38. Cara a cara

1362 Palabras
El aura que los rodeaba a los dos era la misma, como una diabla y un demonio, que se quemaban en el fuego del infierno, y que tenían la misma maldad. Heros recorrió con sus manos el dorso de Hestiay, y los llevó hasta los glúteos, y le dio un fuerte apretón las firmes nalgas de corazón, que ella poseía. —Lo que ordene la señora Haller —dijo él, con complicidad ante lo que hacían. Hestia le explicó lo que debía hacer y cómo sería que se comportarían a la vista del público. Estaban por salir del despacho, luego de haber ultimado detalles de su acto criminal pasional. Llamó a otras de las empleadas, para que reuniera al personal, ya que por algún motivo no había llegado su desleal secretaria. —Espera —dijo ella, sacando otro pañuelo de su ropa. Le limpió la boca a Heros, que estaba pintada lápiz labial—. Ya estás listo, ahora te presentaré a los demás empleados. Recuerda que debes actuar, como si no conocieras a Lacey. Al salir de la oficina, se encontraron con el grupo reunido. Hestia buscó con disimulo a Lacey, pero todavía no había estaba entre los presentes. ¿Quién se creía para llegar tarde? La reprendería cuando llegara, para atormentar a la ingrata. —Buenos días a todos —dijo Hestia, con tono moderado y calmado, ya que no tenía necesidad de alzar su voz para infundir temor o respeto—. En la mañana de hoy he decido contratar a u nuevo auxiliar administrativo. —Inclinó su cabeza hacia arriba, y fue cuando divisó que en el ascensor se bajaba su querida secretaria. Expresó unas cuantas palabras, haciendo alarde de su diestra oratoria. Sin embargo, no hizo contacto visual la prometida de su feroz amante—Él será mi nuevo asistente—. Puedes presentarte con los demás. Hestia se dio media vuelta y cerró la puerta de su despacho, sin inmutarse ante lo que pudiera suceder afuera. Sonrió de manera tensa, al ser cubierta por al aura roja. Una cola le salía de su espalda y unos finos cuernos en su cabeza. Ya había juntado a las piezas del juego en el mismo tablero. Por poco y comienza a reír a carcajadas cuando vio la expresión en el feo rostro de Lacey. Sus manos temblaban, pero de la emoción que sentía. Sin ser psíquica, podía ver los pensamientos de Lacey. Era casi, como leer un libro. ¿Ella estaba sufriendo? ¿Estaba asustada y con miedo, sin saber dónde ocultarse? Sacó el pañuelo, con el que le había limpiado los labios a Heros, y le dio un beso a la prenda, para concretar un beso indirecto. Ahora, era momento de darle un buen susto a la ingrata traidora. Pagaría con creces, por haberla engañado. —Apenas y comienza tu amarga tortura, querida Lacey —dijo ella, caminando hacia su escritorio. Tomó un aromatizante de spray y lo regó en la oficina, ya que el dulce olor de sus pecados todavía se percibía en el aire—. Heros es mío. Tú ya lo has perdido. —Alzó el teléfono de su escritorio y marcó al puesto de la bella novia, que pronto se casaría—. Ninguno de los dos puede escapar de mí. Lacey caminaba anonada por lo que había sucedido. Estaba ida y no podía recobrar la tranquilidad. Necesitaba hablar con Heros cuanto antes, para advertirle que no le contara sobre su relación a ella, a la poderosa mujer que estaba en la cúspide de la cadena de mando en la empresa. Sin embargo, una de sus compañeras la alcanzó y la tocó por hombro. —Tu teléfono está sonando —dijo ella, con cautela—. Es la jefa. Lacey tragó saliva y se detuvo. Su vista se tornaba borrosa. La culpa y el miedo de haber sido descubierta la asaltaban por todo el cuerpo. Reaccionó por un instante, ya que no podía hacer esperar a la bruja. Acercó su mano al aparato de comunicaciones y permaneció inmóvil, como una estatua, hasta que decidió alzarlo. —Buenos días, señora Haller —dijo Lacey, controlando su voz, evitando que se quebrara al hablar—. ¿Necesita algo? —Ven a mi oficina, ahora mismo —dijo Hestia, de forma imperativa. Lacey palideció al escuchar esas palabras con ligero tono molesto. ¿Por qué quería verla? Acaso, ya sabía la verdad. Su mundo le daba vueltas y sentía un frío en su pecho. Jamás había sentido tanto miedo en su vida. Era como si hubieran descubierto que fuera una criminal, y estaba por entrar al tribunal donde sería juzgada. Al ir de camino, intercambió mirada con Heros. Su única esperanza estaba en que él no hubiera dicho nada, y la anciana de pelo de fuego le hubiera mandado llamar por otra cosa. Heros al terminar su presentación fue guiado por las amables empleadas hacia su puesto de trabajo. Era la que quedaba más cerca de la gran oficina de Hestia, y estaba más apartada que la del resto. Su móvil vibró y leyó el mensaje de Lacey. A pesar de que no le había dicho nada, ¿por qué era tan urgente que hablaran? Quiso seguirla, pero observó cuando le dieron un mensaje y regresó al puesto que le pertenecía. La miró como atendía el teléfono, como si estuviera nerviosa y temerosa. Entonces, tuvo el sentir de que algo más sucedía, y que los conectaba a los tres: a Hestia, a Lacey y a él. O, también podría ser ideas suyas. Vio a Lacey como entraba en el despacho de Hestia, y se enfocó en ordenar su escritorio. Hestia esperaba a Lacey, con los codos sobre la mesa, y con su barbilla apoyada en sus manos. El peor error que su desleal secretaria había cometido había sido ofenderla al haberla engañado y utilizado como comodín, para un obtener un permiso. Se creía muy lista, entonces le mostraría quién era la que tenía el poder, porque la haría llorar lágrimas de sangre, y que, solo con haber nacido, había sido muy desafortunada. No tendría piedad con ella y la destruiría, hasta el punto hacerla que se arrastrara por el suelo, como lo que era, una vil serpiente rastrera. Ahora le demostraría, quien era más mala que la otra. En estar historia, no había una protagonista incrédula que le temblara el pulso, para hacer pagar a los que se había atrevido a insultarla. No pasaría por alto la burla que había hecho Lacey. Sin embargo, Heros fue quien incendió la mecha de castigo y venganza, ya que todo pudo haber acabado el mismo día que se habían conocido, si solo hubiera accedido a acostarse con ella, lo hubiera desechado como despreciable juguete, al que no volvería a tocar nunca más. —Buenos días, señora Haller —dijo Lacey, haciendo una reverencia. —¿Sabes por qué te he llamado, secretaria West? —preguntó Hestia, con tono severo y expresión inflexible. Al fin estaban cara a cara, mientras la verdad de los hechos rondaba en el amabiente—. Has cometido una falta en contra de mí y el prestigio de corporaciones Haller. El alma abandonó a Lacey y regresó en los siguientes segundos a su cuerpo. Entonces, sí sabía de engaño y de que Heros era su verdadero prometido, y no aquel hombre con el que la había visto en aquel sitio. Si tan solo Danniel no le hubiera llevado ese maldito restaurante, que era al que también asistía ella, nada de esto estuviera pasando. Las mentiras y los descuidos del pasado, la había alcanzado hasta su presente, y la hacían experimentar uno de los momentos más humillantes, frente a la abuela que más odiaba y aborrecía en el mundo. Todo se había terminado, entonces solo tenía una opción, y era la de pasar a la ofensiva, en lugar de quedarse a que fuera expuesta por completo. En su último aliento, seguiría mintiendo, para salir lo mejor librada posible de la situación que estaba afrontando. —Yo… Puedo explicarlo, señora Haller —dijo Lacey, recobrando su postura y suspirando hondo—. Lo que sucedió fue que…
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