Viernes de Fuego

1694 Palabras
Capítulo 3 – Viernes de fuego (Primera parte: Eli y Samuel) Antes de que llegara el viernes, aún tenía una deuda con Samuel. Y aunque lo odiaba un poco por lo que pasó en el hotel, debía cumplir mi parte del trato. Así que me enfoqué en Eli. Eli era de esas mujeres que parecía flotar en la oficina. Silenciosa, prudente, buena compañera, pero sin destacar demasiado. Tenía el cabello castaño claro, lacio, siempre amarrado. Su ropa era discreta, casi sin maquillaje. Pero tenía unos ojos enormes, color miel, que delataban que por dentro había mucho más. —¿Te pasa algo, Eli? Te noto con la cabeza en otro lado —le pregunté casualmente mientras organizábamos unas carpetas. —No, nada… cosas personales. —Evitó mirarme. —¿Tu esposo? —aventuré con cuidado. Suspiró. —Estamos distantes. Peleamos por todo últimamente. Llego a casa y es como si no existiera. Creo que él… ya ni me desea. A veces pienso que yo tampoco a él. —Eli… tú eres preciosa. —le dije sonriendo— Solo que llevas tanto tiempo apagada que no te das cuenta. Ella se sorprendió por el comentario, pero no lo rechazó. Sonrió con la mirada triste. —Gracias… no me siento así últimamente. Esperé el momento justo. —¿Y Samuel? —le dije con voz ligera. —¿Samuel? —preguntó, fingiendo sorpresa. —Sí, el de logística. Siempre te busca para comer, ¿no? Se te ve cómoda con él. Ella bajó la mirada, como quien oculta algo evidente. —Es muy divertido… es espontáneo, me hace reír. No sé cómo lo hace, pero cuando estoy con él me olvido de todo. —Eso, amiga, se llama alivio. Y no es algo que se encuentra fácilmente. Él me ha dicho que le caes muy bien, ¿sabías? —¿En serio? No pensé que fuera tan evidente… —Eli… tú también le gustas. Su rostro se ruborizó. —No digas eso. —¿Por qué no? No estás haciendo nada malo. Una comida, una charla… a veces, eso es justo lo que necesitamos. Solo alguien que nos vea. Ella no dijo nada, pero el brillo en sus ojos hablaba por sí solo. Ya estaba sembrada la semilla. Esa tarde, al salir de la oficina, le escribí a Samuel: LEA: Listo. El trabajo empezó. Eli no es de piedra. Hoy se le escapó una sonrisa cuando le hablé de ti. SAMUEL: ¿Neta? No inventes, me tienes sonriendo como idiota. LEA: Ya cumplí. Ahora te toca a ti: llévale un café mañana. Algo simple, pero significativo. Sé espléndido. Mujeres como ella lo notan todo. SAMUEL: Hecho. Me lanzo con mi mejor sonrisa… ¿y si se deja? LEA: Te dije que yo te iba a ayudar… pero no la cagues. No todas aguantamos una noche mediocre y te buscamos después, ¿eh? SAMUEL: Auch. Ya supérame, Lea. Jajaja. LEA: Suerte. Hazlo bien. Yo quiero que ella también tenga un viernes de fuego. Apagué el celular. Me recosté en la cama. Sonreí. Un juego encendía otro. Un deseo abría la puerta a otro más profundo. Y aún faltaba lo más importante: Pablo. Jueves, 8:03 AM —¿Bueno? —respondí con la voz algo ronca. —Buenos días, señorita Lea… —dijo su voz grave, pausada— Solo llamaba para desearle un gran día… como siempre. Ese "como siempre" se sentía como una caricia. Desde hacía días, Pablo me llamaba cada mañana a las 8. Decía que solo quería que comenzara mi día con una sonrisa. No era romántico en sus palabras, pero sí en sus gestos. Era discreto, firme… pero se le escapaban los detalles que lo delataban. —Gracias, señor Pablo. Usted también tenga un buen día. —Lea, por favor… no me diga “señor”. Me hace sentir viejo. Diga Pablo, nada más. —¿Y si me gusta decirle señor? —le contesté bajito, mordiendo el borde de mi labio. Del otro lado hubo un silencio denso. Sentí que sonreía. —Usted es una niña, Lea. Tan joven, tan viva. Yo soy otra cosa. Estoy en otra etapa de la vida… —¿Y por eso cree que no puedo desearlo? ¿Que no puedo admirarlo? Usted no me mira como los demás… y eso me hace querer que me vea más. Suspiró. Su voz bajó una octava. —No quiero engañarla, Lea. No voy a dejar mi vida… ni a mi familia. Pero no puedo dejar de pensar en usted. Esa frase me tembló por el cuerpo como una corriente eléctrica. —Lo sé —respondí suavemente—. No le estoy pidiendo que deje nada. Solo… que no deje de llamarme. Que no deje de desearme. —Mañana quiero verla. Solo para conversar. A las 4. En Plaza Jazmines, ¿la conoce? —Sí. Yo estaré ahí. ¿Cómo sabré que es usted? —Voy a llegar antes. Usted solo camine… yo la voy a estar esperando. --- Viernes, 2:00 PM La oficina olía a nervios. Y perfume. Yo había llegado temprano y me tomé mi tiempo en el baño. Me maquillé suave pero marcada: delineado profundo, labios rojos, rímel en exceso. Me puse unos jeans oscuros que moldeaban cada curva, una blusa blanca entallada con escote apenas sugerente, y un saco beige claro que me hacía ver más formal… pero no menos provocativa. Me recogí el cabello en una cola alta. Zapatos de tacón negros. Pulsera dorada. Me miré al espejo. Me vi poderosa. Sexy. Dispuesta. Mientras ordenaba unos documentos en mi escritorio, los vi a lo lejos. Samuel y Eli. Ella reía. Él se inclinaba hacia ella con ese aire de payaso encantador. Le ofreció algo en un vasito de cartón. Café. Ella lo aceptó y agradeció con una sonrisa tímida. Sus manos se rozaron, pero ninguno se quitó. “Perfecto”, pensé. El pacto seguía su curso. Me levanté del escritorio, tomé mi bolso y escribí: LEA: Voy saliendo. Estoy nerviosa. PABLO: Camina. No corras. Yo ya estoy aquí. Guardé el celular, tomé aire, y salí rumbo a lo que sería… mi viernes de fuego. 4:06 PM – Plaza Jazmines Allí estaba. De pie, con una camisa blanca arremangada, lentes oscuros y esa aura suya… sobria, varonil, distante. El reloj de acero brillaba bajo el sol tenue. Su expresión era neutra, pero sus ojos, tras los cristales, me quemaban la piel. Me acerqué despacio, marcando cada paso con mis tacones. El viento me movía la cola de caballo, y él bajó lentamente los lentes cuando me vio. —Llegaste —dijo sin sonreír, pero su voz tenía una emoción contenida. —Claro. Nunca llego tarde cuando algo me importa. Pablo asintió. Me abrió la puerta de su carro sin decir más. Subimos y manejó un par de calles hasta un pequeño lugar de sushi. Durante la comida no dijo mucho. Miraba sus palillos, masticaba lento, tomaba té con gesto inquieto. Hasta que, de pronto, lo soltó. —Lea… no amo a mi esposa. Lo miré fija. Su voz era grave, lenta, sincera. —Yo… tengo un amor que no se me ha ido del alma. Se llama Verónica. Es la madre de mis dos hijos mayores. —¿Y… qué pasó con ella? —pregunté, aunque ya sentía que lo sabía. —Fue mi primer todo. La conocí a los 17. Fui papá a los 18. Nos casamos por obligación, y yo estaba loco por ella. Pero me fue infiel. La caché en la cama con otro. Ese día me volví mierda. Su mirada se perdía en los cubiertos. Sus dedos jugaban con una servilleta. —Me refugié en el alcohol. Dormía en la calle. Perdí todo. Hasta que conocí a Belén. Ella… me levantó. Me ayudó a recuperar mi trabajo, mi dignidad. Me enseñó a ser hombre otra vez. —¿Y por eso estás con ella? —Por gratitud, sí. Pero no por amor. Es buena. Me dio otra familia… pero nunca me curó. Tragué saliva. No sabía si sentirme conmovida o pequeña. —No vine a hacerte sentir mal, Pablo. Solo quería… compartir algo contigo. No pedí que dejaras tu vida. Solo quería saber si en ella había lugar, aunque sea a ratitos… para mí. Pagó la cuenta. No hubo caricias ni besos aún. Pero su mirada me hablaba como nunca. Subimos al carro. El ambiente era más denso que antes. Mientras manejaba, se quedó callado varios minutos. Luego, frenó en seco a la orilla de una calle desierta. —No quiero que te ilusiones. No voy a dejar mi vida, Lea. No puedo. Me giré hacia él. Apoyé la mano en su muslo con firmeza. —No te estoy pidiendo eso, Pablo. Solo… que cuando puedas, seas mío. Mis labios se acercaron a los suyos. Rozamos apenas. Luego lo besé. Él me tomó la cara con fuerza. Me besó de vuelta. Lento al principio. Luego me mordió el labio. Me apretó contra su pecho. Mis pezones se endurecieron bajo mi blusa. Mi entrepierna palpitaba. Me mojaba tan rico con cada movimiento de su lengua… Su mano bajó por mi muslo. Yo jadeaba entre besos. Mis piernas se abrieron apenas. Su dedo acarició la tela de mi pantalón… justo ahí. Me estremecí. —Pablo… —susurré— Me haces sentir tan viva… De pronto, su celular vibró. El nombre en pantalla: BELÉN. —Mierda —murmuró. Atendió. —¿Por qué no llegaste a la terapia? ¡Te estoy esperando desde hace una hora! —la voz de ella era aguda, molesta, herida. —Se me pasó, Belén. Ya voy para allá —respondió seco, tenso. Cortó. Sus ojos ya no estaban en mí. El deseo se apagaba. —Tengo que irme. Lo siento. No dije nada. Me alisé la blusa y miré por la ventana mientras él me dejaba unas calles antes de mi casa. —¿Estás bien? —preguntó sin mirarme. —No. Pero ya me acostumbré a no estarlo —le dije bajito. Se fue sin decir adiós. Su carro desapareció en la avenida. Y yo… me quedé con el cuerpo ardiendo y el alma hecha un nudo.
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