Arthur se miraba mucho mejor, ya podía sentarse en la camilla sin necesidad de mucha ayuda e incluso los yesos de los brazos se los quitaron antes de tiempo. Había cierta tensión, puesto que no se sabía si había quedado inválido; todavía los doctores no podían asegurar que iba a estar bien. Él miró a Leane dormida en una silla y quiso cargarla para ponerla a su lado. Pero al ver sus piernas enyesadas supo que era imposible hacerlo. “Demonios, ella está incómoda y yo me encuentro aquí siendo tan inútil. No puedo creerlo, supongo que este es un asunto que se me ha salido de las manos por completo. —Él reflexionó —¡No! Mi papá me dijo que el cielo es el límite.” Arthur lanzó la sábana que lo cubría de manera parcial y se levantó, cuando comenzó a caminar sintió una gran alegría y pudo lle

