Isabela estaba sentada en el banco de madera bebiendo un batido de mango y piña con algunas fresas. Se pasó una mano por el estómago y suspiró con deleite mientras lo miraba fijamente.
—Cariño, ¿qué haces aquí sentada sola?—, dijo Marisol al salir del restaurante, mirando a Isabela con cara de desconcierto.
—Oh, solo estaba disfrutando del aire fresco—, sonrió Isabela antes de levantarse y seguir a Marisol al interior de la cafetería.
—Más te vale tener cuidado, todavía es temporada de alergias y no soporto a la gente con alergias—, dijo Marisol sacudiendo la cabeza mientras ambas caminaban hacia una mesa antes de sentarse.
—¿Por qué?
—Soy de esas personas que, si estoy cerca de alguien que está enfermo, acabo enfermándome poco después—, se quejó Marisol, y Isabela siguió bebiendo su batido mientras sonreía.
—A mí me pasa lo mismo cuando la gente vomita. No puedo oler ni siquiera mirar el vómito porque entonces yo también vomito—. Isabela frunció el ceño y Marisol sonrió al oírlo.
—¿Cómo has estado, querida? No he podido hablar mucho contigo porque he estado trabajando, intentando mantener este restaurante a flote.
Isabela asintió con la cabeza.
—Sí, claro, lo entiendo, además Diego y todos me han estado sacando de casa como locos, intentando conocerme mejor—. Isabela sonrió mientras se encogía de hombros.
—¿Cómo te ha ido? A veces pueden ser un poco pesados, así que espero que no te hayan agobiado.
—Oh, no, son geniales. Al principio era un poco tímida, pero ahora me siento bastante a gusto con ellos. Son geniales, aunque a veces muy divertidos y un poco locos—. Isabela sonrió y negó con la cabeza.
—Sí, sin duda son de otro mundo—, sonrió Marisol antes de suspirar y recostarse en el banco.
—¡Marisol! Necesitamos tu ayuda—, dijo alguien desde la parte trasera del mostrador de la cafetería. Marisol suspiró una vez más, pero esta vez más por frustración.
—Siempre tengo que salvar el pellejo a todo el mundo por aquí—, dijo Marisol, con un acento más marcado, antes de excusarse y salir corriendo a ayudar a los demás. Isabela se terminó el último sorbo de su batido antes de coger el móvil para echarle un vistazo rápido.
No tenía ningún mensaje nuevo de Josiah, lo que la hizo suspirar y recostarse contra el banco con aire derrotado.
La campana de la cafetería sonó, pero Isabela no levantó la vista para ver quién era. Unos segundos más tarde, alguien se sentó frente a Isabela en el reservado, lo que la hizo levantar la cabeza para ver a Matías frente a ella con una bolsa de caramelos en las manos.
—Me gustaría mucho saber por qué siempre estás comiendo tanta comida —dijo Isabela antes de robarle unos caramelos.
—Esa es una historia para otro día. ¿Qué tal tú? —dijo Matías mientras masticaba el caramelo antes de mirar a su alrededor en la cafetería.
—Acabo de terminarme un buen batido de frutas. Creo que voy a volver a casa de Marisol a echar una siesta o ver una película—, dijo Isabela encogiéndose de hombros antes de tirar la basura en el cubo más cercano.
—¿Qué haces aquí?—, le preguntó ella, haciendo que Matías también se encogiera de hombros.
—Se suponía que iba a quedar con Camila, pero no sé dónde está—, dijo él, y Isabela arqueó una ceja antes de emitir un “hm” desde la garganta.
—¿Qué pasa entre usted y Camila, señor?—, preguntó Isabela en tono juguetón, pero sentía curiosidad por saber la respuesta a la pregunta.
—Le gusto, pero también quiere jugar conmigo—, dijo Matías poniendo los ojos en blanco mientras terminaba su caramelo y arrugaba el envoltorio.
—Bueno, las chicas suelen ser así en general—, dijo Isabela encogiéndose de hombros mientras ladeaba un poco la cabeza.
—Lo dices como si hubieras salido con una chica antes—, se rió Matías, y Isabela asintió con la cabeza.
—Sí.
—Exactamente... espera, ¿qué? ¿Eres lesbiana?—, preguntó Matías con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Soy lesbiana al cincuenta por ciento—, dijo Isabela con una sonrisa burlona antes de recogerse el pelo en una coleta con una goma elástica.
—Sinceramente, nunca lo habría pensado—, dijo Matías encogiéndose de hombros, y Isabela sonrió antes de apartar la mirada.
—Sí, a Josiah le sorprendió y es mi mejor amigo—, dijo Isabela riendo antes de acariciarse la barriga de embarazada.
—Deberías decirle que la quieres de verdad y que no tienes tiempo para juegos. Sé agresivo, a las mujeres les encanta esa mi3rda—, sonrió Isabela antes de que sonara la campana del restaurante. Isabela levantó la vista y vio a Camila sonriéndole y dirigiéndose hacia la mesa.
—Dile que deje de tomarte el pelo y que averigüe qué c0ño quiere—, le murmuró Isabela antes de levantarse de la mesa. Sonrió a Camila antes de excusarse.
—Hola—, Camila sonrió a Matías antes de sentarse frente a él, exactamente donde antes estaba sentada Isabela.
—¿Qué tal?—, dijo Matías con tono seco mientras se recostaba contra la mesa.
—¿Estás bien? —preguntó Camila al percibir su frialdad.
—Tenemos que hablar.
—Oye, Marisol, me voy a ir a tu casa—, le dijo Isabela a Marisol, que estaba detrás de la barra limpiándola.
—Vale, cariño—, sonrió Marisol, y Isabela le devolvió la sonrisa antes de girarse hacia Camila y Matías, que estaban hablando entre ellos.
Matías tenía una expresión severa en el rostro, mientras que Camila lo miraba con el ceño fruncido. Ella empezó a negar con la cabeza, mientras Matías se burlaba de ella apartando la mirada.
Miró a Isabela antes de asentir con la cabeza. Isabela sonrió mientras Matías dirigía su atención hacia la chica que cruzaba los brazos sobre el pecho con un pequeño fruncimiento de ceño en el rostro.
Isabela salió del restaurante y caminó hacia la casa de Marisol sin preocuparse por nada. Estaba a punto de llegar a su casa cuando un coche se detuvo junto a ella, lo que la hizo fruncir el ceño.
Se volvió hacia el coche y lo miró fijamente antes de darse la vuelta y dirigirse a toda prisa hacia la casa de Marisol.
—¡Isabela! —gritó alguien, lo que hizo que Isabela se detuviera en seco y se girara hacia la voz.
—¿Mamá? —Isabela frunció el ceño y su madre le sonrió antes de acercarse a ella.
—Te dije que vendría a verte—, dijo su madre antes de abrazar a Isabela.
—Te he echado mucho de menos, Isabela... ¿estás embarazada?—. Su madre miró el vientre de Isabela, lo que hizo que esta se mordiera el labio y asintiera con la cabeza.
—Sí, estoy de cinco meses de gemelos—, murmuró Isabela en voz baja, lo que hizo que su madre se quedara sin aliento y diera un paso atrás.
—¿Estás embarazada?—. La cara de Isabela se ensombreció de inmediato al oír esa voz detrás de su madre. No quería levantar la cabeza para ver quién era porque ya sabía quién era.
El hombre al que Isabela despreciaba más que a nada.
Su padrastro.