—¡Ay, por Dios! —chillé eufórica al verlos de nuevo. Un par de lágrimas salieron de la emoción—. ¡Qué bueno que estén acá! ¡Pasen adelante! —ofrecí. Se sentaron en el sofá, a la vez que yo servía tres vasos de jugo—. ¿A qué se debe esta visita? Digo, pensé que no vendrían hasta navidad. —Bueno, tras un debate entre tu madre y yo, consideramos oportuno venir a visitarte. Desde que te mudaste a Caracas, solo nos hemos visto un par de veces. No te hemos prestado la suficiente atención, lo que está mal. Aquello fue como un disparo en el pecho. Me senté en su regazo, y le abracé antes de contestar: —Papá, no es culpa de ustedes. Los años han pasado muy rápido, ya no soy la misma, y si antes no comprendía su falta de atención, ahora sí. Ambos tienen sus trabajos, no pueden estar pendiente de m

