Christian se acercó una vez finalizó la clase. Su semblante era sereno, aunque sus ojos brillaban como nunca. —Stefanía, quiero que sepas que pondré todo mi esfuerzo y te ayudaré en lo que sea necesario para los trabajos finales —comentó. Miré a Marco y a Valentina. Ellos estaban igual de impresionados que yo. Con amabilidad sacada de no sé dónde, me atreví a felicitarle. Él sonrió a medias. —¿Puedes reunirte este fin de semana? En mi casa, claro. Así nos ponemos de acuerdo en qué hará cada uno, y lo empezamos de una vez. —Me parece perfecto, ¿a qué hora? —contestó con entusiasmo—. Estaré a la hora que tú me digas. —Bien... A las diez te espero allá, ¿de acuerdo? —Asintió. Se despidió y desapareció de mi vista en un parpadear de ojos. Los chicos me miraron, expectantes—. Tranquilos, tom

