Cinco años después.
El zumbido de un ventilador viejo era el único sonido que llenaba el pequeño apartamento del cuarto piso. El aire era denso, cargado con el olor a asfalto caliente que subía de las calles y el aroma metálico de los medicamentos apilados sobre la mesa de la cocina. Lucía se detuvo en el umbral de la habitación, observando la silueta de su hijo bajo la sábana gastada.
Leo tenía cinco años, pero en sus ojos residía una sabiduría prematura que a veces a Lucía le costaba sostener. Era un niño de una belleza casi irreal, con el cabello oscuro y denso y esa mirada gris acero que, en las noches de insomnio, le recordaba a Lucía el rostro del hombre que le había prometido no creer en las coincidencias.
Pero Leo estaba pálido. Demasiado pálido.
—Mamá —susurró el niño, incorporándose con esfuerzo—. ¿Has conseguido el jarabe nuevo?
Lucía forzó una sonrisa, esa máscara que había perfeccionado durante la última media década. Se acercó y le acarició la frente; estaba fría, a pesar del calor sofocante del apartamento.
—Pronto, mi vida. El doctor dice que la próxima semana empezaremos con el tratamiento reforzado. Solo tengo que... cerrar unos asuntos en la oficina.
Mintió. Mentía cada día. El "asunto en la oficina" no era una audiencia en los juzgados, sino la cuenta de ahorros que marcaba números rojos y la enfermedad genética de Leo —una condición hematológica rara que requería transfusiones y medicación de alto coste— que devoraba cada centavo que ella lograba arañar.
Lucía caminó hacia la sala y abrió su vieja carpeta de cuero, el único resto de su vida anterior. Dentro, su título de abogada estaba amarillento en los bordes. Lo sacó y lo miró con una mezcla de orgullo y náusea.
Esa mañana había sido el último intento. Se había presentado en el bufete Mendel & Asociados, un estudio de nivel medio donde su currículum debería haber brillado como un faro. El socio principal, un hombre que solía lisonjear a su padre en las cenas benéficas, la recibió con una expresión que oscilaba entre la lástima y el asco.
—Lo siento, Lucía —había dicho él, deslizando su CV de vuelta por el escritorio como si fuera material infectado—. Hemos recibido... informes. Referencias de la señora Santoro.
—Elena miente —había respondido Lucía, con la voz quebrada por la humillación—. Ella me robó mi herencia, me expulsó de mi casa y ahora está intentando borrarme del mapa profesional. Sabes que fui la primera de mi promoción.
—Ella dice que robaste fondos de la fundación de tu padre para costear tus adicciones. Y que el niño es producto de una vida desordenada y que no eres de fiar —el hombre se puso de pie, dándole la espalda—. Ningún bufete en esta ciudad, desde los más prestigiosos hasta los de oficio, va a arriesgarse a contratar a una "ladrona drogadicta" y ganarse la enemistad del Imperio Valente. Hazte un favor y deja de llamar a estas puertas. Estás vetada, Lucía. Para este mundo, estás muerta.
Lucía recordó esas palabras mientras guardaba el título. Elena no se había conformado con quitarle el dinero; quería quitarle la dignidad, el futuro y, en última instancia, la vida de su hijo.
El teléfono sonó. No era una oferta de trabajo legal. Era la agencia "Clean & Shine".
—¿Valente? Tenemos una baja para el turno de noche en el sector financiero. Es limpieza pesada, oficinas de alto nivel. Pagan el triple por la discreción y el horario. ¿Lo tomas o se lo doy a otra?
Lucía miró a Leo, que volvía a quedarse dormido, con la respiración pesada. Pensó en la factura de la clínica que vencía el viernes.
—Lo tomo —dijo con firmeza—. ¿Dónde empiezo?
—Torre Blackwood. Piso sesenta. El despacho principal. Preséntate a las diez con el uniforme gris.
La Torre Blackwood se alzaba sobre la ciudad como un monolito de cristal oscuro, desafiando la gravedad y la moral. Para Lucía, entrar allí fue como caminar hacia la boca de un lobo que no sabía que ella existía.
Se puso el uniforme de poliéster gris, un tejido áspero que irritaba su piel. Se recogió el cabello en un moño tirante y se colocó la acreditación: Empleado 402. Ya no era Lucía Valente, la abogada. Era una sombra con un cubo de agua y un trapo.
El ascensor subió a una velocidad que le hizo taponar los oídos. Al llegar al piso sesenta, el lujo la golpeó con la fuerza de un recuerdo doloroso. Moquetas que amortiguaban cada paso, obras de arte abstracto en las paredes y ese olor... sándalo y cuero.
Lucía empezó a trabajar mecánicamente. Limpió los cristales que daban a la ciudad, la misma ciudad que una vez le prometió el cielo. Se arrodilló para pulir las patas de una mesa de juntas de caoba, sintiendo cómo el resentimiento le quemaba la garganta.
"Es por Leo", se repetía. "Solo es trabajo. Nadie te ve. Eres invisible".
Llegó a la puerta doble del despacho principal. El corazón le dio un vuelco. En la placa de latón ponía Blackwood. CEO.
Entró con cautela. El despacho era inmenso, minimalista y frío. Había una fotografía en el escritorio, pero estaba boca abajo. Lucía se acercó para limpiar la superficie de cristal, tratando de no mirar los papeles esparcidos. Pero sus ojos de abogada no pudieron evitarlo.
Eran documentos de fusión. Valente Steel & Blackwood Holdings. La absorción total. Elena Santoro estaba vendiendo los restos del imperio de su padre al hombre que su padre había odiado por años.
Eran enemigos.
De repente, el sonido de unos pasos firmes y rítmicos resonó en el pasillo. Lucía se quedó paralizada. No debía haber nadie en la planta a esa hora. El pánico la invadió; si la encontraban curioseando documentos, perdería el único trabajo que le permitía comprar las medicinas de Leo.
Se agachó rápidamente detrás de un gran sillón de cuero, con el corazón martilleando contra sus costillas y comenzó a limpiar los estantes bajos de la biblioteca.
La puerta se abrió. La luz del pasillo proyectó una sombra larga y autoritaria sobre el suelo del despacho. Julián Blackwood entró hablando por teléfono y Lucía dejo de respirar, su voz era exactamente igual a como ella la recordaba, pero con una capa de hielo que antes no existía.
—No me importa lo que diga el comité, padre —dijo, dejando su maletín sobre la mesa, a escasos centímetros de donde Lucía se ocultaba—. Elena Santoro es una mujer codiciosa, pero es útil. Una vez que firme la transferencia de los activos de Valente, no la necesitaremos más. El compromiso se anunciará en la gala del viernes. Es un movimiento estratégico, nada más.
Lucía cerró los ojos con fuerza, conteniendo un sollozo. Compromiso. Se había acostado con el enemigo y no solo eso, Julián se iba a casar con la mujer que la había destruido.
Ellos habían conspirado para esto.
—¿Mi salud? —Julián hizo una pausa, y su voz flaqueó un milisegundo—. Los médicos dicen es permanentes. Y francamente, no me importa. Si no está en mi agenda, no existe.
Él colgó el teléfono y se hizo el silencio. Julián se acercó al ventanal, dándole la espalda al sillón donde Lucía se encogía. Ella podía ver su reflejo en el cristal: se veía más maduro, más duro, con una pequeña cicatriz casi imperceptible cerca de la sien.
Lucía comprendió la magnitud de lo que ocurría, Julián era el hijo del enemigo de su padre, pero no solo eso, iba a casarse con la mujer que arruino su vida. Si le decía que tenían un hijo, probablemente acabarían con ambos.
Siguió limpiando, pasando la gamuza por los estante hasta que sin querer golpeo el cubo de agua que había dejado cerca. El sonido, un pequeño ploc en el silencio del despacho, hizo que Julián se tensara.
—¿Quién está ahí? —preguntó él, girándose con la rapidez de un depredador.
Lucía supo que no tenía escapatoria. Se puso de pie lentamente, con la cabeza baja, dejando que su flequillo ocultara sus ojos, aferrando el trapo sucio como si fuera un escudo.
—Lo siento, señor —dijo con voz quebrada, forzando un tono sumiso—. Soy de la limpieza. No sabía que regresaría.
Julián la observó. Sus ojos grises recorrieron el uniforme gris, las manos enrojecidas por los químicos y la postura encorvada de la mujer. Hubo un segundo de silencio absoluto, un segundo en el que el aire pareció electrizarse, como si las células de ambos se reconocieran a pesar del abismo.
—Vete —dijo él finalmente, con una indiferencia que dolió más que un golpe—. Y la próxima vez, asegúrate de no dejar rastros. No me gusta que toquen mis cosas.
Lucía asintió, recogió su cubo y salió del despacho casi corriendo. No se detuvo hasta llegar al baño de empleados, donde se desplomó contra la pared.
Estaba cerca. Estaba en su territorio. Él no la recordaba, pero ella sí. Y ahora sabía que el hombre que la embarazo era el socio de su peor enemiga.
Mientras se lavaba la cara con agua fría, Lucía se miró al espejo. La humildad y el miedo desaparecieron de sus ojos, reemplazados por una chispa de la antigua Lucía Valente.
—Puede que hayas querido usarme, Julián, pero por mi hijo, que vas a conocerme, Elena y tú lo pagaran, cada lágrima.