Lorette abrió los ojos y, lo primero que vio fueron los de Lawrence que la observaba con desmesurada seriedad. Le llevó la mano a la mejilla, para acariciarlo. Intuía muy bien que mostrar ese episodio de su vida no le era nada fácil. Incluso, pudo darse cuenta que, aunque no lo dijera, las heridas todavía dolían. Pero, había algo de lo que todavía no conseguía enterarse. —¿Qué pasó después?— preguntó rompiendo el silencio con la sensación de que no tenía que hacerlo. Lawrence se encogió y se apartó un poco de ella para poder recostar su espalda sobre el banco. Clavó la vista en el horizonte nocturno. —Como bien dicen por ahí: “El resto es historia conocida”— admitió distante sin soltar su cintura— Enterré la urna en donde ya sabes, en ese tiempo no pensaba erguir la lápida ni menos

