​CANTO XIV

922 Palabras
​CANTO XIV [ Tercer jirón del círculo séptimo. El arenal estéril y la lluvia de fuego. Castigo de los violentos contra Dios, contra la naturaleza y contra el arte. Las sombras condenadas. Capaneo desafiando las penas del infierno. Río sanguinoso y bullente. Virgilio explica a Dante el origen de los ríos misteriosos del infierno. Los dos poetas continúan su viaje infernal. ] Por amor patrio y caridad movido, recogí aquellas hojas esparcidas y volvílas al árbol dolorido. Estamos en las zonas repartidas del segundo jirón, que va al tercero, que son de alta justicia las medidas. Y como bien manifestar yo quiero cosas nuevas que vi, digo, llegamos a una landa, de plantas no criadero. La dolorida selva que dejamos, le sirve de guirnalda, a par del foso, y el fatigado pie aquí asentamos. Era un espacio estéril y arenoso, como lo fuera el campo que otros días holló la planta de Catón famoso. ¡Oh, venganza del cielo! ¡Tú debías el pecho estremecer de mis lectores, al relatar estas visiones mías! Almas desnudas vi, que entre dolores lloraban miserables, soportando, de leyes diferentes los rigores. Las unas sin cesar andan girando; yacen otras, tendidas en el suelo, o sentadas, el cuerpo doblegando. Las del contorno sufren sin consuelo, y las del centro menos, el tormento, pero su lengua es más intensa en duelo. El arenal bañaba un fuego lento, que llovía en tranquilas llamaradas, como en los Alpes cae nieve sin viento. Como Alejandro contempló abrasadas, de la India en las cálidas regiones, las tierras por su ejército ocupadas; y ordenó prevenido a sus legiones. a medida que el fuego les llovía, sofocarlo debajo sus talones; así el eterno incendio descendía: cual bajo el pedernal yesca se enciende, el arenal doliente se encendía. De un lado y otro aquella grey se extiende, para rehuir las llamas fulgurosas, y con las pobres manos se defiende. «Maestro, pues que sabes tantas cosas, salvo de Dite a los demonios fieros», le dije, «abrir las puertas sigilosas, «¿quién es aquel de gestos altaneros, que el fuego desafía allá tendido, sin quejarse, entre tantos lastimeros?» Como si hablara de él fuese entendido, al maestro gritó, con ceño fiero: «Como muerto me ves, tal he vivido. »Bien puede Jove fatigar su herrero, al que el rayo le dio de punta aguda, con que me hirió en momento postrimero: »que llame uno por uno, de remuda, su negra gente, horror de Mongibelo, y que grite: Vulcano, ¡ayuda!, ¡ayuda! »Como hizo en Flegra, en gigantesco duelo, que por todos sus rayos fulminado, nunca humillarme logrará su anhelo.» Con acento severo y esforzado, dijo mi guía: «¡Ni aun aquí depones, Capaneo, tu orgullo desalmado! »A tu arrogancia, tu castigo impones: ningún martirio puede, en su clemencia, alcanzar a la rabia que le opones.» Y vuelto luego a mí, con complacencia, me dijo: «Es uno de los siete reyes, que a Tebas asedió, y que su demencia »aun desprecia de Dios la altas leyes; y por su propio orgullo es castigado. Mas tú te cuida que la arena huelles; »rehuye el pie del círculo inflamado; marcha siempre del bosque por la vera, y sígueme con paso recatado.» Y vi brotando de la selva afuera un arroyuelo de aguas sanguinosas, cuya vista mi pecho estremeciera. Cual Bulicamo de aguas vaporosas, que comparte entre sí la prostituta, cruzaba aquellas playas arenosas, con márgenes y fondo en piedra bruta; y vi que, libres de la ardiente arena, por allí seguiría nuestra ruta. «De todo cuanto tu cabeza llena, desde que entramos por la puerta aciaga, cuyo umbral para nadie se cercena, »nada verás que tanto pensar te haga, como las aguas del presente río, que en su corriente toda llama apaga.» Estas palabras dijo el maestro mío, y le rogué me diera, generoso, el moral alimento por que ansío. «En medio al mar se halla un país ruinoso», me dijo entonces: «Creta era su nombre: casto fué el pueblo bajo un rey famoso. »De Ida el monte está allí, con su renombre, que antes tuvo sus aguas y verdores, aunque al presente su aridez asombre. »La cuna allí de su hijo, en sus dolores, puso de Rhea el material cuidado, sus llantos apagando con clamores. »Dentro del monte, un viejo agigantado se halla, la espalda hacia Damieta dada, y a Roma como a espejo está encarado. »De oro puro la testa está formada; los brazos son de plata, como el pecho, y de cobre, del pecho a la horcajada. »De fierro el resto de su cuerpo es hecho, excepto un pie, que lo es de tierra cota; sobre él gravita, y éste es el derecho. »Esta armazón por grietas está rota, -excepto el oro- y lágrimas derraman, que la gruta perforan con su gota, »y a esta parte del valle se esparraman: de aquí, Aqueronte, Estigia, y asimismo el Flegetón, que al cabo se derraman »por un canal que baja hasta el abismo, y forman el Cocito, triste lago, y que muy pronto mirarás tú mismo.» Yo le observé: «Pues este arroyo aciago deriva así de nuestro propio mundo, ¿por qué sólo aparece en curso vago?» »Esta región va en ámbito rotundo», repuso, «y vamos por su izquierdo lado, antes de descender a lo profundo. »Aun el círculo entero no has andado; y si algo nuevo acaso se presenta, no debes tú quedar maravillado.» Y yo a él: «¿Dó Flegetón se asienta? ¿Dó el Leteo, que acaso has olvidado, y el que con esta lluvia se acrecienta?» «Tu preguntar en mucho es de mi agrado», dijo; «mas el color del agua roja debe haberte por mí ya contestado. »El Leteo verás, donde se arroja, para lavarse, el alma arrepentida, cuando la culpa ya no la acongoja. »Ya es hora que emprendamos la partida, para salir del bosque; la pendiente bajarás del arroyo en mi seguida, »que allí se extingue este vapor ardiente.»
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