La luz de la mañana en la suite presidencial no entró de forma sutil; se filtró por las rendijas de las pesadas cortinas motorizadas como una cuchilla dorada que cortaba el aire viciado por el perfume y el rastro del deseo.
Lucía despertó con una sensación de calidez que le recorría la columna, un eco de las manos de Julián todavía grabado en su piel. Estiró el brazo, buscando el calor del cuerpo que la había sostenido durante la madrugada, pero solo encontró el tacto frío y liso de las sábanas de hilo egipcio.
Se incorporó, apartando el cabello de su rostro, y el silencio de la habitación le cayó encima como una piedra. La suite, que anoche parecía un hogar lleno de calor, ahora se sentía como una galería de arte vacía y desolada.
—¿Julián? —llamó con voz ronca, apenas un susurro.
Nadie respondió. El baño estaba vacío, las toallas perfectamente dobladas, como si la pasión de las horas previas hubiera sido un espejismo. Entonces, sus ojos se posaron en la mesita de noche. Allí, junto a una botella de agua mineral sin abrir, había una hoja de papel con el membrete del hotel y una pluma de plata.
Lucía tomó el papel con dedos temblorosos. La caligrafía era firme, angulosa, destilando la misma autoridad que el hombre que la poseía.
"Lucía, ha surgido algo que no puede esperar. He intentado despertarte, pero me ha sido imposible. Sobre lo de anoche... nunca he creído en las coincidencias, pero después de escucharte hablar y tenerte, empiezo a creer que el destino tiene un sentido del humor retorcido. Yo..."
La nota se cortaba ahí. La última palabra, ese "yo", terminaba en un trazo errático, una línea de tinta que delataba una interrupción brusca, una llamada o un algo que lo obligó a salir antes de poder confesar lo que sentía o, quizás, antes de revelar quién era realmente.
—No sabes ni su nombre completo ¿Qué pensabas?
Lucía apretó el papel contra su pecho. No era una despedida, al menos a eso se aferraba con uñas y dientes para no sentirse usada.
Sonrió para sí misma, sintiéndose ridículamente esperanzada. Se vistió con el vestido rojo de la noche anterior, que ahora parecía demasiado llamativo para la luz del día, y recogió sus zapatos de tacón.
Mientras se miraba al espejo, retocándose el maquillaje estropeado, su teléfono, enterrado bajo una pila de ropa, comenzó a vibrar con una furia inusual.
El nombre en la pantalla hizo que su sonrisa se congelara: Elena Santoro, su madrastra.
Lucía rara vez hablaba con ella. Elena era una mujer de una belleza gélida y una ambición que siempre le había causado escalofríos. Su padre la amaba, o al menos eso decía, pero Lucía siempre había visto en ella a una depredadora esperando el momento de debilidad de su presa.
—¿Qué quieres, Elena? —contestó Lucía, tratando de recuperar su tono de abogada.
—Lucía... —La voz de Elena no era la habitual máscara de sarcasmo. Sonaba agitada, pero con una nota de control que Lucía no alcanzó a descifrar—. Tienes que venir al Hospital Metropolitano ahora mismo. Tu padre... ha tenido una descompensación severa en el despacho. Los médicos dicen que es el corazón. No pinta bien, Lucía. Nada bien.
El mundo, que hacía cinco minutos era un camino de posibilidades brillantes, se encogió hasta convertirse en un punto de dolor en el centro de su pecho.
—Voy para allá —logró articular.
Salió de la suite casi corriendo, olvidando la nota de Julián sobre la cama. El trayecto en taxi hacia el hospital fue un borrón de bocinas, semáforos en rojo y el sonido de su propia respiración acelerada.
Rezó.
Ella, que creía en la lógica y en las leyes de los hombres, terminó suplicándole a un Dios en el que apenas pensaba que no le arrebatara a su padre justo cuando estaba lista para demostrarle que todo su esfuerzo había valido la pena.
Mientras Lucía cruzaba la ciudad hacia el hospital, en la otra punta de la metrópolis, Julián Blackwood apretaba el volante de su deportivo n***o con una fuerza que le blanqueaba los nudillos. Su teléfono, conectado al sistema del coche, no dejaba de emitir alertas.
—Señor Blackwood —la voz de su jefe de operaciones sonaba tensa por los altavoces—, el sindicato de Valente ha bloqueado el puerto. Si no llegamos a la reunión con el consejo en veinte minutos, perderemos la opción de compra sobre las acciones de la acería. Es el momento de golpear. Valente está fuera de combate, los rumores dicen que colapsó hace una hora.
Julián apenas escuchaba los detalles técnicos. Su mente estaba dividida. Una parte de él, el depredador corporativo entrenado por su padre sabía que esta era la oportunidad de su vida para destruir al competidor que los había asfixiado durante décadas.
Pero la otra parte, la que se había despertado esa mañana mirando el perfil dormido de una mujer de vestido rojo, sentía un vacío inexplicable.
Lucía Valente.
Acababa de conectar los puntos. El nombre, la inteligencia, la forma en que hablaba del "imperio de su padre". Ella era la hija de Mauricio Valente. La hija del hombre al que estaba a punto de arruinar.
La nota a medio escribir en el hotel era el rastro de su duda. ¿Cómo podía explicarle que la noche más honesta de su vida había sido con la mujer que debería odiar?
—¡Maldita sea! —rugió, acelerando para pasar un semáforo en ámbar.
Tenía que llegar a la reunión. Tenía que controlar el daño. Tenía que encontrar la forma de proteger a Lucía del fuego cruzado que su propio padre, el viejo Blackwood, estaba a punto de desatar.
Entró en el túnel que conectaba el distrito financiero con la zona norte. El rugido del motor rebotaba en las paredes de hormigón. Su mente voló de nuevo al hotel, al aroma de su piel, la forma en que ella lo había desafiado intelectualmente.
Iba tan absorto en su conflicto interno que tardó un segundo de más en notar el caos que se avecinaba.
A quinientos metros, un camión de transporte pesado que transportaba vigas de acero sufrió una falla. Los frenos, recalentados y mal mantenidos, se desintegraron. El conductor, un hombre joven con los ojos desorbitados por el pánico, intentó reducir marchas, pero el peso de la carga era excesivo. El camión empezó a zigzaguear, golpeando las paredes del túnel y levantando una lluvia de chispas.
Julián vio las luces de freno de los coches delante de él. Luego el humo n***o.
—¡Joder! —gritó para sí mismo, pisando el freno a fondo.
Pero fue demasiado tarde. El camión volcó de costado, y las vigas de acero salieron disparadas como proyectiles gigantescos. Una de ellas impactó contra el coche que iba delante de Julián, lanzándolo por los aires. El deportivo de Julián, a pesar de sus sistemas de seguridad de última generación, no tuvo escapatoria.
El impacto lateral lo lanzó contra la pared del túnel. El ruido fue ensordecedor: el chirrido del metal desgarrándose, el estallido de los cristales reforzados y el despliegue violento de los airbags.
Dio dos vueltas de campana, convirtiéndose en un amasijo de hierro. El aire se hizo escaso, le ardía el cuerpo y el dolor parecía llegar de todas direcciones.
En el último instante de conciencia, Julián no pensó en las acciones de la acería, ni en la fusión, ni en su padre. Vio una mancha de color rojo. Vio los ojos de Lucía.
"Perdóname", pensó, antes de que la oscuridad absoluta lo reclamara.
Lucía llegó a la sala de espera del hospital con el corazón en la garganta. El olor a antiséptico y el zumbido de las máquinas de café la marearon. Allí, sentada en una silla de plástico con una elegancia que resultaba insultante en aquel entorno, estaba Elena.
—¿Cómo está? —preguntó Lucía, cayendo de rodillas frente a su madrastra.
Elena la miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en el vestido de noche, en el cabello revuelto y en la falta de zapatos (que Lucía se había quitado para correr por los pasillos).
—Está estable, por ahora —dijo Elena, con una voz que destilaba un veneno sutil—. Ha sido un infarto masivo. Los médicos dicen que es un milagro que llegara vivo. Estaba en su oficina, trabajando en los papeles de tu sucesión, Lucía. Parece que la emoción de tener a una "honorable" abogada en la familia fue demasiado para su viejo corazón.
Lucía ignoró el dardo.
—Quiero verlo.
—No puedes. Está sedado. Solo permiten un familiar, y como su esposa, me he encargado de todo —Elena se puso de pie, alisándose la falda—. Deberías ir a casa a cambiarte, Lucía. Das una imagen lamentable. Si alguien te ve así, pensarán que estabas celebrando la muerte de tu padre antes de que ocurriera.
—Cállate, Elena —susurró Lucía, con una furia que hizo que la mujer retrocediera un milímetro—. No tienes ni idea de lo que significa la familia.
Lucía se quedó allí, apoyada contra la pared fría del hospital, sola. No sabía que, a pocos kilómetros, en otra ala de urgencias, el hombre que le había devuelto la fe en el destino estaba siendo entubado, con su memoria fracturándose segundo a segundo.
La cima del mundo había desaparecido. Lucía Valente acababa de entrar en el descenso a los infiernos, y lo peor era que todavía llevaba puesto el vestido rojo de la noche en que creyó que lo tenía todo.
El sol seguía subiendo en el cielo, indiferente a que dos imperios estuvieran a punto de colapsar y que el amor que nació en la oscuridad estuviera siendo enterrado por el metal y el olvido.