Capítulo 4

1821 Palabras
Georgina  El calor era tanto, que estaba sudando como si hubiese corrido un maratón. Por dios, mi ropa se pegaba al cuerpo como si fuera Resistol y me provocaba tal sensación de incomodidad, que prefería ni siquiera moverme. Recostada en el sofá con la mirada perdida viendo hacia el suelo y con las extremidades colgando como si fuera un perezoso, seguro me veía patética. O peor, agonizante. Debía disfrutar cada segundo en soledad, pues era poco común encontrarte una sala común vacía. Por lo general siempre había seres charlando, jugando, coqueteando y haciendo cosas irritantes de seres irritantes. Santos elementos, si pudiera irme a algún lugar apartado de todos y de todo con la única compañía de mi hermana. Si es que ella no decidía casarse con algún ser que se encontrara a medio camino. Porque cómo le encantaba a esa niña vivir soñando con damiselas fuertes dispuestas a rescatar a cualquier ser que lo necesitara. Nos formamos en el mismo vientre, nacimos el mismo día y durante unos pocos años nos crio la misma persona. Era muy difícil entender por qué éramos tan diferentes. Empezando por nuestros elementos. Mientras yo poseía a la radiante y alegre luz, ella poseía a la bella y seductora oscuridad. Yo amaba la luz, no cambiaría mi elemento por nada, pero admitía que la oscuridad podía ser mucho más tranquila y pacífica, pues esconderse en las sombras te permitía tener tiempo para ti. Y bajo la luz, no había forma alguna de que alguien no te viera. Me di vuelta sobre el sillón, el roce de mi ropa haciendo un extraño sonido, una especie de rechinido. La buena noticia era que no había alguien presente que pudiera malinterpretar dicho sonido. Y entonces todo valió un comino cuando escuché una voz chillona y estrambótica acercarse. Por los siete elementos, habiendo tantos escondrijos, tantas salas comunes y tantas habitaciones, ¿Por qué tenía que encontrarme con la tonta chica de la realeza que adora escuchar su propia voz? Mi hermana, Brenda, podría estar tan enamorada de Vanesa que no le molestaba su irritante parloteo, pero al menos yo la veía como lo que era: Una aprendiz noble con talento por la que nadie en su sano juicio moriría. O eso esperaba. Suspiré audiblemente. Si me paraba en ese instante y corría a la salida podría evitar encontrarme con Vanesa quien seguro traía con ella a su amigo rubiales: Rogelio, su fiel compañero. Un imbécil con el que tuve un flechazo hace tiempo, pero que tuvo una relación con una chica que al final lo dejó cuando la mandaron a la guerra. Me levanté de un salto y vi la cabellera color chocolate. Fue demasiado tarde, ahora lo único que podía esperar era que no me vieran. Si permanecía recostada sin respirar fuertemente y lo más quieta posible tal vez pasaría desapercibida. —No puede ser que Ernesto todavía defienda a esa tonta —parloteó Vanesa—. Jazmín ya no está, ya no es más su responsabilidad. —Es difícil entender las motivaciones de la plebe —la voz pastosa y pausada de Rogelio por poco me hizo perder los estribos—. Suelen ser tan corrientes. Por suerte, mi bufido se confundió con el bufido de una tercera persona: Joel. Un chico de cabello castaño cortado casi al ras que solía seguir a Vanesa y a Rogelio en todas sus tonterías. Desde mi perspectiva, Joel era buena persona, tímido en exceso y con valores bien inculcados, solía pasar desapercibido. Así estuviera al lado, podría ser que no estuviera en absoluto. A mí me caía bien. —¿Algún problema, Joel? —replicó Vanesa indignada—. Si te aburro no tienes porqué quedarte aquí. Conocía lo suficiente a ese grupito como para saber que realmente Vanesa lamentaría si Joel se iba. Rogelio adoptó a Joel en algún momento hace cinco años y desde entonces eran inseparables. Vanesa lo veía más como un hermano pequeño al que debía defender. Pero eso no evitaba que los hermanos pelearan entre ellos. O que uno se burlara de otro. Desde mi perfecto escondite alcancé a ver la expresión apenada de Joel. El chico solía hablar con la verdad con sus amigos, pero no cuando Vanesa estaba visiblemente enojada. Perfecto, había llegado el momento de dejarse ver. Solté una risita burlona de esas que reservaba únicamente para la gente estúpida que hacía cosas verdaderamente estúpidas, en momentos totalmente estúpidos y me senté sobre el sillón. Eso, aunado a mi vestimenta negra, mis ojos perfectamente delineados con un grueso trazo n***o y mi cabello cayendo como una cascada sobre mi piel, me daba un aspecto de pocos amigos. Solo esperaba que el flequillo recién estrenado no me hiciera ver ridícula en esa pose. —A casi todos nos aburre tu irritante parloteo, querida —sonreí mientras me ponía de pie—. Tal vez a rubiales le interese, pero es porque son igual de insufribles. Dado que Vanesa y Rogelio me estaban mirando mientras me acercaba a paso lento hacia ellos, no notaron el saludo tímido de Joel. Solo alzó la mano y sonrió un poco, entonces apartó la mirada y se concentró en el piso. Nunca tuve algo en concreto en contra de Vanesa porque yo detestaba a casi todos por igual. No me importaba desagradar o caer mal o no decir la verdad con tal de convivir. Acá odiábamos la hipocresía y las falsas sonrisas. ¿Y de qué servía hacer mil amistades y llevarse bien con todos si al final nos iban a separar y la gran mayoría íbamos a vivir? Era mejor no tener lazos, pues al momento de la batalla solo sería ver por mí. Y por mi hermana. —Ah, Georgina —exclamó con una sonrisa excesivamente forzada—. ¿Qué tal? No te vi en el vestíbulo para recibir la noticia. Santos elementos, este castillo estaba repleto de gente adicta al chisme. Y no es que no me gustara escuchar las últimas noticias, pero de eso a volverse loco solo porque corrió un rumor de cualquier tontería había una gran diferencia. Sobre todo, porque la mayoría de los rumores se desmentían al final. —No fui —respondí tranquilamente—. Me temo que perder la cabeza por simples rumores es muy de la plebe. La expresión indignada de Vanesa y la mirada de reproche de Rogelio valieron cada paliza que Vanesa me había dado en los entrenamientos. Sí, ambas éramos de luz. Joel se cubrió la boca para disimular una sonrisa. Vamos, yo era de la plebe, Joel era de la plebe, incluso Rogelio mismo era de la plebe. Podrían ser muy amigos y todo, pero eso no lo convertía en un heredero de alguna tierra perdida por ahí. Entendía que Vanesa le había prometido hacerlo con algún título de poca importancia cuando ella subiera al poder, pero para eso faltaba. Primero debía graduarse como guerrera y después tendría que esperar a que su abuela, su madre y su padre murieran. —Interesarse en información valiosa es perfectamente comprensible en tiempos de guerra —Rogelio aportó tontamente—. Hay que saber hasta las últimas noticias. Resoplé burlonamente, Vanesa se cruzó de brazos. —Hay una gran diferencia entre noticia y chisme de pasillo. Rogelio jamás se atrevería a discutir abiertamente con alguien a quien Vanesa “respetaba”. Yo sabía que no me respetaba exactamente, éramos compañeras de elemento debido a nuestro elemento, solíamos vernos en pasillos y debido al capricho de mi hermana llegamos a comer juntos varias veces. No se enemistaba conmigo porque veía en mi a una futura guerrera decente. Y todos queríamos un guerrero decente como aliado cuando estuviéramos sirviendo en el otro lado. —Ya, sí —Vanesa sonrío fríamente—. Cada quién tendrá su punto de vista —miró a Rogelio cómo dándole a entender que cediera—. Pero dime, ¿no está Brenda por aquí? —¿Por qué tanto interés? —cuestioné fingiendo inocencia—. Me harás pensar que te gusta o algo así. La sonrisa se borró de los labios de Vanesa tan rápido como si tuviera una liga en la boca. —Era simple cordialidad. Durante unos segundos nos quedamos mirando sin decir palabra, ella se mordía el interior de la mejilla con tal fuerza que creí que vería la sangre correr por la comisura de su boca en cualquier momento. Y entonces sentí la insensata necesidad de hacerla enojar. —Siendo sinceras, ¿tú qué sabes de cordialidad…? Un grito alegre atravesó el lugar y Brenda se acercó caminando con gracia hacia mí. Me tomó del brazo mientras me separaba unos pasos de los otros chicos. —Así que todo este tiempo estuvieron aquí —Brenda sonrió a los otros—. Y yo preocupada porque no encontraba a nadie. Brenda era todo lo opuesto a mí. Una chica tan optimista, alegre, sociable y resplandeciente. Mientras que a todos les gustaba estar cerca de ella, les desagradaba estar en la misma habitación que yo. Y es que no podía culparlos. Era una persona difícil de tratar. El cabello corto de mi hermana rebotó sobre su cuello cuando brincó hacia adelante, justo en medio de todos. Vanesa tenía un extraño brillo en su mirada. Uno que ya sabía reconocer. No estaba segura de que tuviera algún tipo de enamoramiento con mi hermana, pero de que le atraía, lo hacía. —Me gustaría aportar que podrías decirle a tu hermana que sea un poco más agradable. Oh, claro que sí, rubiales pendejo. A mí me habría gustado aportar que debería dejar de ser un imbécil. —Oh, pero si cada quién es como es —mi hermana restó importancia con un movimiento de su mano—. ¿Pero sabes qué sí me gustaría aportar? Un delicioso bocadillo de moras. Vi que estaban dando para un aperitivo. Opino que vayamos por uno. Joel, por primera vez en lo que iba de la charla, hizo su aportación. —Yo también quiero uno. Vanesa solo sonrió animada y tomó a mi hermana del brazo, más que dispuesta a cumplir su deseo. Rogelio solo se encogió de hombros y rodó los ojos, pero al final salió tras ellas. Joel y yo intercambiamos una mirada, ambos sin saber realmente qué había sido todo aquel numerito. —Eso salió mejor de lo que creí. —No son malos —expresó dubitativo—. Es solo que no saben bien cómo tratar con los demás. Pero te prometo que vale la pena convivir con ellos. Me encogí de hombros, la verdad no estaba en mis planes hacer muchos amigos. Pero algo en el chico me dio tanta ternura que solo asentí, derrotada. Solo esperaba que la extraña relación entre mi hermana y Vanesa no se convirtiera en algo más porque si debía soportarla por más tiempo del que estuviéramos como aprendices; sería complicado, muy complicado.
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