Capítulo 4

3381 Palabras
Caracas, Venezuela 15 de diciembre, 2018 La semana de mi cumpleaños fue espectacular. Compartir con  las personas que más amo en la vida, es lo que más me gusta de cumplir años. Lamentablemente, ya había pasado mucho tiempo en Barquisimeto, tenía que regresar a Caracas para cumplir mis labores. No estaba trabajando, al menos no todavía pero quería pasar el tiempo que me quedaba con él, con el amor de mi vida. Sé que puede sonar muy apresurado, no me importa en lo absoluto. Es lo que siento y lo expreso. Nos regresamos a Caracas el día de ayer, viernes 14, llegamos super agotados del viaje, a eso de las doce del mediodía ya estábamos en el terminal, pero lo disfrutamos al máximo. Por supuesto, su compañía hizo una gran diferencia. Íbamos tomados de la mano, con mi cabeza recostada sobre su hombro mientras escuchábamos nuestras canciones favoritas. En el trayecto, traté de imaginar mi vida si no lo hubiera conocido y no me encontré, no me vi viviendo sin él. El resto del día pasó lento, la noche llegó y él fue a visitarme para cenar juntos. Llevaba pizza y unos refrescos, decidimos ver una película en Netflix, terminamos dormidos a media película. Bueno, yo terminé dormida, él quien sabe a que hora se acostaría pero fue de lo más romántico amanecer al lado del amor de mi vida. Me levanté cuidando no despertarlo, lavé mi cara, cepillé mis dientes y me dispuse a preparar el desayuno. Unas exquisitas empanadas de pabellón como a José Miguel le gustan acompañadas de malta que compramos ayer cuando regresamos. Para el almuerzo, él se lució con un pasticho de berenjenas exquisito. De pronto, él recibió una llamada que lo desconcertó un poco, no supe de que trataba pero tuvo que salir de inmediato. No le pedí explicaciones, no soy de esas, confiaba en él y sé que tarde o temprano me contaría lo que pasaba. A eso de las tres de la tarde, decidí bajar a comprar algo rico para merendar. Me di un baño antes pues el calor me agobiaba, vestí un short, una franela y zapatos deportivos. Opté por bajar las escaleras. Cuando me dirigía a estas, tropecé con alguien otra vez. Me regañé a mí misma por ser tan distraída y no ver donde caminaba. Al menos no se trataba de alguien que no conociera sino de él, mi compañero fiel. —¿Esto es costumbre tuya o cómo es la cosa? —cuestionó a modo de broma—. Na’guará, Stefanía, vamos a ver si pones más cuidado al caminar, mi amor. No es posible que todo el tiempo tropieces con alguien y te caigas. Te vas a lastimar las rodillas. —Me regañó. No pude refutarlo, tenía razón. Mis rodillas ya estaban bastante lastimadas por golpes y caídas. Ese tropezón me recordó al día que nos conocimos—. Perdóname por como me expresé, mi amor, pero me preocupa que te caigas tanto, que te lastimes. No me gusta, de verdad. —Tranquilo, no hay problema. —Asintió, tomó mi mano y me besó el cachete. —Te quiero. —¿Ah sí? —desafié con la mirada—Demuéstralo. —Dicho eso, me tomó con fuerza por la espalda y me besó. Reí suave cuando nos separamos. —Mira, ¿y por qué tú andas tan corta? ¿Para dónde ibas? Si puedo saberlo, claro. —indagó, mirándome con total descaro. Le comenté que iba a la cafetería por algo más sabroso—. ¿Sabroso? Aquí me tienes a mí. —Ja, ja, ja. Muy chistoso. —Él esbozó una sonrisa enorme—. Ve a tu casa, nos vemos en lo que regrese —Me parece bien. Así aprovecho para ducharme. —Me besó por última vez y se dirigió a su casa. Bajé con cuidado las escaleras. Compré varios víveres que necesitaba en casa como harina, azúcar, café, sal mantequilla, huevos, entre otros. Adicional a eso, un paquete de galletas Marilu de chocolate, uno de oreo, un litro de leche e ingredientes para una torta: harina de trigo, polvo para hornear, cacao. Cuando pasé por la cafetería, me apeteció comprar pasta seca. Al regresar al edificio, sentí que mi corazón se aceleraba, sudaba frío y las piernas me temblaban. ¿Qué rayos pasaba conmigo? Caminé rápido, asustada. Corrí como pude hacia la casa de José Miguel y toqué la puerta con desesperación. Él gritó “¡Ya voy!”, segundos después, yo caí al suelo y no supe más de mí. —Oye, ¿estás bien? —Escuché decir a lo lejos—. Stefanía, por favor, despierta. Mi amor, ¿qué te pasa? ¿Por qué no reaccionas? —Me pareció escuchar su voz quebrada como si fuera a llorar. Traté de abrir los ojos con cuidado, al lograrlo, vi a José Miguel de rodillas a mi lado con sus manos entrelazadas a las mías. De sus labios escapó un sollozo que me partió el corazón. —Amor, mírame —Le pedí. Mi voz también se quebró. Al encontrarse nuestras miradas vislumbré la consternación en sus ojos—. ¿Vamos a comer? —Tonta —Sonrió, causando que mis pómulos se ruborizaran. Yo también reí para aliviar el ambiente. Por supuesto, me preguntó que pasó, le conté los detalles y me aseguró que en la medida de lo posible me llevaría a un chequeo médico—. Espera aquí, ¿sí? Iré a buscarte agua. Durante la espera, me pregunté como rayos llegué a su habitación. En el tiempo que llevábamos juntos, nunca había entrado y lo que veía era interesante. No pasó mucho tiempo para que regresara con el vaso de agua. Le pregunté por las bolsas de comida, me comentó que estaba todo en su lugar, en la mesa del comedor. —Ahí hay algunas cosas para nosotros, las galletas y eso, o podríamos hacer una torta. —Le comenté. Él asintió. —Me gusta la idea, pero me importa más que tú estés bien, ¿cómo te sientes ahora? —Aseguré que me sentía mejor. Él llamó a un médico de confianza y resultó que todo fue una baja de tensión. No había nada de que preocuparse. Eso me alivió bastante—. De todos modos, iremos a hacerte un chequeo médico, ¿de acuerdo? Al principio creí que no había príncipe ni nada de eso, que todo era de películas y que el amor solo existía en las gastadas páginas de un libro. Pero con José Miguel a mi lado, esa historia cambió. A su lado he aprendido tanto y tenerle conmigo es de gran bendición. Pensé que se trataba de un acierto de cupido, pero no era más que el regalo de Dios para mí, mi recompensa por esperar en Él.   Esa noche fue él quien preparó la cena. Demasiada fritura para mi gusto. Durante la comida, me comentó de varios proyectos que le llegaron. Me alegraba saber que le estaba yendo bien en cuanto a trabajo se refiere. No sabía qué hora era. Tampoco me importaba mucho que digamos. Igual debía regresar a casa y no estaba lejos. Aquella noche, al mirarle, me perdí en sus ojos de avellana. Eran profundos. Demasiado. Incluso, podría jurar que guardaban muchos secretos. Él no me quitaba la vista de encima, lo que me intimidaba. Me las apañé para recobrar la compostura, y luego, con una media sonrisa. —¿Está todo bien? —me preguntó. —Sí, bueno, algo así, pero tú...—Entrecerró los ojos, expectante a lo que yo estaba por decirle—. Pareces molesto. Una diminuta sonrisa apareció en sus labios. —Eres muy observadora, ¿lo sabías? —Me lo han dicho —admití. Él sonrió, y fue como una daga de cupido al corazón. Todo era risas y bromas. Me agradaba estar así. —Cuéntame algo, quiero saber más sobre ti. Siento que aún me falta mucho por conocerte —La curiosidad se avivó en sus impenetrables ojos de avellana. Intenté sostenerle la mirada, mas no tuve éxito. Era intimidante—. ¿Has salido con alguien aquí en Caracas? Asentí. —¿Con quién? —Con un compañero de la universidad. Estuvimos de novios por un año. —¿Tan poquito? —inquirió, asombrado. —Habríamos durado más —tragué saliva y continué—, si él no me fuese puesto el cuerno con una rubia platinada y operada desde el cerebro hasta los pies. —Él se asombró, supuse no me expresé de la mejor forma pero fue la descripción perfecta de Irene San Román. —¿Bromeas? —Ya quisiera que fuese sido una broma, pero no. —¡Ese tipo es un imbécil, vale! Un canalla de lo peor. —No sé porqué no me sorprendió que él reaccionara de esa manera. Desde que lo conocí, José Miguel me pareció interesante, misterioso, guapo, inteligente. Me atraía su forma de ser, pensar y vivir. En la radio sonaba nuestra canción favorita, él me invitó a bailarla en la sala. Me sentía como una niña, de verdad. Nunca antes viví algo igual. Me despertó la tenue luz de otro día nublado. Yacía con el brazo sobre los ojos y confusa. El atisbo de un sueño digno de recordar pugnaba por abrirse paso en mi mente. Gemí y rodé sobre un costado esperando volver a dormirme. Fue así como lo acaecido el día anterior irrumpió en mi conciencia. —¡Oh! Me senté tan deprisa que la cabeza me empezó a dar vueltas. Era domingo, otra vez. Increíble que hacía una semana estaba en Barquisimeto, en mi última semana de pasantías. Miré hacia los lados y ubiqué mi celular en la mesita de luz. ¿En qué momento lo coloqué allí? Seguro fue cosa de José Miguel. Cuando vi la hora en la pantalla del celular, me sorprendí. De todos modos, sentía que me faltaba sueño. Revisé el celular y vi los mensajes que tenía en la bandeja. ¿Estás? Necesito que conozcas a alguien, es importante. Por favor, responde si podrás venir antes de las diez de la mañana al apartamento. De verdad es muy importante para mí. Estos mensajes me hicieron ruido. Me levanté a eso de las ocho de la mañana, hice mi rutina de limpieza diaria y le marqué. Me comentó que había llegado una persona importante que yo debía conocer sí o sí, los invité a desayunar a ambos, total mientras lo preparaba se hacía la hora del encuentro. Él aceptó. Al final, todo se trataba de conocer a su hermano, ni sabía yo que tenía uno, mucho menos que era tan idéntico a él. ¡Dios mío, son dos gotas de agua! Cuando los vi a ambos en la puerta del apartamento quedé fría. Él me sonrió y pues, claro que supe diferenciarlo de mi amado por el corte de cabello y su tono de voz que es un poco más gruesa que la de José Miguel. Cuando nos presentamos, sentí un chispazo nada normal que disimulé para no despertar ningún tipo de comentarios. —Cuéntame, Stefanía, ¿a qué te dedicas? —indagó Juan Pablo mientras desayunábamos. Miré a José Miguel y le noté un poco nervioso, le hice entender que todo estaba en orden, que se relajara. Sonreí —Estudio Comunicación Social, ya casi me gradúo. —Respondí sin dejar de sonreír. Juan miró a su hermano y le hizo un gesto de aprobación. —Estudian lo mismo ustedes dos, que cómico. —Sí, pero sabes que yo no estoy al mismo nivel —Conchale, ¿por qué siempre la embarras así? —Yo solo digo que no estoy tan avanzado. —Lo importante es el hecho de que retomaste tus estudios, José Miguel. Poco a poco lograrás la meta. —Coincido con tu hermano, con un poco de esfuerzo, alcanzarás tus objetivos. —Le tomé la mano con una sonrisa. —¿Y ustedes ya son novios o qué? —inquirió el gemelo de José Miguel quién se ruborizó al instante, con los ojos sobresaltados; me hizo mucha gracia su reacción. —No, aún somos amigos con propósito. —Pero si tienen planes, ¿no? Del noviazgo y eso... —Claro, claro. Eso está en los planes. —aseguró José Miguel con una sonrisa, con su mano apretando la mía sobre la mesa—. Solo queremos hacer las cosas bien, que se haga todo conforme al plan y tiempo de Dios para nuestra vida. —Eso, hermano. Así se habla. —Bajé la mirada para que José Miguel no me viera ruborizada. Me encantaba escucharle hablar de esa manera. El resto del día transcurrió normal, igual los días siguientes. Cada vez compartíamos más tiempo juntos. No sabía si estaba bien, pero me gustaba y mucho. Cuando nos tocaba despedirnos me sentía mal, el corazón se me ponía chiquito. A veces buscábamos hacer otras cosas para no despedirnos, me ayudaba con el reportaje, nos desvelamos viendo pelis. Sin duda, una amistad muy bonita. Sí, teníamos nuestras diferencias pero, nada que no pudiéramos resolver en una conversación. Como dicen, hablando se entiende la gente, ¿no? Ya había adelantado el reportaje, al menos una parte, pero hasta tanto no tuviera las correcciones no podía avanzar con los capítulos que faltaban del trabajo de grado. Dichas correcciones llegaron el 21 de diciembre, ya era víspera de Nochebuena así que los días restantes de diciembre los aproveché para compartir con José Miguel. Fue a partir del mes de enero que me ocupé en trabajar lo que necesitaba corregir y las hice llegar vía correo electrónico a los jurados asignados, solo quedaba esperar su respuesta. Aun así no fue sino hasta febrero que ellos comenzaron a responder mis correos, resultado de mis tantos clamores en la Dirección de Escuela.  José Miguel me decía que me calmara, que no me estresara tanto pero era difícil no hacerlo, en serio. Con mi tutor tenía comunicación pero él estaba ocupado también en sus asuntos personales y del trabajo. A su oficina fui un par de veces por correcciones del instrumento y de la tesis misma. Pero bueno, ¿qué les cuento? Aun con las tantas correcciones que hice, resultó que las preguntas del instrumento no estaba bien elaboradas y ni yo misma me había percatado de ello hasta que una de las profesoras de la universidad me lo corrigió de pies a cabeza. Al final, decidí que haría una entrevista no estructurada, de esa manera las preguntas solo serían una guía para obtener la información que necesitaba, y no requería validación de jurados. En aquel tiempo, nos la vimos bastante rudas porque no teníamos dinero para pagar la universidad, y sin pago no habría defensa.  Yo no tenía ninguna entrada de ingresos y con el sueldo de mamá no alcanzaba. Aquella situación me tenía estresada al punto tal de que en el cuerpo me aparecieron costras que nunca se secaban, tenía que usar faldas o vestidos. En las noches, dormir era un martirio por el simple hecho de que las costras se me pegaban a la ropa íntima. Lo mismo ocurría al bañarme. ¡Era una pesadilla! Llegó el mes de marzo, y con él, un apagón nacional. El más grande en la historia de Venezuela, vale decir. Comenzó el siete de marzo, a las 04:55 de la tarde - hora local - y en algunos estados como Lara duró cinco días continuos. En esa oportunidad, el gobierno de Nicolás Maduro insistía en que todo se debía a “un ataque del imperialismo estadounidense”. Fue un toma y dame entre la oposición y el gobierno, al final todos eran culpables, pero vamos a dejar eso así mejor para no entrar en discordias. Ese mes de marzo me fui con José Miguel a Barquisimeto, me llevé todo lo que pude, incluso la laptop para trabajar en el proyecto de grado. En las noticias, todo estaba colapsado con el tema del apagón. Un exejecutivo de la Corporación Nacional de Electricidad de Venezuela le dijo a la cadena de noticias CNN en Español que la interrupción de la central eléctrica era probablemente el resultado de un equipo viejo y un mal mantenimiento. En consecuencia de aquel apagón, los pacientes en los hospitales se veían bastante afectados por la ausencia de energía eléctrica, de hecho, los medios reportaron una alta cifra de muertos. Otras de las consecuencias de aquel apagón fueron la falta de agua, alimentos dañados, protestas, suspensión de actividades académicas y laborales, especialmente en la ciudad capital. Para el 13 de marzo, el sistema eléctrico se habría restablecido en algunos otros estados del país según el gobierno de Maduro. Yo, por mi parte, estaba desesperada. Quería salir corriendo, que me tragara la tierra. Veía muy lejos la defensa de mi trabajo de grado y eso me llenaba de impotencia. Así fue que entendí que en mis fuerzas no podía hacer nada, así que entregué la carga al Señor y fuera Él quien hiciera la obra. Semanas antes, soñé que ya tenía el dinero en mano. No sabía de donde vendría, para serles sincera, pero allí estaba. Mi mentora, Ismary, me dijo: —Ya el dinero está ahí, debes reclamar esa promesa, hacerla material. Fueron días y noches en oración constante, lo recuerdo bien. Así fue como el 18 de marzo pagué la universidad, retiré mis notas de pasantías para que me colocaran el sello. Supe entonces que obtuve la nota máxima. No podía estar más feliz, la verdad. Dos días después, el 20 de marzo, si mal no recuerdo, tuve la reunión preliminar junto a otra compañera para fijar la fecha de la defensa de trabajo de grado. Ambas teníamos al mismo tutor así que procuramos que las dos defensas fueran el mismo día. Total que al final, acordamos las defensas para el lunes 25 de marzo. Ya no había marcha atrás. Mis cinco años y medio de carrera se resumían en ese trabajo de grado que defendería en cinco días. Estaba tan emocionada que la alegría se me notaba hasta en los ojos, fue una sensación tan bonita. Recuerdo que esa mañana, luego de la reunión, me dirigí a la oficina de mamá para contarle todo. Quise hacerle una broma, pero su cara de susto me causó mucha gracia, y tuve que decir la verdad.   —¿Cómo te fue? ¿Qué te dijeron por fin? —Bueno, todo está listo. La defensa es mañana —respondí con tanta seriedad que hasta yo me sorprendí. —¿Mañana? —El rostro de mamá se transformó. De una vez preguntó que haríamos con la comida y las tantas cosas que teníamos preparadas y no estaban listas. No tardé mucho en reírme. —Mentira, mami, es para el lunes —agregué, entre risas. Ella también rió, y eso me agradó. Al menos no se molestó, ¿cierto? El resto del día transcurrió normal. Estaba emocionada, feliz. Tanto que, en mi cuenta de f*******:, anuncié que pronto sería licenciada. Aunque no lo hice con esas mismas palabras, ahora que recuerdo. En fin, lo anuncié y estaba muy feliz por ello. Esa noche, el teléfono local sonó, contesté enseguida. Era Mariangel, mi compañera. Hablamos de la defensa, finiquitamos todos los detalles y luego nos despedimos, asegurando estar en contacto por cualquier novedad. El fin de semana previo a la defensa celebré anticipadamente la victoria con Yoselin, mi mejor amiga y Oriana. El domingo 24 de marzo me fui a casa de mi abuela en la mañana para que mi tía Loly —mi segunda mamá—, me arreglara el cabello. En la tarde, el papá de mi tía Sandra me fue a buscar para llevarme a la casa. Ese día me repasé el esquema de estudio de pies a cabeza, sabía lo que debía decir, solo me costaba un poco dominar el lenguaje técnico. Para la noche, aunque estuve jugando bastante tiempo con Camila, mi prima pequeña, dediqué un rato a repasar por última vez el esquema de defensa y me di un baño antes de acostarme a dormir. Después de hacer una corta oración, recosté mi cabeza en la almohada y enseguida me dormí. Necesitaba que Dios tomara el control, que hiciera su voluntad en todo momento. ****
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