capitulo 5 "Un pequeño tesoro"

756 Palabras
Esa misma noche, en algún rincón del bosque que rodeaba Campo Roja, el viento cambió de golpe. Las luciérnagas, que danzaban entre los árboles, se apagaron por un instante, y el silencio descendió como un manto pesado, cargado de advertencia. Una vieja mujer se estremeció, sintiendo cómo el aire cortaba su piel como cuchillas invisibles. Se inclinó sobre su taza y miró el fondo oscuro del té; en las sombras, una visión fugaz la atravesó: una niña sollozando, un hombre con ojos vacíos que parecían absorber la luz, y un rastro de sangre derramándose sin fin. —Ha comenzado —susurró, con voz temblorosa—. La sangre de las antiguas se agita de nuevo… Clama por volver a fluir, por despertar el legado que aún vive. Dejó la taza sobre la mesa y apagó la vela. El bosque contuvo la respiración, como si también escuchara sus palabras. Y, lejos de allí, en la quietud de su alcoba, una niña llamada Camelia dormía sin saber que el destino ya había comenzado a tejer su red alrededor de ella. Un tormento desconocido aguardaba por ella, uno que ninguna alma debería soportar. Dentro de su sangre latía un secreto prohibido, el eco dormido de aquello que las Iya Nifa creyeron haber enterrado para siempre. --- El día siguiente transcurrió con la calma habitual. Había pasado tiempo desde que Camelia llegó al orfanato, y su vida allí se había vuelto un refugio de tranquilidad. Fue entonces cuando conoció a Marta, la nueva cuidadora, cuya bondad iluminó su rutina gris. Marta la trataba con paciencia, incluso cuando la sorprendía hablando sola; jamás la reprendía, y Camelia se sintió, por primera vez, comprendida. Cada mañana, Marta salía al mercado del pueblo, regresando un par de horas después. Se ocupaba de sus tareas y enseñaba a los niños a leer y escribir, un conocimiento raro entre los plebeyos, que casi desconocían la utilidad de un lápiz. Aun así, nadie se sorprendía demasiado. Jóvenes provenientes de la bulliciosa capital llegaban a estos pueblos tranquilos, comenzando de nuevo sus vidas mientras compartían saberes o trabajaban junto a los locales. —Bien, niños, eso es todo por hoy. Pueden salir a jugar o continuar con sus labores —dijo Marta, sonriendo tras una breve clase de lectura. Cada día, después del mediodía, Marta dedicaba una o dos horas a enseñar. Al concluir, los niños volvían a sus juegos o seguían practicando por su cuenta. Camelia, persistente y curiosa, pronto aprendió a escribir su nombre y leer algunas palabras sencillas. Conmovida por su esfuerzo, Marta le entregó un pequeño cuento ilustrado. Estaba gastado y ajado, pero para Camelia, que nunca había recibido un regalo así, se convirtió en un tesoro invaluable. ————— Esa tarde, después de recibir su pequeño tesoro, Camelia se sentó junto a la ventana de la habitación que compartía con otros niños de su edad. El sol entraba en rayos tibios, iluminando las páginas gastadas del cuento ilustrado. Cada dibujo, cada palabra, parecía susurrarle historias de mundos lejanos y secretos antiguos. La niña no podía evitar imaginar que algún día, quizá, viviría aventuras tan grandes como las que le contaba el libro. Mientras hojeaba las páginas con cuidado, Marta apareció en la puerta: —Camelia, es hora de la merienda —dijo con su sonrisa habitual—. —Sí, ya voy Marta —respondió la niña, guardando el libro con delicadeza. Bajaron juntas al patio, donde los demás niños jugaban o ayudaban con pequeñas tareas. El aire estaba lleno de risas, aromas de pan recién horneado y el sonido distante del río que cruzaba el pueblo. Camelia se sentía ligera, casi feliz, como si por un momento todo lo que había vivido en su corta vida hubiera sido un mal sueño. Sin embargo, mientras el sol comenzaba a descender, aquello que ignoraba en su inocencia infantil estaba pendiente de cada paso que daba. ———— Esa noche, mientras las luces del orfanato se apagaban una a una y los niños dormían, Camelia se acurrucó entre sus mantas. El cuento ilustrado descansaba sobre su mesita, abierto en la página de un castillo antiguo. La niña cerró los ojos, intentando recordar las palabras que había leído durante el día. Y aunque no entendía del todo lo que en el decia, sintió que algun día sería como la joven princesa del cuento que vivía feliz y rodeada de una familia. Sin saber que su historia, la suya y la de aquellos secretos que dormían en su sangre, apenas comenzaba.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR