—¿Quiere uno? —Marcos le ofreció un cigarrillo a Anna. Con un a mueca ella lo rechazo. —Prefiero inhalar y exhalar aire, necesito calmarme para poder correr, sino no podré correr o podría tener un accidente. —Me alegra que lo tengas claro, lo que menos queremos es que nuestra gallina de los huevos de oro, muera. La mano de Anna se hizo un puño y lo golpeo. —Deja de decir mamadas, Marcos. Me estresas más. —Bien, bien —se quejó aún dolido por el golpe en su estómago. Anna, en esos momentos tenía la mente turbada, sus pensamientos no se organizaban de la mejor manera. Todo se estaba complicando y no veía una salida por más que buscará una, para la cereza del pastel estaba su prometido. Richard. Si tan sólo él no fuera tan terco. Su mira se fijó justo donde se encontraba el hombre

