Tenía que hacerlo, era el momento. Si esperaba más, no lo haría. Pero ambos sabíamos que aquella conversación iba a romperle el corazón y eso lo hacía aún más difícil. Había tomado la decisión de dejarla libre, de alejarme, pero aquella era otra decisión cobarde y miserable más de todas las que había tomado sobre mí y aquella niña que me había robado el corazón. No me salían las palabras, pero no podía dejar de mirarla a los ojos, hasta que ella me dio un suave apretón en la mano.
- Desi… me gustas, me gustas demasiado – fue lo primero que pude decir. – Me gustas como mucho más que la amiga que eras para mí. Me di cuenta antes de dejar el instituto. Pero eras tan buena, tan tierna, tan dulce… Además, tú eras menor de edad…
- Aún lo soy – me interrumpió con una media sonrisa – aún quedan unos meses para que cumpla 18 años.
- No importa, princesa. – Yo también intenté sonreírle y acaricié suavemente su mejilla. – Te conocí siendo una niña y yo ya era un cabrón. Te vi crecer y ahí fue cuando me di cuenta de que me gustabas cada vez más. No solo físicamente, recuerdo cómo te ponías roja cuando te hablaba, recuerdo cómo te ponías nerviosa si tenías que hablarme tú a mí, recuerdo cuando venías a estudiar conmigo a casa en primero y como al curso siguiente fui incapaz de pedirte que siguieses viniendo. Ahí fue cuando me di cuenta de que si seguíamos así te enamorarías de mí. Tu corazón era tan puro y yo había vivido tantas cosas que tú todavía no… – tuve que tomar aire un par de veces antes de seguir hablando. – Después pasó lo que pasó en clase y me di cuenta de que no había estado para ti cuando más necesitabas un amigo. Le pedí a Borja que cuidase de ti en tercero. – Su reacción a aquello me hizo pensar que ella ya sospechaba algo. – Sabía que no lo necesitarías, pero tenía que asegurarme de que estuvieses bien y nadie te hiciese llorar. Y… el año pasado en mi cumpleaños la cagué. Llevábamos mucho tiempo sin vernos. Verte en el parque fue el mayor regalo que pude imaginarme, pero la cagué, metí la pata hasta el fondo...
- No sigas por favor… – me interrumpió y vi una lágrima resbalar por su mejilla, la limpié con mi dedo para que no ensuciase su cara.
- Déjame terminar por favor… – supliqué y ella asintió. – Sé que aquella noche había bebido de más, pero recuerdo perfectamente tus palabras, dijiste que yo no te dejaría ser la persona que tú querías ser para mí… En ese momento entendí todo el daño que yo te había hecho. Finalmente te enamoraste de mí, aunque yo intenté que no lo hicieses y te rompí el corazón. Necesitaba pedirte perdón y no sabía cómo hacerlo… llamé un par de veces a tu casa, pero María me dijo que no te iba a decir nada.
- ¿Qué? ¿Llamaste?
- Sólo dos veces… María me pidió que no volviese a llamar. – Me sentía avergonzado por aquello ¿y si hubiese insistido un poco más? – Supe que no me habías perdonado porque ni quiera respondías mis saludos cuando nos cruzábamos. Sé que no merecía tu perdón. Y entonces, hace unos meses volviste a saludarme, volviste a sonreírme… - y mientras hablaba, le sonreí con el recuerdo de ella bailando en el escenario de la discoteca mirándome y sonriendo. – Dios, me encanta tu sonrisa y me encanta verte bailar subida a ese escenario. Y… cada vez que te veo pienso que pudimos ser felices juntos, pero en vez de pedirte salir, la cagué y te hice daño en lo más bueno y puro que tienes, en tu corazón. – Volvió el nudo a mi garganta y se me escapó una lágrima sin darme cuenta, ella la atrapó como yo había atrapado la suya, y quise mantener ese contacto, así que sujeté su mano en mi mejilla un par de segundos antes de besarla en la palma. – Lo que necesito decirte es… que sé que debo alejarme, debo dejarte volar para que puedas ser feliz del todo.
- No… No… No… – ella negaba con la cabeza y sus lágrimas empezaban a salir de esos ojos tan bonitos que se habían nublado por mi culpa.
- No llores, Desi… princesa… – sostuve su cara con ambas manos limpiando todas sus lágrimas con mis pulgares. – En el ejército he encontrado mi sitio, Desi. Me encuentro muy a gusto trabajando allí, pero he pedido destino fuera de Madrid y me marcho en dos semanas. Así no nos veremos tanto y te dejaré espacio para que recuperes tu corazón y tu felicidad. Conviértete en la gran mujer que sé que puedes llegar a ser, ve a la universidad, termina tus estudios y persigue tus sueños. Sé que lo conseguirás.
Mis últimas palabras salieron entre lágrimas. Instintivamente nos abrazamos y los dos lloramos abrazados. Hacía mucho tiempo que no lloraba y mi pecho empezaba a doler por dentro, me faltaba el aire, pero no podía soltar nuestro abrazo, no podía dejarla ir tan pronto. María y Pablo se acercaron a nosotros y ella se agachó para hablar con Desi.
- ¿Me acompañas al aseo Desi? Creo que hay que retocar un poco ese maquillaje – dijo María intentando tranquilizar a su hermana.
- No… quiero quedarme aquí – susurró Desi.
- Yo también voy al aseo, pero después te esperaré aquí mismo. – Solté un poco mi abrazo, y besé su frente intentando tranquilizarla y a la vez recomponerme yo.
- No te vayas, por favor – me suplicó ella.
- Aquí estaré esperándote, princesa. – Limpié sus mejillas de nuevo.
María se llevó a Desi al aseo y después de un par de minutos seguí sus pasos dejando a Pablo esperándonos al lado de la mesa. Me refresqué la cara intentando recomponerme, aunque en el fondo, en aquel momento me daba igual quién me viese.
- Lo siento – le dije a Pablo cuando llegué a su lado, aunque apenas le conocía. – Quiero pensar que ella estará mejor sin mí, sin verme.
- ¿La quieres de verdad? – respondió él.
- He estado con muchas chicas, pero es la primera vez que siento esto…
- No es eso lo que te he preguntado… ¿La quieres? – me quedé pensativo ante tanta insistencia.
- La quiero – dije tajante – y quiero que ella sea feliz, pero conmigo no lo va a ser y por eso me voy.
- Cuidaremos de ella – dijo Pablo poniendo una mano sobre mi hombro como si quisiese consolarme. – Sé que ahora duele, pero con un poco de tiempo ella estará bien. – Y los dos nos quedamos en silencio hasta que llegaron las chicas.
- ¿Un último baile antes de irnos? – Dijo María con una leve sonrisa tendiéndole la mano a Pablo, él la tomó de la mano y juntos fueron hacia la pista de baile.
- ¿También quieres bailar? – le pregunté a Desi con muchas ganas de volver a tenerla entre mis brazos una última vez.
- Sólo si es contigo – respondió sonriendo, aunque con los ojos tristes.
Volvimos a entrelazar nuestros dedos y juntos caminamos hacia la pista de baile. Ella dejó que la guiase un par de canciones y después dejamos de seguir el ritmo de la música para bailar de nuevo abrazados, mirándonos a los ojos, como si sólo existiésemos nosotros dos. Quería besarla. La niña más bonita de mi vida. Le había roto el corazón, pero la quería demasiado. ¿Sería mucho pedirle un beso de despedida?
- Muero de ganas por besarte, Desi – susurré mientras me perdía una vez más en sus ojos verdes.
- Yo nunca… – agachó la mirada como cuando se ponía roja por la vergüenza.
- Eso no importa. Lo único que importa es si tú quieres.
Levantó sus brazos hasta mi cuello y volvió a mirarme a los ojos mientras se ponía de puntillas para juntar sus labios con los míos. No era el beso que yo quería darle, pero por su nerviosismo supe que era su primer beso, así que no haría nada más que sujetarla entre mis brazos para que ella siguiese sintiéndose cómoda. Fue un beso tierno, suave. No fue sólo un pico. Pude notar que aquel beso iba lleno de todo lo que ella sentía.
Ambos supimos que ese era el momento de la despedida. Nuestros labios se separaron cuando ella volvió a poner sus pies en el suelo, pero agaché un poco mi cabeza para apoyar mi frente en la suya. No quería decirle adiós y mi pecho volvía a doler. Ella cerró los ojos.
- Espero que haya sido suficiente para ti – susurró.
- Fue perfecto. – dije sin que ella abriese los ojos. – Siempre serás mi princesa, Desi.
- Y tú siempre serás mi amor.
Abrió sus ojos y me miró como si yo fuese su paisaje favorito. El nudo de mi pecho se apretó más y mis ojos volvían a llenarse de lágrimas, pero no iba a permitir que saliesen de nuevo delante de ella. Me acarició suavemente la cara y después se alejó con María hacia la salida mientras Pablo iba a buscar a sus amigas, seguramente se fuesen todos juntos.
Cuando vi a Pablo y a las amigas de Desi salir, seguí su camino hacia la puerta de la discoteca. Necesitaba salir de allí.
- ¡Checo! ¡Checo! – entre la música escuché que alguien me llamaba pero no me volví.
Alguien llegó a mi lado y me dio una palmada en la espalda.
- No tengo ganas de hablar – dije cuando me giré y vi que era Borja.
- ¿Estás bien? – preguntó él preocupado.
- Me voy a casa, no puedo seguir aquí.
- Me voy contigo, tío.
- No, Borja… necesito estar solo, otro día hablamos.
- Vale, tío, como quieras… pero si me necesitas, llámame.
Asentí con la cabeza y seguí caminando a la salida. Era casi verano y hacía muy buena temperatura en la calle. Encendí un cigarro mientras caminaba por la calle. La discoteca estaba a escasos diez minutos de mi casa, así que no tardé nada en llegar y aún llevaba los ojos llenos de lágrimas, sin permitir que una sola cayese.
El nudo que tenía en el pecho ni siquiera me dejó fumarme mi cigarro tranquilo antes de subir a casa y tuve que apagarlo tras un par de caladas. No era demasiado tarde, pero mamá seguía despierta. No dije nada y directamente me encerré en mi habitación.
En la soledad de mi dormitorio podría llorar y sacar de mi pecho todo ese dolor que sentía. Ni siquiera me cambié de ropa. Al principio me senté en la cama, pero resbalé mi cuerpo hasta sentarme en el suelo con la espalda apoyada en la cama, doblé las rodillas y apoyé mis brazos en ellas para poder esconder la cabeza ahí, intentando amortiguar el sonido de mi llanto, y fue entonces cuando me permití soltar todo aquello.
Nos enseñaban que los chicos no lloran, pero en aquel momento sentí que todo eso era una auténtica patraña. Sentía un dolor tan profundo en mi corazón y mi pecho, que era como si me estuviese rompiendo por dentro. No era un dolor físico, era más bien como si el mundo se estuviese abriendo a mis pies y sintiese que me caía en un profundo foso sin fin.
Tenía la vida que quería, la que yo mismo me estaba construyendo, pero no podía permitirme amar a la persona que amaba. Yo no era bueno para ella. Ella merecía alguien mejor. Y esa decisión me estaba matando. Le había hecho daño a ella, había roto, de nuevo, su dulce corazón, pero estaba rompiendo también el mío. ¿Se podía ser más cruel? Ella me odiaría toda la vida y yo no creía que nunca más pudiese sentir por alguien lo que sentía por ella.
Ya nada sería igual. Las visitas a Madrid no serían lo mismo, dudaba que volviese a encontrarme con ella alguna vez.
Mamá se sentó a mi lado y me abrazó dejando que llorase en su hombro. Ni siquiera la había escuchado tocar a la puerta o entrar, pero ahí estaba, y como un niño pequeño me dejé consolar por ella.
Pasé horas llorando en los brazos de mamá. No hablamos. Ella me acariciaba el pelo y de vez en cuando me daba algún beso en la frente mientras yo seguía llorando.
- Es ella, mamá. Sé que es ella. Siempre ha sido ella… - susurré en algún momento de la noche entre lágrimas.
- Lo sé mi vida, intenta calmarte y descansar… todo estará bien.
Y ahí nos quedamos los dos, en el suelo de la habitación. En algún momento dejé de llorar, aunque el pecho seguía doliendo.
- Checo, cariño… - susurró mamá. – Acuéstate e intenta dormir un poco. Ya es casi de día y necesitas dormir. Te ayudará a calmarte.
- Lo siento, mamá – dije aún entre sollozos. – No quería que te quedases en vela por mí.
- Para eso estamos las madres. Tú intenta descansar, yo estaré bien si tú estás bien.
Me dio un último beso en la frente antes de salir de la habitación. Me quité la ropa de la noche anterior y me metí en la cama. La imagen de Desi mirándome enamorada venía una y otra vez a la mi mente y varias veces me toqué los labios recordando su beso, pero en algún momento me venció el sueño.