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2201 Palabras
Noa siempre había sido la hija favorita de mis padres, aunque fuera la melliza de Izan, siempre había sido la hija del ejemplo, la hija que se quedaba a cargo de sus hermanos, la hija con buenas calificaciones, la hija de papá, la hija de mamá, la favorita de todos... Noa en pocas palabras era perfecta. Todos me comparaban o insistían para que fuera mejor que ella, pero yo nunca sería como ella, yo era muy diferente a ella. Al igual que Izan, yo era la oveja negra de la familia. Por eso había preferido que se mudara a Suecia y me dejaran respirar un poco en España, que me hostigaran con ella, pero como siempre, la extrañaba, porque a pesar de todo ella sabía la mayoría de mis cosas, ella me escuchaba. Izan a lado mío se encontraba moviendo sus piernas con desespero, estaba nervioso mientras que yo me encontraba de lo más tranquilo, a lado mío se encontraba Sofía, se supone que iríamos a algún lugar antes de venir, pero, afortunadamente, las cosas habían cambiado. En los altavoces del aeropuerto se confirmó la llegada del avión de Noa. ¡Por fin! Izan se puso rápidamente de pie, mientras que yo esperaba a una distancia prudente con Sofia a mi lado. Su cabello rubio como el de mi madre destacó entre toda la multitud, Izan corrió hacia ella atrapándola entre sus brazos y estrechándola, ella gustosa lo abrazó. Intercambiaron unas cuantas palabras mientras caminaban hacia mí. —¡Alexander!—Noa extendió sus brazos para que la abrazara y así fue—, ya estás muy grande—nos sacudía de un lado a otro. —Oye, no tenemos que hacer el ridículo en medio del aeropuerto—me alejo, mientras rodeaba los ojos y fijándose en Sofía—, ella es Sofia Sanz, hermana de Alicia. —La conozco—le sonríe—. ¿Cómo has estado? La última vez que te vi, tenías trece años. —Muy bien, Noa, espero y el vuelo no fuera tan pesado—le contestó. ¿Qué mierda? Sin embargo, sin entender nada, no proteste ni dije nada, más tarde le podría preguntar a Noa estando solos. Izan condujo hacia la casa, mientras que Noa y Sofia iban hablando, no puse mucha atención, prefería escuchar música. Detallaba a mi hermana, los ojos azules, su cabello rubio y la gran sonrisa que siempre tenía eran como cosas que siempre me llenaban de confianza, era la única de la familia que le contaba de mis cosas, aunque también se las contaba a Izan, pero él era un poco cotilla con mamá. De pequeño siempre quise ser como ella, igual de estudiosa y ser el orgullo de mis padres, porque, aunque no lo quisiera admitir, siempre he querido saber que se siente ser el ejemplo de alguien. Porque Noa era mi ejemplo, Izan también, pero para no ser tan estúpido como él. Paramos en la casa de Sofía, la cual se despide de todos he indicándome que nos viéramos más tarde para continuar con el trabajo de geografía. Bufo. Sin tantos rodeos le pregunto a Noa: —¿Desde cuándo la conoces?— ella suelta una sonrisa al igual que Izan, entrecerré mis ojos. No entendía ni una mierda—.  ¿Qué es tan gracioso? —Me queda claro que nunca te das cuentas en los detalles—habla Izan mientras estacionaba el auto en la cochera.  —Sofía Sanz, vive en España desde los once años, Alexander, fue nuestra vecina hasta los catorce—explica Noa. —¿Cómo qué fue nuestra vecina? ¿y por qué nunca me di cuenta? —Por qué siempre vives en tu maldito mundo— cierra la puerta cuando baja—, y mueve tu enorme trasero, tengo hambre. Ayudo a Izan a bajar las maletas de Noa, mientras ella saluda a mis padres. —¿Por qué nunca me di cuenta los Sanz—cuestioné a mi hermano. —Era cuando tenías asma—se encoje de hombros—. Casi no te gustaba salir de casa, solo salías al porche. Asentí, por qué tenía razón. Entre los trece y catorce años llegué a tener asma, no era muy sociable— sigo sin serlo— y solo me conformaba con Pau y Hugo como amigos. —Que Oliver no se entere que llegó Noa, eh—me advierte Izan mientras cerraba el maletero y arrastraba la última maleta de Noa—. Y no le hables de Iker. —Me preguntará de Iker y eso lo sabes. ¡Aún no lo supera! —Así como tú no superas a Alicia. —Y así como tú no superas a Carolina. — Mamá dijo que ya no hablaras de ella—bufa. —¿Vas a llorar bebé o me irás acusar con mamá? —Jódete, Alexander. Era divertido poder molestar a mis hermanos con sus ex's, lo divertido no era cuando ellos mencionaban a los tuyos. Oliver había tenido un pequeño romance con Noa antes de que se fuera a Suecia, si, Noa era tres años mayor que nosotros y aun así no le importó, él se enamoró profundamente de mi hermana, pero a Noa no le interesaba para nada Oliver, le interesaba Iker, Iker Sanz, sí, algo teníamos los Gil con los Sanz. Pero Iker no estaba interesado de Noa, él estaba interesado en Dasha. Y fue ahí cuando nació: El club de los corazones rotos. Estaba conformado por vario chicos, chicos de los cuales ya no tengo mucho contacto. En el grupo estaban: Hugo, Pau, Alicia, Oliver, Noa, Iker, Dasha, Lewis, Catalina, Izan, Carolina y yo. De algunos nunca se supo por qué estaban ahí, algunos solo mantenían el secreto. Noa, Iker, Dasha, Lewis, Catalina, Izan y Craolina eran los mayores, eran los que se habían criado todos juntos, nuestras madres se conocían, éramos un vecindario muy pequeño. Aunque poco a poco nos fuimos separando. La mayoría de los mayores habían decidido estudiar fuera del país, mientras que los más pequeños nos habíamos separado poco a poco. Recargo todo mi peso en el marco de la puerta mientras observo a Noa acomodar sus cosas, Ed Maverick sonaba en su bocina y tarareaba la canción "Del Rio" era un gusto en común que ella y yo compartíamos. Ella me había enseñado la buena música, mientras que Izan me había ayudado con los deportes, Noa me había enseñado la lectura e Izan me enseñó los videojuegos, Noa me enseñó a cocinar a los quince mientras que Izan me había enseñado a preparar los cocteles, Noa me había enseñado a respetar a una mujer e Izan me enseñó a enamorarlas—sus consejos jamás me ayudaron—. Personas demasiados diferentes. —¿Vienes por un consejo?—Noa se pone de pie mientras pausa la canción. —Oh, vamos, no la quites, es una buena canción— suelta una pequeña risa y se deja caer en su cama, yo hago lo mismo—. ¿te follaste a algún sueco? Su carcajada inunda toda la habitación. —No, no, no me he follado a ningún sueco—se sonroja. —¿Estás bromeando? Vamos, Noa, he escuchado que la tienen grande los suecos. —¿Y tú no la tienes grande? —Me mide...  —Cállate, no quiero saber. —Se supone que ya te tuviste que haberte follado a veinte por lo menos—resoplo. —¿Y tú para que quieres que me folle a veinte? —Para que sientas lo que se siente que te follen otros. —Ay, ya, cállate—demanda—. Mejor cuéntame ¿Qué pasa con Sofía? —¿Qué pasa de qué? ¿Debe de pasar algo con ella? —¿No pasa nada entre ustedes?—niego con la cabeza—. ¿Y el club de los corazones rotos? —Hugo molestando como siempre, Pau pues también, Alicia está con Oliver— suelto un suspiro—. Dasha se fue a Francia, Lewis, Lewis está en Italia, Catalina sigue viviendo a dos cuadras que la nuestra y Carolina está en Rusia, viviendo con su abuela... y ya. —¿Y ya? ¿No te falta uno? —Nop. —¿Seguro, Alexander? —Más que seguro. — Ik...  — Ah, Izan me va a matar, pero valdrá la pena—suspiro con cansancio—. Iker, pues de él, no se sabe mucho, solo que está en Portugal. —Gracias—acaricia mi cabello y cierro automáticamente los ojos—, no des ilusiones en donde no hay nada de sentimientos, Alexander—me regaña.  Frunzo mi ceño.  —No sé de qué hablas. —¿No has visto cómo te observa Sofía? —No. —¿Has visto cómo observa Izan a Carolina o como yo observo a Iker?—asiento—, así es como te observa ella. —No exageres, Noa. — No estoy exagerando, solamente no lleves a un ángel a tu infierno, sabemos cómo eres y sé cómo es ella. —Yo no voy a llevar a nadie a mi infierno por qué creo que el amor apesta. —Aún no superas a Alicia—acusa. —No puedo superar a alguien de la noche a la mañana. —Nadie puede superar a otra persona de la noche a la mañana. —¿Pero por qué ella está con Oliver? —Por qué jamás te quiso, Alexander. Sus palabras son como un balde de agua fría, pero las verdades duelen, quiera o no, mamá siempre me lo ha dicho. Pero esto era una mierda, porque yo no quería estar con un corazón roto. —Vendrán mejores personas, solo supera, sana la herida y supérala. —Nunca llevas a acabo tus consejos—la acuso. —No cometas los mismos errores que yo —toca mi nariz—, por algo se inventó el club de los corazones rotos. —Ya casi no somos unidos. —Se viene verano... —Por cierto, ¿por qué estás tan rápido ya de vacaciones? —Adelanté algunos exámenes y trabajos. Y así fue como pasé toda mi tarde con Noa: acostados en la cama, mientras escuchábamos nuestras bandas o artistas favoritos, comiendo frituras y viendo una que otra película. Mi teléfono vibra en mi regazo, Noa observa de reojo mientras yo observo el mensaje. Era uno de Sofia, en donde explicaba que no nos podíamos ver por qué iría el aeropuerto a recoger a Iker. Mierda, Iker llegaba a España. Mierda, Noa lo vería. —¿Todo bien?—cuestiona mi hermana mientras alza sus cejas y trata de ver el teléfono que está entre mis manos. Pongo mi mano en su cara y la empujo—.  ¡oye! —Tengo que ir con Izan— me bajo de su cama y camino hacia la puerta. —¿No puedes platicarmelo a mí? —Nou. Camino hacia la alcoba de mi hermano, la cuál estaba inundada por una nube toxica de nicotina. Mamá y papá lo matarían. Yo odiaba la nicotina. Estaba en el balcón, su cabello húmedo —al parecer se había bañado—y el torso descubierto. —¡Izan! —lo llamo al darme cuenta de que no notaba mi existencia, él gira sobre su eje para observarme—, mamá y papá te matarán. —A la mierda con nuestros padres— estaba borracho y lo confirmo cuando observo hacia una esquina de su habitación y veo botellas de vodka allí. —¡No puedes estar borracho en estos momentos!— le digo a lo que él solo se encogió de hombros, quitándole importancia al asunto, no podía quitarle importancia a esto—. ¡Iker volvió!—grito. —Ya lo sé—se empina la botella de vodka que tiene en su mano—. De hecho, armé una reunión de todos los que estaban en el club de los corazones rotos. —¡¿Qué mierda has hecho Izan?! ¡¿Ya pensaste en Noa?! —Carolina también volvió. Oh santa mierda. Y empezó a llorar como un niño pequeño. Sollozaba y sus hombros se movían, se deja caer en el suelo y la botella de vodka cae, rompiéndose en mil pedazos, provocando un estruendo por toda la casa. Y me hubiera gustado que eso solo fuera lo peor. Pero no. Noa abre la puerta, espantada, observa a Izan y frunce su ceño. —¿Qué mierda, Izan? —Déjame solo, Noa. — Ni una mierda. Y eso no fue lo peor, lo peor fue cuando mamá y papá entraron. —¿Qué carajos?— murmuró mi padre. —Soy inocente—pronuncio alzando las manos en son de paz. —Noa, Alexander, ¡a su habitación! ¡ahora!—demanda mamá mientras caminaba hacia donde estaba Izan y el terror de mi hermano era evidente en sus ojos. Sin protestar, salí de la habitación para encerrarme en la mía, pero la mano de Noa rodea mi brazo. —Sé que Iker ya volvió y que el sábado no reuniremos todos de nuevo—tragué en seco—. El club de los corazones rotos volvió, hermanito.
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