Los días pasaron envueltos en una rutina fingida. Lea y Braulio seguían viéndose en secreto, cuidando cada movimiento, cada palabra, cada pretexto. Ambos sabían que Pablo y Laura estaban más atentos que nunca. Cada vez que inventaban una excusa para ausentarse, notaban la mirada de duda, el gesto que dejaba en evidencia que ya no resultaba tan creíble. Lea no podía evitar sentirse atrapada en esa dinámica. Por momentos, deseaba que todo se detuviera, que no tuviera que vivir con la angustia de ser descubierta, pero al mismo tiempo, el deseo por Braulio seguía ardiendo en su interior. Fue en uno de sus encuentros en el pequeño departamento que rentaban en secreto cuando Lea, sentada en la cama con las piernas cruzadas, le contó a Braulio la noticia: —Pablo me quiere llevar a Seúl —dijo,

