Al día siguiente, al despertar, Camelia no sintió ganas de moverse de la cama.
El brazo le dolía, el vendaje le resultaba incómodo y el aire dentro de la habitación se sentía extraño, pesado, casi triste.
Un sentimiento ominoso se revolvía dentro de ella: quería gritar, enojarse, llorar… incluso destruir el libro y todo lo que la rodeaba.
Era un calor extraño que subía desde su pecho, mezclado con un cansancio que la hacía querer rendirse.
Pero ese impulso se desvanecía cada vez que recordaba lo ocurrido.
Dentro de ella, sin entenderlo del todo, estaba naciendo algo nuevo: el resentimiento.
No era contra alguien en particular, sino contra todo lo que le pasaba.
Se preguntaba por qué siempre terminaba sufriendo, por qué el dolor parecía seguirla a donde fuera.
Odiaba ese sentimiento, y al mismo tiempo, le entristecía tenerlo.
Mientras pensaba en eso, la voz de Marta la sacó de sus pensamientos.
—Hola, Lía —dijo con suavidad, entrando con una bandeja en las manos—. Me alegra que despertaras. ¿Cómo te sientes? ¿Tienes hambre? —preguntó con un tono entre nervioso y preocupado—. Seguro debes tenerla…
Camelia apartó la mirada hacia la ventana.
La luz de la mañana caía sobre su rostro, pero no la reconfortaba.
—Estoy bien… —respondió casi en un susurro.
Marta dejó la bandeja sobre la mesa, se sentó a su lado y la observó en silencio.
Sabía que no estaba bien, pero también entendía que no podía forzarla a hablar.
Marta suspiró con un dejo de impotencia y alisó con cuidado el cabello de la niña.
—No tienes por qué fingir que estás bien, Lía —dijo con ternura—. A veces duele más por dentro que por fuera…
Camelia no respondió. Sus ojos seguían fijos en un punto del techo, como si buscara una respuesta entre las sombras que bailaban con la luz de la ventana.
Marta se levantó al poco rato, dejándole un poco de pan y un vaso de leche.
—Descansa, mi niña. Cuando tengas fuerzas, ven al patio. Los demás te extrañan —murmuró antes de salir.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Solo se oía el leve golpeteo del viento en la madera y el crujir de la casa vieja.
Camelia giró lentamente la cabeza hacia el libro, que seguía sobre la mesita.
Lo observó con una mezcla de enojo y tristeza.
Durante un instante pensó en arrojarlo al suelo, romper sus páginas, hacerlo desaparecer… pero no pudo.
Algo dentro de ella —una voz muy tenue— le susurraba que no debía hacerlo.
—¿Por qué no puedo odiarte? —murmuró entre dientes.
Entonces, el aire se volvió frío.
Las cortinas se movieron apenas, aunque las ventanas estaban cerradas.
Camelia sintió que no estaba sola.
—Hola María… —susurró.
Y allí, en el rincón donde la luz del sol no llegaba, una silueta se formó poco a poco.
La figura translúcida de la niña apareció, con su misma sonrisa suave, aunque ahora sus ojos parecían más profundos, casi tristes.
—Te duele —dijo María con voz baja—. No solo el brazo… sino aquí —señaló el pecho de Camelia—. Donde los adultos no pueden ver.
Camelia la observó, con el corazón apretado.
No tenía miedo. María no la asustaba, pero su presencia la llenaba de una nostalgia que no sabía explicar.
—¿Por qué… me pasan cosas malas? —preguntó Camelia en voz quebrada—. Yo intento portarme bien, ayudar, no llorar tanto… pero igual duele.
María sonrió con dulzura.
—Porque ves más de lo que los demás pueden. Los que sienten mucho… cargan mucho también. Pero no estás sola, Camelia. Nunca lo estás.
—¿Tú también sentías eso? —preguntó la pequeña, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
María bajó la mirada.
—Sí. Hasta que dejé de sentir. —Su voz se volvió más tenue—. Pero tú aún puedes cambiar lo que vendrá.
Camelia no entendió del todo aquellas palabras, pero las sintió como un eco dentro del pecho, vibrando con algo que no era miedo ni tristeza… sino esperanza.
María dio un paso hacia atrás, su figura empezó a desvanecerse entre luces pálidas.
—Cuando la noche caiga —susurró antes de desaparecer—, escucha con el corazón. Ellos vendrán a ti.
El silencio regresó.
Camelia se quedó inmóvil, mirando el lugar donde María había estado.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió soledad.
Solo una calma extraña… y la certeza de que las cosas siempre pueden cambiar.