Nos hallábamos abrazados, aún envueltos en el remanente de aquella pasión que nos había unido la noche anterior. Yo reposaba, con la cabeza apoyada sobre el hombro de Everett, y mis manos aún recordaban el tacto de su piel cálida. El sol caía sobre nosotros, tiñendo de oro cada rincón de nuestro refugio temporal, y por un instante, el mundo exterior se desvanecía. —Me siento muy bien —dije, dejando que la sinceridad de mis palabras se impregnara en el aire, mientras mis ojos se perdían en la inmensidad de su mirada. Everett, con una voz suave pero cargada de un eco inconfesable de melancolía, me respondió: —Yo también. En ese instante, como si las palabras hubieran sellado una verdad ineludible, se acercó más a mí. Su cuerpo se movió y sin previo aviso, se posó sobre mí. Sus labios

