CAPÍTULO SETENTA Y UNO (BATALLAS)

1979 Palabras

Suspiré profundamente, sintiendo que cada latido de mi corazón marcaba el compás de una verdad que me era imposible ignorar. Con paso pausado y deliberado, me levanté de mi silla y me acerqué a Everett. El ambiente en la sala, que apenas había oscilado en las últimas palabras, parecía cargado de una tensión casi palpable; la luz tenue del atardecer se colaba por la ventana, dibujando sombras largas y alargadas sobre el escritorio, mientras el aire se impregnaba de un silencio expectante. Tomé sus manos entre las mías, sintiendo el calor contrastar con la frialdad que se escondía en su mirada. Con suavidad le pedí: —Mírame, por favor. Su rostro se suavizó un instante al cruzar nuestras miradas; noté en sus ojos una lucha interna, una tormenta de emociones que intentaba encontrar refugio

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