Me crucé con Aitana saliendo de casa. Atardecía. Me dio un beso rápido e iba a pasar de largo cuando la agarré de la mano. Fue algo extremadamente estúpido. —¿Qué? —me miró intrigada. —Me parece que hay algo que quiero decirte pero que vos no querés saber —es imposible que decir algo así no sea estúpido. Aitana me congeló con la mirada, me soltó la mano y me dijo: —No lo quiero saber, vos misma me lo estás diciendo. Hizo una pausa y agregó: —Rafaela si es de tu padre, no hay nada que yo quiera saber. —Pero esto es distinto —insistí dudando. —No hay distinto, no hay igual, si es de él, no quiero saber. Puedo no querer, ¿no? —me dijo irónica y se fue. Busqué la bicicleta en el garaje. Subí y pedaleé hasta la florería de los abuelos. Tenía razón Aitana, podía no querer saber

