Capítulo 7: “Trágame tierra”

2418 Palabras
El resto de la jornada transcurrió sin mayores sobresaltos en el hospital. La inalterable soledad de aquel piso del psiquiátrico permaneció igual durante el resto del turno de guardia, cosa completamente distinta a como se encontraba la mente de Loren, pues luego de aquel desafortunado encuentro con la enfermera Ordoñez sus nervios quedaron a punto del colapso. En una sola noche había descubierto a su tutor en una situación comprometedora con una enfermera, había tenido ocasión de conocer el nombre de ese doctor modelo que le robaba el aliento, había conocido a una enfermera y a un paciente misteriosos, había perdido la conciencia durante varias horas sin darse cuenta, había sido llevada al dormitorio de pasantes sin su consentimiento, había tenido una pesadilla horrible, había discutido con la enfermera de guardia y por si fuera poco, Azazel no le había llamado como se lo prometió. Lo único que le permitió a Loren recuperar un poco de calma por el resto de la noche en medio de ese pandemonio, fue el conocer a Lían González, una doctora de unos cincuenta y siete años de edad, alegre y muy amable, quien era la encargada de la guardia de esa noche. Loren se cruzó con ella en uno de los pasillos, se presentó ante ella y le explico medianamente su situación, pero omitiendo deliberadamente todos los problemas que había tenido durante la noche. La doctora no le hizo muchas preguntas y con una gran sonrisa la acogió en su jornada dándole a Loren un recorrido guiado por todas las instalaciones del psiquiátrico tal como ella lo esperaba. Aparte de eso no hubo mucho más a lo que dedicarle atención. Loren tuvo oportunidad de conocer a varias otras enfermeras del departamento, pero de Fernández y de Ordoñez no volvió a tener noticias y ella prefirió no preguntar por ninguna de las dos pues recordó la incomodidad que sentía al estar cerca de la hermosa enfermera misteriosa y la rabia que le había ocasionado la otra de nariz de águila, entonces prefirió dejar las cosas como estaban. A eso de las 4:45 am. La doctora González se excusó para ir a dar una siesta, recomendándole a Loren hacer lo mismo. A las 5:03 am. Loren regresó a la habitación en la que había despertado un par de horas atrás y sobreponiéndose al sueño Loren trató de encontrar una respuesta a las locuras que había vivido a lo largo de esa noche, pero no tenía forma de comprender nada de lo que había ocurrido. Loren se quedó dormida con la cabeza recostada sobre la almohada. * El sonido de su teléfono anunciando la recepción de un par de mensaje de Laura despertó a Loren: ― Q estás haciendo?... Cm va la guardia? Ya te besaste con algún doctor? Loren leyó las letras en la pantalla oscura de su Smartphone dejando escapar una risita mientras se restregaba el ojo izquierdo con el dorso de su mano. Con el pulgar deslizó la pestaña de notificaciones de su teléfono y se sorprendió al ver la hora. Ya casi eran las siete de la mañana. Se había quedado dormida un buen rato y ni siquiera se dio cuenta de ello. En su cabeza sentía que solo habían pasado unos cuantos minutos pero en realidad durmió durante casi dos horas. Se apresuró a poner todo en orden para salir y presentarse para la ronda de chequeo matutina, mientras lo hacía, logró responderle a Laura de manera rápida: ― M salvaste la vd, me quede dormida Ya se el nombre del doctor modelo del que te conté en el mensaje de ayer… otro hombre con nombre raro :( T escribo al salir Al terminar de escribir los mensajes Loren se dispuso a guardar el teléfono en su bolso, entonces se percató de un detalle que no había notado hasta entonces: un pequeño cuaderno de tapas marrones y hojas con evidencias de vejez, se encontraba entre sus cosas. Con muchas dudas surcándole los pensamientos sacó el cuadernillo y lo examinó con detenimiento. En la primera hoja aparecía firmado con una letra lucida y perfecta el nombre del autor y dueño: Eduardo Paris. Loren incursionó en la lectura de la primera página quedando intrigada con una curiosidad tremenda ante las sensacionales narraciones que el mismo Eduardo se adjudicaba como parte de su vida personal. Loren logró terminar de leer parte de la primera confesión de aquella libreta donde el autor se presentaba de manera criptica e impersonal, haciendo gala de sus peculiares intereses diabólicos y de sus fetiches con lo oculto y lo demoniaco. En la página, escritas con una frialdad espeluznante, Loren leyó las palabras de Eduardo: “Esa noche, el diablo mismo se me presentó como la mujer más hermosa que mis ojos pudiesen imaginar, desde entonces mi vida no es vida y mi amor no es amor”. Loren sintió un nuevo escalofrió que le recorrió la piel entera al leer aquel tétrico poema, pero no se detuvo a meditar en ello, debía decidir qué hacer con ese material que pertenecía al expediente del paciente N°33, entonces recordó que la licenciada Fernández le había dicho que podía disponer a su entera disposición de aquel material del historial médico para llevar adelante su estudio. Con mucha prisa metió el diario de nuevo en su bolso, fastidiada en demasía por haber recibido una nueva revelación un tanto “apremiante” con aquel diario macabro entre sus pertenencias. Ya a esas alturas la pobre no sabía en que pensar. Dando un último vistazo a la habitación que dejaba tras de sí, Loren salió disparada por el pasillo. El reloj le amenazaba con la hora: 6:38 am, llegaría tarde para la ronda matutina, Loren ya estaba acostumbrada a llegar tarde a todo, empezando por el amor. * La doctora Lían le propinó una reprimenda amistosa más que cualquier otra cosa. Era una mujer muy dulce y de un ánimo inmejorable. Cuando Loren la alcanzó, su recorrido ya iba bastante avanzado, apenas alcanzó a integrarse cuando el chequeo iba por el paciente de la habitación N° 37, por lo que Loren perdió la oportunidad de conocer más a fondo el caso de Eduardo. Sin embargo Loren aprovechó lo mejor que pudo el resto de su jornada de guardia. Sin sobresaltos completaron los pendientes antes de las ocho menos quince, la jornada de turno terminaba justo a las ocho en punto con la llegada de los relevos. Loren, Lían y las dos enfermeras que le acompañaban, se reunieron en la salita que se hallaba frente al departamento de enfermería a tomarse un descanso mientras esperaban la llegado de la siguiente guardia. ― Loren, me dijeron que tu estas en el hospital desde las ocho treinta ¿es cierto? ―La doctora Lían le habló a Loren de repente, como cayendo en cuenta de imprevisto. ― Sí, es cierto doctora―le respondió Loren quien hacia el esfuerzo para no permitir que la pésima noche le hiciera estar de mal humor― el doctor Lasalle me pidió estar antes de que su turno de ayer terminara para poder él mismo darme una visita guiada y ponerme al tanto de la dinámica y el trajín del sitio… pero cuando llegué él ya iba de salida, me dijo que se le había presentado un inconveniente de fuerza mayor por eso se fue antes de tiempo. ― Que raro ―dijo Lían como si algo de lo que le acaba de decir no le agradara mucho―, en ese caso mejor te vas de una vez a descansar… anda linda adelántate para que descanses, nosotros esperaremos el cambio de guardia. La sonrisa en el rostro de la amistosa doctora no le dio a Loren chance a replicar, por más que hubiese querido protestar para quedarse hasta el fin de su primera guardia, sabía que el resultado sería inútil ya que solo faltaban unos escasos minutos para que los otros médicos llegaran al hospital y un par de minutos de más o de menos podían implicar una inmensa diferencia en el embotellamiento del tráfico. Loren aceptó y se despidió profesionalmente de todas sus compañeras con un apretón de manos, menos de Lían, quien le regaló un afectuoso abrazo. Aunque solo llevaba unas horas conociéndola, a Loren esa mujer le empezaba a caer de lo mejor. Caminando con paso rápido por el pasillo que de a poco empezaba a iluminarse por la luz solar que se colaba desde las ventanas del lado este, Loren recordó que había quedado con Laura de informarle cuando terminara su turno, entonces metió su mano en el bolso y sacó el teléfono para grabarle una nota de voz: ― Huesitos ―Loren empezó su mensaje con el sobrenombre que desde pequeña le había colocado a su mejor amiga― ya terminé mi turno, voy saliendo unos minutos antes porque me porté bien. Espero que tú ya estés activa trabajando, voy a pasar de carrera por el restaurant a buscar un café, tengo demasiadas cosas que contarte... pero también tengo demasiado sueño, tengo más ganas de dormir que de vivir. Loren envió el audio y se quedó mirando la pantalla para asegurarse que su amiga lo leyera. Los dos marquitas en color celeste le confirmaron la recepción de su mensaje. Despegó la mirada de su teléfono para dar una ojeada al pasillo por donde caminaba, unos cuantos pasos más adelante debía cruzar a la izquierda para enfilarse a los ascensores. El sonido de su teléfono anunció la respuesta de Laura: ― Claro Vaquita ―le respondió Laura con la pereza marcada en su tono de voz― pásate por un cafecito de camino a casa… y del doctor modelo ¿no me tienes noticias? Loren presionó el botón para grabar su respuesta justo a un par de pasos de la esquina. ― No chica, del doctor modelo… Su frase quedó interrumpida cuando la frente de Loren se estrelló de lleno con el pecho del sujeto. Su teléfono salió volando de su mano e incluso ella estuvo a punto de caer cuando sus piernas tambalearon, pero un par de brazos la rodearon con fuerza permitiéndole conservar la estabilidad. Loren soltó un grito a causa del susto sin alcanzar a comprender del todo lo que había ocurrido. ― ¡Lo siento mucho! ―se apresuró a decir Loren― estaba hablando por teléfono y no me percaté. Loren se sintió diminuta en los brazos de aquel hombre que la miraba con una sonrisa impecable y quien no parecía haber resentido en lo más mínimo el incidente. ― No se preocupe señorita Moncada ―el doctor modelo le tranquilizó con sus palabras pero sin dejarla aun libre de ese abrazo fortuito―, tal parece que nuestros encuentros siempre se dan en estas circunstancias tan “peculiares”. Loren se incomodó por aquella forma suya de pronunciar la palabra “peculiares”. El sujeto pareció darse cuenta de la incomodidad de ella puesto que de inmediato la liberó de la presión de sus brazos. Loren se permitió darle un vistazo más para cerciorarse de que sus primeras impresiones con ese hombre no fuesen algo errado, pero nada que ver, el hombre se plantaba frente a ella como todo un adonis, majestuoso, altivo y seguro de sí mismo. Frente a él, Loren se desboronaba de torpeza. ― ¡Mi teléfono! ―gritó Loren cayendo en cuenta de repente. ― Está detrás de usted señorita ―le dijo el sujeto señalando con un gesto de sus labios que a Loren se le antojaron apetitosos. ― ¡Ah sí! Ahí está. Loren se dio la vuelta y se inclinó para tomar el teléfono, con el susto de esperar a comprobar que su pantalla se encontrara ilesa. Para su suerte, el protector esa vez si cumplió su trabajo, la pantalla no tenía ningún daño. Cuando Loren se volteó, sus mejillas se ruborizaron de inmediato, pues descubrió al doctor mirándole las nalgas sin ningún tipo de vergüenza. En otro tipo de contexto a Loren aquello le habría escandalizado, pero con ese tipo lo que sintió fue una extraña sensación de satisfacción, sin embargo trató de mantenerse desentendida de ese hecho y con un forzado gesto de su rostro improvisó una sonrisa para despedirse del doctor modelo al tiempo que se disponía a dirigirse a los ascensores que se hallaban a espaldas de él. Pero la mano del sujeto le detuvo sosteniéndola con delicadeza de la manga de su bata: ― Disculpe señorita Moncada ―la sonrisa pícara dibujada en las facciones perfectas de Semyazza eran un poema visual―, por lo menos debería decirme su nombre… digo, por lo menos como una especie de compensación por los daños de este choque. Conozco su apellido por la formalidad del trabajo, pero su nombre aun no me lo ha dicho. ― ¿Daños? ―preguntó Loren con nerviosismo― pero si la única que corrió el riesgo de salir herida fui yo. ― Pero también fue usted la culpable de choque ―la voz dura y varonil del sujeto se endulzaba por la risa que no le abandonaba en ningún momento. ― Bueno en eso tiene razón… Loren, mi nombre es Loren. El sujeto la escuchó y luego de que ella dijera su nombre él extendió su mano derecha y se la ofreció a manera de saludo al tiempo que le hizo una aclaratoria sobre su nombre: ― Un precioso nombre señorita Moncada. Mucho gusto, ni nombre es Semyazza… usted ya lo sabe, es un nombre raro, si, lo sé, así que tú puedes llamarme como lo hacen mis amigos: ellos me dicen Sheimy. Loren tuvo que controlarse cuando estrechó aquella mano contra la suya, su cuerpo parecía derretirse por el calor. «Sheimy» se repitió ella en la memoria para no olvidar ese apodo. ― Mucho gusto doctor Semyazza. Con su permiso me retiro. Temerosa de cometer alguna otra torpeza, Loren deshizo el apretón de manos y se apresuró a llegar hasta el ascensor. Semyazza no hizo nada para detenerla, solo se giró para quedar de frente viendo como ella esperaba el ascensor. Entonces le dijo: ― Espero podamos encontrarnos más seguido, pero en condiciones más normales para que pueda contarme quien ese doctor modelo del que estaba hablando. Cuando las puertas del ascensor al fin se abrieron, Loren sin decir nada se lanzó dentro. Después de enterarse que el doctor Semyazza le había escuchado llamarle de esa forma, hubiese querido que la tierra se la tragara ahí mismo.
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