—¡Vamos, no puedes ser tan cobarde! — exclamó Damián desde su posición en el medio del puente. —¡No soy cobarde, solo no me gustan las alturas! — le gritó de regreso. Linav de nuevo estaba completamente asombrada de estar saliendo con ese rubio otra vez. Pero en esta ocasión lo irregular no era salir con él, lo que le atormentaba era el lugar al que habían ido y lo que estaban por hacer. Damián la había llevado a saltar en Bunge sin decirle o preguntarle primero. Todo lo que le había pedido era que se pusiera ropa deportiva. Damián avanzó hasta ella deteniéndose a medio metro de ella. —Debes perder el miedo — dijo con suavidad —, no va a matarte estaré contigo. Linav se derritió ante su voz, sin embargo... —Ni loca voy a saltar, ¡no lo haré! Tenía los nervios alterados, su corazón

