Estaba consciente del daño que se estaba causando, no comía, no dormía y estaba terriblemente enojada consigo misma por creer que esa vez todo podría ser diferente. Todos los hombres eran iguales. Pero Linav lo amaba, estaba tan enamorada de él, de la forma en la que nunca le pedía permiso, en la que era tan seguro de sí mismo y siempre buscaba hacerla sonreír con sus ocurrencias. Lo extrañaba y lo odiaba por eso. Le dolía pensar en él, en su sonrisa, en sus expresivos ojos café, en su manera de decir las cosas, la forma en la que la trataba, la manera en la que la abrazaba y la besaba y ella sentía que no importaba nada más. Pero por lo que más quería golpearse a sí misma era por pensar en que si Damián atravesaba esa puerta, ella lo perdonaría y se lanzaría a sus brazos sin dudar.

