A fuego Lento

678 Palabras
Capítulo 4 – A fuego lento La tarde del lunes, Pablo me pidió hablar a solas, lejos de la oficina, en la bodega donde nadie entraba. Su voz ya no tenía ese tono seguro de siempre. Esa vez, habló bajito. Como un hombre que ya no se escondía de mí, sino de sí mismo. —Estoy en terapia de pareja, sí —confesó mirando al suelo—. No por voluntad propia, al principio. Belén me encontró mensajes con Verónica. Mensajes recientes. Su nombre me sonó familiar. Ya lo había mencionado aquella vez que salimos por sushi. Su primer amor. La madre de sus dos hijos grandes. La mujer que lo había engañado pero que, de algún modo, él nunca dejó de amar. —Belén se volvió mi salvación cuando yo era un borracho sin dirección —continuó—. Me ayudó a levantarme, a volver a trabajar, a recuperarme. Pero... no puedo mentirte, Lea. Yo seguía viendo a Verónica, cada tanto. Un café. Una charla. A veces algo más. Me miró con ojos vidriosos. No lloraba, pero casi. —No estoy orgulloso. Pero así soy. Por eso me freno contigo. Porque si tú entras a mi vida… sé que no podré sacarte. Mi corazón golpeaba el pecho como un tambor roto. Me daban ganas de decirle que dejara todo, que se quedara conmigo. Pero no dije nada. Aún no. Solo lo miré. Y él me besó la mano. Más tarde, mientras intentaba trabajar, vi por la ventana a Eli y Samuel caminando por la banqueta de la tienda de tres cuadras arriba. Caminaban tan cerca, que sus hombros se tocaban. Y de pronto, pasó: un beso. Corto, pero real. Eli le tomó la cara y Samuel se inclinó a besarla con una ternura que no le conocía. Me quedé en shock. Ella se había quejado tantas veces de su matrimonio. De su tristeza. De la soledad que sentía. Quizá, pensándolo bien… Samuel fue su respiro. El que la escuchó, como nadie lo había hecho. Pero también fue una bofetada. Porque yo no podía besar a Pablo en público. Yo no podía ni tocarle la mano sin que alguien pudiera destruirnos. Esa noche, llamé a Michael. Otra vez. No sabía a quién más contarle todo lo que hervía dentro de mí. —¿Y ahora qué hizo el señor casado? —respondió con ese tono entre risa sarcástica y enojo contenido. —Nada… o todo. Me confesó que sigue enamorado de su ex, y que su esposa lo salvó de la mierda, pero que igual me desea —dije, conteniendo las ganas de llorar. —Qué joyita —bufó—. ¿Y tú sigues ahí? ¿Qué esperas? ¿Que te prometa el cielo desde la tierra de su esposa? —¡No me sermonees! Solo te estoy contando —le dije, molesta. —Te digo lo que nadie te dice —replicó él—. Te quiero, Lea. Y me da rabia verte así. Conformándote con las sobras de alguien. Su voz se quebró un poco, y de repente recordé algo: cuando éramos adolescentes, todos decían que íbamos a terminar juntos. En las fiestas, en los parques, en los pasillos de la prepa. Todos nos veían con esos ojos. Pero yo me obligué a borrarlo. Porque una vez, cuando tenía quince, le pregunté a Michael si alguna vez se había sentido atraído por mí. —La neta, tu hermana me gusta más —me dijo sin filtro. Desde entonces, maté cualquier ilusión. Me tragué mi enamoramiento y lo convertí en hermandad. Pero a veces… como ahora… cuando escucho su voz bajita, molesta, protectora… siento que quizá, en otra vida, él hubiera sido el hombre correcto. —Mira, Lea —me dijo—. Yo no soy perfecto, pero jamás te usaría. Y si algún día ese tipo te rompe… te espero aquí, con una chela y mi brazo listo para abrazarte. —Tú y yo solo somos cicatrices compartidas, Michael. Nada más —le respondí en voz baja. Pero no sé si me creí esas palabras.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR