Voy a contar hasta diez para seguir fingiendo que estoy malherido. Fingir que esa mujer misteriosa que apareció de la nada no ha hecho que mi cuerpo se recupere con una rapidez que ni yo puedo entender, sería la mayor locura que pueda tan solo pensar. Sé por qué me he recuperado.
Lo que no puedo aceptar es que ella sea mi nueva compañera.
Joder, Sara... a ella apenas la perdí hace un par de años.
Su muerte me persigue a donde sea que voy. Su recuerdo me consume en mis pensamientos cada noche, y mi cerebro no encuentra descanso cuando se trata de ella. Sara no debía morir. Yo debí hacer algo, buscar la manera de mantenerla a salvo, de protegerla. Pero en el día que celebraba mi ascenso a Alfa, el destino me arrancó todo. Su cuerpo frío, la manera en que dejó de respirar, esa imagen es mi infierno viviente.
Y ahora esta mujer, la pelirroja, llega a desafiar todo lo que creía saber sobre el destino y el amor. Llegó a romper mi mundo y no quiero que eso suceda. No quiero tener esa clase de paz.
"¡Deja los lamentos y ve por mi compañera, idiota!", ordena, Xander, con un tono impaciente que no me importa en absoluto.
"No puedo y no quiero".
"¡Es mi compañera, ve por ella!", su exigencia hace que mi interior ruja de rabia y frustración.
"¡NO! ¡Aquí mando yo, Xander!"
Mi respiración se acelera. Los huesos en mi cuerpo crujen mientras la furia y la desesperación arden dentro de mí. Siento el calor de mi transformación recorriéndome, el cambio inminente. Mis garras empiezan a asomar.
"¡Detente, la vas a asustar!", lo detengo.
—¡Mía! —la voz bestial surge desde lo más profundo de mi garganta. Mis ojos se agrandan, la visión se agudiza, y me pongo de pie con dificultad.
Mi mente es un caos, pero en ella solo hay una imagen: esa mujer. La chica pelirroja. Y Ares, ese maldito hermano mío.
—¡Es mía! —gruño con furia, sintiendo el rugido de los lobos de la manada aceptando mi reclamo.
Ares se voltea y me observa con una sonrisa burlona, oliendo el aire con desdén.
—¿Ya la aceptaste? —pregunta, sin mucho interés.
—No juegues conmigo, Ares —le advierto con voz baja, pero firme, dando un paso hacia él, la ira y la frustración burbujeando dentro de mí—. Dime, ¿dónde está la chica?
—Se fue a su casa porque tu excelente carácter la ha enfadado y no quiso que la acompañara más lejos —responde, con un suspiro de decepción—. Si me hubieses dejado hacer lo que yo quería, ya estarías calmado. Vuelve a tu forma humana y te llevo a su departamento.
—¿Cómo sabes en donde vive? —respondo, con un tono grave—. Que sepas que no estoy contento con tu actitud hacia tu Alfa, ni mucho menos con lo que está pasando aquí.
—Soy el director de la academia, genio. Y sí, sí, deja de menear la cola. Sé un humano noble por una vez y subamos a su departamento —se burla, señalando el edificio en la esquina—. Perro con rabia, ¿qué más puedo esperar de ti?
Me muerdo la lengua para no soltar un gruñido, pero el olor a sangre me hace entrar en alerta.
Es un olor extraño... dulce. Pecaminoso.
—Es ella —digo en voz baja, sorprendido.
Ares me mira confundido, sin entender.
—No lo vas a entender, y no voy a explicártelo. Es ella, la pelirroja —afirmo, el deseo de ir tras ella está ardiendo en mi pecho.
—Es una zona libre de nosotros —responde Ares, aunque no parece tan convencido—. Vamos, termina con tu drama y acompáñame a ver qué pasa con la chica.
No sé qué es lo que me atrae tanto de ella, pero una cosa está clara: soy incapaz de ignorar el poder que ella emana. Mi cuerpo se ha recuperado por completo gracias a su presencia y no estoy dispuesto a dejarla ir tan fácilmente.
Después de transformarme nuevamente en humano y tras apuntar rápidamente la dirección de la pelirroja, subimos al lujoso edificio donde vive. Es elegante, casi arrogante en su lujo, pero no puedo dejar de pensar en lo que hay dentro de esos muros. No es solo el lugar lo que me interesa, sino ella.
El olor a sangre se hace más fuerte a medida que nos acercamos al departamento. Mis instintos se despiertan, pero trato de controlarlos.
Ares toca la puerta del número 1805, y el sonido sordo del golpe de madera en el silencio hace que mi pulso se acelere. Unos segundos después, los pasos apresurados de la pelirroja se escuchan desde el interior, y la puerta se abre, revelando esos ojos verdes que me miran con una mezcla de asombro y miedo.
—¿Qué hacen en mi casa? —pregunta, su voz es dulce. Demasiado dulce.
Te rechazo, te exijo que huela a cebolla o ajo.
—Mi hermano necesita atención médica. Sus heridas son graves y necesitamos que... —Ares comienza a explicar, pero ella lo interrumpe.
—Lo siento, ahora mismo no... —su voz titubea. Luego voltea hacia el interior de la casa—. Parker...
La puerta queda abierta, pero ella sale corriendo por el pasillo, dejando a Ares y a mí allí, en el umbral.
—Velkan, no puedes... —dice Ares con tono serio. Yo lo miro y entiendo que está intentando que no me meta en más problemas.
Es demasiado tarde.
—Es la compañera de Xander. Solo vamos a ver qué le sucede y nos largamos —respondo, más seguro que nunca de lo que quiero hacer—. No quiero problemas, pero también quiero saber qué está pasando.
Ares me lanza una mirada exasperada y seguimos a la chica, entrando en su departamento como si fuéramos invitados, aunque ninguno de nosotros lo somos.
Dentro, el llanto de un chico resuena en el lugar. Me freno en seco, mis sentidos se agudizan. La pelirroja está consolando a alguien. Sus palabras eran suaves, pero llenas de desesperación y me alcanzaz.
—Ya, Parker, prometo que todo esto pasará —susurra, mientras trata de calmar a la figura que se encuentra frente a ella.
Escucho lo siguiente con claridad, aunque sé que no debería. Soy un intruso, pero no puedo evitarlo.
—Mamá lo sabe. Ella no es tonta —responde el chico—. Ayla, solo nos persiguen las desgracias. Tú pierdes la memoria, todo en tu trabajo va mal y lo único que te queda es el ballet. No me puedo permitir quitarte eso.
Lo que escucho no hace, sino aumentar mi curiosidad. Es más que evidente que hay algo más detrás de esa chica, algo oscuro y peligroso que no puedo dejar de investigar.
Pero al vernos llegar, la chica se queda en silencio. Debo agradecerle a mis oídos de lobo y así poder saber qué sucedía.
—¿Cómo entraron aquí? —pregunta, sorprendida, aunque la frustración es evidente en su rostro. Cierra los ojos como si fuera más fácil ignorarnos de esa manera.
—Sí, claro, nosotros dejamos la puerta abierta —responde Ares, con tono sarcástico.
Ella suspira y gira hacia el chico como si intentara darle consuelo en medio de lo que parece un caos sin fin.
Y luego, un murmullo que me detiene en seco.
—Tienes 16 años, Parker —dice, Ayla, con la voz temblorosa—. Solo tú sabrás lo que estás haciendo, pero llegas drogado a la casa, traes mucho dinero por las noches y al día siguiente te vas sin decir nada. Soy tu hermana mayor y debo velar por ti. Me duele saber que estás haciendo algo malo y voy a encontrar la manera de ayudarte.
Ares y yo decidimos irnos, pero antes de que demos un paso atrás, el chico, Parker, lanza una última observación.
—¿Cómo lo harás, Ayla? Después de todo, perdiste la memoria en tu accidente, trabajas en un burdel, y tu jefe es un sádico que te paga una miseria.
El golpe de esas palabras me deja helado. Ayla trata de contener el llanto, pero algo en su mirada me dice que esas palabras le cortan más que cualquier herida física.
—Parker... —susurra ella, casi sin fuerzas.
Ares y yo nos dirigimos hacia la salida, pero las palabras de Parker resuenan en mi mente.
Este chico está corrompido por algo mucho más oscuro, algo más allá de lo que podemos ver.
Y Ayla... Ayla tiene secretos. Secretos que me llaman, que me obligan a adentrarme aún más en su mundo.
Lo que sea que esté pasando aquí, no ha hecho más que comenzar.
Y yo, como Alfa, no voy a quedarme atrás.