesividad y la fiereza con la que está protegiendo a la rubia que ha venido con él, envolviéndola en su aura de poder. El ruso de ojos rojos suelta una carcajada áspera y arrogante que reverbera en las paredes del castillo. —Te aconsejo que la entregues a ella —replica sin bajar la mira de su arma—. No deseo dañarte el bonito traje de príncipe. —Te dije que parecía un muñequito de esos que ponen en los pudines de matrimonio —murmura un moreno de ojos verdes. Bastante guapo si me lo preguntas. Su piel es morena, pero el verde de sus ojos lo hace ver aún más sexy, como un depredador acechando en la selva. —No vinimos a buscar problemas —interviene el que supongo es el mayor de los hermanos con la voz afilada como una cuchilla—. Solo entréganosla y nos vamos. —Y una mierda —escupe Vladislau, sin moverse ni un milímetro—. Ella es mía. Y si no se la entregué a mis propios amigos, ¿qué te hace pensar que se las entregaré a ustedes? Siento una pizca de envidia por la mujer que está siendo protegida por su hombre sin importarle provocar un baño de sangre con tal de quedarse con ella. De reojo observo a Koji, que mantiene esa mirada fastidiada y distante de siempre; daría lo que fuera porque alguna vez él sintiera siquiera un poco de esa devoción que observo en la mirada de Vladislau. —Mis hermanos la quieren a ella —dice el rubio de sonrisa traviesa, supongo que es el menor de los hermanos—. Pero a mí me gusta más ella. Señala con la barbilla y todos nos giramos siguiendo su línea de visión. Todos abren los ojos cuando señala a Masha. Eros se tensa como una serpiente a punto de atacar y, en menos de un segundo, la pone detrás de él. Soy buena reteniendo nombres, y como no saben que escucho, he podido ir identificando a cada uno de los presentes. —Lástima que ella ya tenga marido —gruñe Eros y su acento italiano se acentúa como un cuchillo afilado—. Y... ¿qué te digo? No pienso soltarla nunca. El rubio suelta una carcajada, sin dejar de apuntar. —También me gusta ella —dice ahora, señalando a Kali—. Sería magnífico tener a las dos solo para mí. Vaya, este hombre no solo quiere a una, sino a dos. Yo me mantengo quieta en mi lugar; tampoco es que pueda hacer mucho y Koji ha mantenido un agarre posesivo en mi cintura desde que entramos, su mano enguantada marcando territorio sobre la tela marfil de mi vestido. El de cabello rojizo, que supe que era el esposo, ladea la cabeza y gruñe con una oscuridad que te eriza la piel. —A mí me parecería magnífico tener tu cabeza de adorno en mi consultorio. Pero, ¿qué te digo? No siempre se obtiene lo que uno quiere. —¡Manito, haz fila! —grita el moreno de ojos verdes—. Tener a dos de estas mujeres en la cama es el sueño húmedo de todo el que las conoce. —Parcero... yo he soñado con tenerlas a todas —dice el que supongo que es Cruz, un narcotraficante colombiano, soltando una carcajada descarada. Me hubiera gustado investigarlos a todos, pero no sabía quiénes asistirían y es poco lo que puedo hacer encerrada en el pent-house. La esposa de Cruz interviene de inmediato: —Y yo he pensado en cortártela y ponerla de adorno en mi cuarto. A ver si dejas de ser tan picha loca. —Costeñita... —gruñe Cruz con voz temblorosa— si me la malogras, no voy a poder satisfacerte. —Mantenla dentro de tus pantalones —le ordena ella con desdén. Él traga con fuerza y asiente, visiblemente intimidado por su mujer. —Yo no la quiero a ella para mí —dice el rubio de ojos rojos con una voz fría que congela el ambiente—. La que realmente me gustaría tener es a la preciosa muñeca asiática que está al lado del hombre que parece un robot. Todos se giran a mirarme y yo parpadeo confundida. A ver, desde mi posición puedo leer los labios. Entonces es obvio que ellos saben que, a pesar de ser sorda y muda, tengo la capacidad de entenderlo todo. Entenderán que he comprendido a la perfección que el rubio de ojos rojos está hablando de mí; sobre todo porque, desde que llegó, no me ha quitado los ojos de encima con una fijeza depredadora. Siento cómo mis mejillas se van tornando rojas, porque lo que menos quería era llamar la atención de alguno de los presentes en la sala. Ladeo la cabeza y miro al rubio despectivamente. Desprecio que me vean como una cosa y tengan la errónea idea de que soy un maldito mueble de decoración asiática. —El día que le pongas una mano encima a ella —dice Koji, sin alterar su tono gélido, pero con una vibración que hace que el aire se congele—, ese mismo día tu familia celebra un funeral. No habrá advertencias, solo cenizas. Parpadeo y miro su rostro. Está tenso, con la mandíbula tan apretada que parece que el hueso fuera a quebrarse, y sus ojos oscuros ahora son un pozo n***o de pura hostilidad. Algo brilla en sus pupilas, algo salvaje y peligroso que no había visto antes, una respuesta visceral ante las palabras del ruso. —¡Ay jueputa! —exclama el moreno con una carcajada—. ¡El BTS salió posesivo! ¡Eso es, manito! ¡No te dejes robar a la hembra que el que se duerme se lo lleva la corriente! Me causa risa que le diga BTS a Koji. Pero es imposible que alguno de estos hombres le llegue siquiera a los talones a la perfección de mis siete chicos. —¡Amor, cállate un momentico! —le dice su esposa entre dientes, con la mandíbula tan apretada como la de Koji. —¿Vos creés que este se va a callar? —le pregunta Cruz, divertido—. Le tapás la boca y le salen subtítulos por las orejas. —Hasta por el culo le salen —añade la esposa de Cruz sin pestañear, manteniendo una calma envidiable. —¡Ey, ey, ey! —se queja el moreno—. ¡Esa fue mala, me dolió hasta el alma! Agust Darrend se encuentra a un lado, observando toda la escena con la paciencia de un verdugo. Igual que lo hacen los demás. Debo confesar que el hombre denota un aura de poder, peligro y algo realmente oscuro, casi ancestral. Sus ojos dorados lo hacen ver más aterrador y exótico a la vez, como un felino que decide si vale la pena cazar o no. —Cállense los dos —les ordena el mayor de los hermanos Morozov a los otros, con una autoridad que corta el ambiente—. No venimos por mujeres ajenas. Solo vinimos por Artemisa. —Y se van a ir sin ella —responde Vladislau, dando un paso al frente que resuena en todo el salón. —Yo vine por Artemisa, y también me llevaré a la muñeca de porcelana que el italiano protege —suelta, divertido el menor de los hermanos Morozov, señalando a Masha—. Y de paso, a la diosa de ojos grises que protege el irlandés. —Y si no es mucho pedir, yo me llevaré a la princesa asiática que el robot protege —apoya el rubio de ojos rojos, clavando su mirada en mí como si ya me estuviera desnudando. Lucho con las ganas de poner los ojos en blanco ante su insistencia de catálogo, pero es Koji quien, en un movimiento rápido y brusco, me atrae más a su cuerpo. Su brazo posesivo comienza a apretarme demasiado fuerte contra su traje n***o y me sorprende; el hombre odia el contacto físico. De hecho, sé que repudia cualquier contacto que tenga que ver con seres humanos, tratándonos como si fuéramos errores de sistema. Pero ahora, me aprieta como si fuera su vida la que dependiera de no soltarme. —No nos vamos a llevar mujeres que tienen pareja —gruñe el mayor de los hermanos, tratando de mantener un hilo de cordura en esa familia de locos. Al parecer, el mayor es el más racional. Porque los otros están empeñados en llevarse a las mujeres como si fuéramos calcomanías coleccionables. Una sonrisa macabra se dibuja en los labios de los hermanos Morozov. Siguen discutiendo como si estuviéramos en una subasta, hasta que el menor le dice al de ojos rojos: —Alek, busca a Artemisa. Yo buscaré a mis futuras esposas. E Ivan puede ir por la princesa asiática. —Será un gusto tenerla en mi cama. Quiero ver si esa piel es tan suave como parece —dice Ivan con una lascivia que me da asco. Abro la boca sorprendida cuando, de repente, he perdido el calor del brazo protector de Koji. Todo sucede en un parpadeo, una distorsión en la realidad. Veo a Koji plantado delante de Ivan, con la punta de una maldita katana presionando la yugular del ruso. ¿De dónde diablos la sacó? ¿Cómo es que se movió tan rápido que mis ojos ni siquiera registraron el desplazamiento? —Vuelve a mencionar mi cama y su nombre en la misma frase —murmura Koji, y su voz es un susurro letal que hiela la sangre—, y te cortaré la lengua antes de que puedas pedir clemencia. Ella no es una opción para ti. No es nada para ti. Y la pregunta que más me intriga mientras observo el acero brillar contra la piel de Ivan: ¿Son celos eso que centellan en sus ojos oscuros al ver cómo el ruso no deja de mirarme con deseo? ¿O es simplemente el orgullo herido de un dueño protegiendo su propiedad más valiosa?
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