CANTO IV Como entre dos manjares atrayentes, que equidistan, el hombre, libre, hambriento, antes muere que hincar en uno dientes; como un cordero queda sin aliento entre dos lobos fieros, o confuso un can entre dos gamos por evento; si así yo me callaba, no me acuso, ni elogio, pues de dudas asaltado, forzoso era callar, y no lo excuso. Callaba, y el deseo bien pintado en mi rostro a lo vivo se veía, aun más viviente que si fuera hablado. Hizo Beatriz lo que Daniel un día, las iras de Nabuco serenando, que tan injusto y tan crüel lo hacía. «Bien veo», dijo, «te hallas oscilando entre un deseo y otro, y su atadura quieres romper, tu aliento afuera echando. »Si la buena intención -te dices- dura, ¿por qué violencia ajena, que domina, del merecer me acorta la mesura? »H

