18. Truco de magia

2114 Palabras
Al día siguiente, luego de que ambos se dieran una ducha por separado, siendo Hestia la primera en hacerlo. —Aquí tienes este traje para ti —dijo ella, con amabilidad. Se había colocado una corta bata de baño de satén. Miró a detalle el maravilloso cuerpo mojado de Heros, que solo era tapado una toalla blanca de la cintura para abajo—. Puedes colocarte este por ahora. El desayuno está listo. Hestia moldeó un agradable gesto en su bello rostro, y quiso salir de la habitación, para que se cambiara. Sin embargo, fue detenida por su antebrazo. —Espera —dijo Heros, y le giró hacia él. Entonces, tomó la iniciativa de darle un beso. Era imposible resistirse a ella, y menos, si siempre vestía de esa forma de sexy y provocadora. Hestia había logrado lo que tanto había anhelado. Ya no era ella la que lo buscaba, sino que, era el mismo Heros quien venía por voluntad propia. —Debes darme uno así todas las mañanas —dijo Hestia, complacida con la iniciativa del chico—. Y al menos veinticuatro durante día. —Tal vez sean más —comentó Heros. Era algo que no le molestaba hacer, en lo absoluto. Así, los dos disfrutaron de un fresco desayuno, y se prepararon para irse. Hestia se había colocado una camisa de mangas largas con una falda de cierre completo en la parte delantera, unas medias negras de lencería erótica, un par de tacones de punta delgada y un saco beige. Sostenía en su antebrazo su fino bolso de mano. Así, como un elegante sombrero floppy y unas gafas de sol. Su vestimenta exponía su cintura angosta, sus anchas caderas y su gran pecho, otorgándole una figura de reloj de arena, que resultaba envidiable y fenomenal. —¿Listo? —interrogó Hestia al verlo sentado en el sofá de la sala de estar—. Hoy yo invito nuestra salida. —¿A dónde iremos? —preguntó él, con interés. Sentía curiosidad por saberlo. Heros se levantó y caminó para colocarse cerca de ella. Se exhibía tan elegante y distinguida con ese vestido, como una poderosa magnate. No, como la diosa griega que era. Además, que con su ropa fitness, se notaba atlética y deportiva, mientras que, con el atuendo para dormir, era irresistible y sexy. Su enorme belleza era acompañada por esa aura de mujer madura y experimentada, pero al mismo tiempo se mantenía joven y tonificada, debido al ejercicio. En cualquiera de las facetas que tenía, era la más hermosa de todas. Tal vez, ella era demasiado para él. Pero había avanzado y no podía dar marcha atrás, después de lo que ya había vivido. Hestia acarició el cabello marrón de Heros, y después lo observó de la cabeza hasta los pies, para luego retirarle los anteojos. —¿Qué tal un nuevo peinado? —dijo ella, teniendo todo preparado. —Me parece bien —respondió Heros, pensando en aceptar cualquier sugerencia que ella le propusiera. La idea de escaparse con Hestia, era para hacer lo que más pudieran. —Ten. —Le dio otros lentes oscuros—. Usa estas por ahora. Heros se las puso al instante —Le devolvió las que eran de él—. Vamos. —Arqueó su brazo, y se dirigieron a al auto. Heros fue quien la abrió la puerta del coche. La sostuvo por la mano, en tanto ella entraba. —Mi señora —dijo él, con gracia, ayudando a su acompañante. —Gracias, guapo —dijo ella, sintiéndose a gusto. Sus días de aburrimiento y abstinencia había llegado a su fin. Esperó a que se subiera—. Al aeropuerto —comentó, mientras miraba a su bello amante—. Será divertido. —Reposó su palmar en el muslo del chico. Heros no debatió, pues a cualquier lugar donde fueran, mientras estuviera con Hestia, valía la pena por completo. Así, tardaron algunos minutos en llegar a su destino. Volvió mostrar su acto de caballero al bajarse primero, para que ella bajara del carruaje, como la reina que era. Divisó en el sitio un majestuoso helicóptero de tonalidad negra. Había un grupo de personas esperándolos. Su cuerpo sintió la adrenalina, solo mirándolo a la imponente ave de metal. —¿Te has subido en uno? —preguntó ella, con expresión astuta. Nunca era un mal momento para deslumbrar a su lindo conejito. —No —respondió él, al instante. No era algo que se pudiera hacer con facilidad. —Entonces, hoy me robaré tu primera vez —dijo Hestia, con doble sentido. Comenzó a caminar a paso lento y con clase de dama refinada. Heros arrugó el entrecejo y sonrió de forma tensa. No había llegado a imaginar que, detrás de esa mujer arrogante y distinguida, hubiera una persona tan accesible y agradable. —Bienvenida, señora Haller —dijo el encargado de recibirlos—. Señor —. Saludó a Heros—. Todo está preparado. Disfruten el viaje. El helicóptero fue encendido y el ruido de las hélices se fue haciendo más veloz. Heros se había sentado al lado de Hestia. Se agarró con fuerza en la silla, cuando percibió que se elevaban en el aire. Hestia palpó la pierna de Heros y le indicó que se pusiera los audífonos de aviación. —¿Qué te parece? —preguntó Hestia, usando el micrófono integrado en el artefacto. —Creo que, prefiero caminar —respondió él, con humor —. Pero esto es una buena experiencia. Heros veía por la ventana hacia abajo. Observaba el panorama de la ciudad, las casas, los automóviles y los peatones. —No te quedes tanto tiempo mirando —dijo Hestia, al notar la curiosidad de él—. Podrías marearte. —Entiendo —comentó Heros. El paisaje era bello y nuevo. Aunque, lo más hermoso que sus ojos habían admirado, iba justo a su lado. Extendió su brazo y agarró la mano de Hestia, para continuar el recorrido en las alturas. Hestia moldeó un gesto rígido en sus cincelados labios. El simple acto de Heros, era tan tierno y bueno. Esto era pasajero y con tiempo limitado, por lo que debía disfrutar, hasta que llegara el momento de terminar toda relación con él. Apretó su agarre, para sostenerse con más fuerza al hombre que la estaba salvando del estrés y la ansiedad, pero más, de su vida monótona y aburrida. Así, sin nada más que destacar, aterrizaron en el techo de un edificio de una ciudad vecina y se subieron a otro vehículo, que los llevó un salón de belleza. Hestia esperaba sentada en el sofá en su peluquería de confianza. Su cabello ondulado rojo, no se mantenía impecable por arte de magia, ni porque fuera una diosa. Se había acomodado con sus esbeltas piernas cruzadas, una encima de la otra, con su precioso rostro levantado. Miró la hora en su fino reloj suizo. La paciencia no era de sus virtudes más sobresalientes, y detestaba que la hicieran esperar. Solo veía a su estilista moverse de un lado para otro, usando una máquina de corte y tijeras. El pelo marrón de su lindo chico caía al piso. El sonido del tic-tac retumbaba en sus oídos, hasta que, luego de varios minutos, ya había terminado su eterno tormento. Se puso de pie al notar como le limpiaban a Heros los residuos que habían quedado en él. —He acabado, señora Haller —dijo el estilista, emocionado por su habilidad y su resultado con el joven. Para el afamado Lambert Smith, siempre era un honor complacer a la distinguida y millonaria inversionista alemana-francesa. Había sido testigo de que había estado sola por varios años, y por lo visto, ya había encontrado a un compañero, muy atractivo y de corta edad. Así que, era cierto lo que se decía, que, a las mujeres mayores, independientes y de carácter fuerte, le gustaban o se sentían atraídas por el colágeno de los jovencitos. Bueno, no era nadie para juzgar, Hestia Haller tenía el dinero, el poder y la clase para estar con quien quisiera, por lo que ese muchacho tuvo que haber hecho algo para llamar la atención de semejante dama tan inalcanzable. —Espero que haya hecho un buen trabajo, Lambert —dijo Hestia, con arrogancia y antipatía. —Por supuesto, mi señora —dijo Lambert, agachando su cabeza—. Ya puedes levantarte. Hestia divisó cuando Heros se puso de pie. Sus ojos verdes esmeralda se iluminaron y sus negras pupilas se ensancharon. Hace meses atrás, nadie creería que se trataba de ese muchacho gordito, que vestía con ropa casual. No era suficiente con un cambio físico, si no, también uno psicológico, porque tenía un carácter fuerte y dominante, que no sabía que tenía. Era su propósito despertar esa bestia que estaba atrapada en el interior de su bello conejito, para que se transformara, por completo, en un héroe de un canto griego. Había presenciado ese fuerte carácter que poseía, pero que solo mostraba cuando estaba contra la pared y bajo presión. La ligera barba le regalaban un aspecto más enloquecedor de lo normal. Lo acarició por la mejilla, para luego rodearle el cuello con sus brazos. La boca de Heros atrás sus labios, como imán de cargas contrarias. Allí, lo besó sin limitarse y con deseo. Heros la abrazó por la espalda y acercó más su torso al cuerpo de Hestia, para sentirla todavía más. Hestia se acordó del estilista, e inclinó su cabeza para hablarle. —Retírate —dijo ella, de forma imperativa—. Te ves lindo. —Gracias. Eso me lo decían de niño, pero no recuerdo haberlo oído en estos años —dijo Heros, con confianza. Al convivir con Hestia, no solo lo hacía sentir más libre y aventurero, sino también, más seguro de sí mismo. La personalidad dominante y atrevida de ella, forjaba su carácter y eliminaba sus complejos. Si quería estar con la ilustre señora Haller, primero debía superarse, para ser digno de poder tenerla entre sus brazos. —Vaya. Siempre lo fuiste, desde el día en que te conocí —dijo Hestia, siguiendo con su estrategia de ser amable y hablarla con dulzura. —¿Y a dónde vamos ahora? —preguntó él, con curiosidad. —Vayamos de shopping. Escoge lo que gustes. Todo va a mi cuenta. Así que, no te contengas —dijo Hestia, con expresión sagaz y arrogante—. ¿Quieres ver un truco de magia? Heros frunzo el ceño. Sin embargo, haber venido con Hestia, había sido su mejor decisión. —¿Eres una maga? —preguntó Heros, de manera divertida. —No, soy la malvada bruja de este cuento —comentó Hestia, sin demora. Siempre supo que sería la despiadada villana de la historia, y no la doncella en problemas. —Claro. Eso va más acorde contigo —dijo Heros, continuando la conversación—. ¿Y qué vas a enseñarme? Hestia alzó su mano derecha. Juntó el dedo del medio y el pulgar, y los chasqueó de forma audible. Entonces, el salón de belleza se transformó en una tienda ropa lujosa, y en su poder, ya tenían las bolsas de compras. Repetir la escena de estar probándose la ropa y de mejorar el aspecto físico, no era algo que considerara relevante. Ya su lindo chicho había obtenido la belleza que siempre había tenido y solo faltaban algunos detalles. Eso era todo. —¿Qué tal? —interrogó ella, con semblante astuto. —Eso fue rápido —comentó Heros, encantado con el acto. —Bien. Ahora otro. Hestia volvió a sonarlos, y aparecieron sentado en un elegante restaurante de cinco estrellas. Ya había disfrutado de su comida y habían reposado los alimentos. —¿Puedes hacerlo de nuevo? —preguntó Heros, hechizado con las habilidades de Hestia. —Una última vez —dijo Hestia, con altivez. Chasqueó sus dedos y regresaron a la suite, en la sala de estar—. Bueno, ya he agotado mis intentos disponibles. —Te agradezco por esto, Hestia. Ha sido un día maravilloso —comentó Heros, haciéndose dueño de los carnosos labios de su preciosa amante, para mostrarle su gratitud—. A cambio, haré lo que me ordenes. —¿En serio? No debes darme nada. Tu compañía es mi pago —dijo Hestia, con inteligencia. —Deseo hacerlo. Es por mi propia convicción —dijo Heros, en tono firme. —Está bien. De todas maneras, era la sorpresa que tenía preparada. —Hestia lo guio hasta la habitación púrpura. Introdujo la contraseña y la puerta del cuarto de castigos quedó al descubierto—. Te dije que tengo ciertos gustos peculiares. Esto es lo que yo quiero.
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