Ten cuidado

2053 Palabras
Elena permaneció estática bajo el marco de la puerta, con su bolso de diseñador colgando del brazo como un escudo inútil ante lo que sus ojos acababan de presenciar. La cocina, ese lugar lleno de frialdad que tanto despreciaba, vibraba ahora con una energía que no reconocía. El aroma a vegetales salteados, el vapor flotando en el aire y, sobre todo, la cercanía física entre su prometido y la mujer que ella misma había condenado al olvido, le resultaron una bofetada intolerable. —¿Qué significa esto, Julián? —preguntó Elena, su voz recuperando ese tono gélido y cortante que usaba para dar órdenes en la oficina—. ¿Desde cuándo permites que el personal de servicio te hable como si fueran confidentes de toda la vida? Julián se enderezó lentamente, recuperando su máscara de indiferencia, aunque sus ojos todavía guardaban el brillo de la conversación interrumpida. —Estaba dándole instrucciones sobre el menú, Elena. Nada que deba preocuparte. Pensé que tenías una reunión. —La reunión se canceló. Y por lo que veo, llegué justo a tiempo para recordarle a la empleada cuál es su lugar —Elena caminó hacia ellos, el sonido de sus tacones contra el mármol sonando como una cuenta regresiva. Se detuvo frente a Lucía, ignorando a Julián por un momento. Sus ojos de serpiente recorrieron el uniforme azul marino, deteniéndose en el escote y en el cabello ligeramente desordenado de Lucía. —Te ves muy cómoda aquí, niña. Casi parece que estuvieras en tu propia casa. Lucía bajó la mirada, apretando el mango del cuchillo con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. El miedo por Leo volvió a instalarse en su garganta como un nudo de espinas. —Lo lamento, señora Santoro. El señor Blackwood solo me hacía unas preguntas sobre la cena. —¿Preguntas? —Elena rio, una carcajada seca y sin pizca de humor—. Julián no hace preguntas, él da órdenes. Y mi orden es que termines de cocinar, sirvas la mesa y luego desaparezcas. Me parece que ya quedo limpia la casa. Tal vez solo te quedas a provocar. Julián intervino, su tono volviéndose peligrosamente bajo. —Ya es suficiente, Elena. No la trates así. —La trato como lo que es, querido. Una empleada eficiente que parece estar olvidando quién le paga el sueldo —Elena se inclinó hacia Lucía, lo suficiente para que solo ella pudiera oler su perfume costoso—. ¿Verdad, querida? Recuerda lo que hablamos en el pasillo. La obediencia es lo único que mantiene ciertas cosas... a salvo. Lucía asintió levemente, sintiendo un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Elena le dedicó una última mirada cargada de una satisfacción diabólica antes de volverse hacia Julián con una sonrisa fingida, tomándolo del brazo con posesividad. —Vamos al salón, amor. Deja que la servidumbre termine su trabajo. Tenemos mucho que hablar sobre la gala... y sobre los cambios de personal que pienso hacer después de la boda. Lucía los vio salir de la cocina. Se quedó sola ante la sartén humeante, con las lágrimas quemándole los párpados, pero negándose a caer. Terminó de cocinar sin emitir sonido, preparó cada cosa, las acomodo en un carro y las llevó. Elena estaba absorta en su teléfono, Julián observaba a Lucía mientras ella se encargaba de colocar toda la vajilla y la comida en el centro de la mesa. No era consciente que el hombre a su lado estaba sufriendo por sus movimientos y el olor de su perfume. Lucía terminó de emplatar, ignorando el fuego que sentía en sus mejillas bajo la mirada inquisidora que Elena puso en ella. El aire en la habitación se había vuelto irrespirable; era una danza macabra entre la mujer que lo recordaba todo, el hombre que empezaba a dudar y la villana que disfrutaba del espectáculo. —Ya está servido, señor Blackwood —dijo Lucía, manteniendo la voz lo más plana posible—. Si no necesita nada más, mi horario de hoy ha terminado. Son las seis de la tarde. Elena, recorrió con la mirada el cuerpo de Lucía. Al notar que todavía no se había puesto la chaqueta del uniforme, dejando a la vista la sencillez de su camiseta blanca y su cuello estilizado, una sonrisa torcida apareció en sus labios rojos. Lucía, sintiendo el escrutinio, clavó la vista en el suelo de mármol, estudiando las vetas de la piedra como si fueran un mapa de escape. Julián observaba a su prometida. Notaba la saña en sus ojos, una crueldad que antes le parecía sofisticación y que ahora, comparada con la dignidad silenciosa de la empleada, le resultaba grotesca. La curiosidad de Julián no hacía más que crecer; quería entender qué hilo invisible unía el odio de Elena con el miedo de esa mujer. —Puedes retirarte, 402 —dijo Julián, su voz cortando la tensión—. El lunes no vendrá aquí. Preséntese directamente en mi despacho de la empresa a las siete de la mañana. Tengo nuevas indicaciones sobre su contrato y los protocolos de la fusión. Elena levantó una ceja, deteniendo el tenedor en el aire. —¿El lunes en la empresa? Pensé que se quedaría aquí para organizar mis vestidores, Julián. —No hay vestidos tuyos aquí y no lo habrá, está es mi casa Elena. —Nos casaremos, querido. Elena intentó mantener la compostura y Lucía evito sonreír. —Cuando eso pase, tendremos una casa, no será está. La satisfacción ocupo el pecho de Lucía. Elena tenía el trato que merecía. —La empresa es lo primero, Elena. Y hay detalles de seguridad que solo ella ha demostrado manejar con la discreción que necesito —respondió él, clavando sus ojos grises en los de Lucía—. No llegue tarde. El lunes definiremos su lugar definitivo. Lucía asintió apenas, sintiendo un escalofrío. El lunes en la oficina significaba estar cerca de los archivos, pero también bajo el microscopio de Julián en su estado más implacable. —Con su permiso —murmuró Lucía. Se giró y caminó hacia la salida de servicio, sintiendo la mirada de Blackwood en su nuca. Al cerrar la puerta tras de sí, el frío de la noche la golpeó, pero fue un alivio comparado con el calor sofocante de aquella cocina. Mientras tanto, Elena apretaba su tenedor con molestia. —¿Qué se supone que es está comida? Julián giró los ojos con fastidio. —Lo que dijiste, comida. Si no te gusta, puedes irte a comer a otro lado. Tomó sus cosas y comenzó a cortar. Había algo en la humildad del menú que le fascinaba, sobre todo porque las porción era abundante, algo que claramente sobraría. —¿Quieres volver a la cocina con la empleada? —consultó molesta. —Creo que tú quieres volver con aquel hombre. Tomó su teléfono y le mostro la imagen. Elena no dijo nada, solo sonrió pensando que simplemente eran celos de su parte. —Es un amigo, cariño. Sabes que eres el único. Julián no respondió y ella no siguió con el tema. El lunes por la mañana, la Torre Blackwood se alzaba contra un cielo plomizo, reflejando la frialdad que reinaba en el piso sesenta. Lucía llegó a las siete en punto, con el uniforme azul marino que Julián le había entregado en la mansión. Sus manos estaban agrietadas por el frío y los químicos, pero su espalda permanecía recta. Sin embargo, al entrar en el antedespacho, no encontró a la secretaria, sino a Julián, que la esperaba con una carpeta de cuero abierta sobre el escritorio. Su mirada era analítica, casi rapaz. —Antes de que empiece con la biblioteca, hay un asunto administrativo —dijo Julián, extendiendo una hoja de papel—. He decidido formalizar su puesto como "Asistente de Gestión de Espacios Críticos". Es un contrato privado entre usted y yo. Léalo y firme al final. Lucía tomó el documento. Sus ojos, entrenados, escanearon las cláusulas por puro instinto. A mitad de la segunda página, su respiración se detuvo. Entre un párrafo sobre la confidencialidad y otro sobre los horarios, Julián había insertado una cláusula de cesión de derechos litigiosos. En términos simples: si ella firmaba eso, renunciaba a cualquier reclamo legal pasado, presente o futuro contra la corporación Blackwood o sus socios... incluyendo a los Valente. Era una trampa. Julián estaba probando si ella era la mujer brillante que sus fragmentos de memoria le sugerían o simplemente una empleada necesitada. —Señor Blackwood —dijo Lucía, dejando el papel sobre la mesa con una calma gélida—, el inciso 4.2 contradice la Ley de Contratos Laborales vigente. Un empleado no puede renunciar a derechos fundamentales de propiedad o identidad bajo un contrato de servicios generales. Además, la cláusula de indemnización es nula por ser leonina. Julián se levantó lentamente. El silencio en la oficina se volvió denso. Un destello de triunfo, mezclado con un dolor agudo en sus sienes, cruzó su rostro. —¿Cómo sabe eso, 402? —preguntó él, acortando la distancia—. Esas son observaciones de un jurista de alto nivel, no de alguien que "aprendió rápido por necesidad". Lucía se dio cuenta de su error. Su mente de abogada la había traicionado frente al hombre que más necesitaba engañar. Estaba a punto de inventar una excusa cuando la puerta se abrió de golpe. Elena Santoro entró, pero no traía abogados ni carpetas de recursos humanos. Venía sola, envuelta en un abrigo de cachemira blanca, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos de cristal. —Julián, amor, necesito a tu "asistente" un momento —dijo Elena, ignorando la tensión eléctrica entre ellos—. Hay un problema con el inventario de los medicamentos que la Fundación Valente dona a las clínicas locales. Como ella es tan... eficiente con los detalles, quiero que me ayude a organizarlo. Julián frunció el ceño. —Estamos en medio de una firma, Elena. —Será solo un momento —insistió ella, tomando a Lucía del brazo con una fuerza que hizo que sus uñas se clavaran en la tela del uniforme—. Ven a mi oficina. Ahora. En el ala este, Elena cerró la puerta con llave y se giró hacia Lucía. No hubo gritos. El tono de Elena era suave, casi maternal, lo que lo hacía mil veces más aterrador. —He estado revisando los expedientes de la clínica donde tratas a tu bastardo, Lucía —comenzó Elena, sentándose tras el escritorio de caoba—. Qué enfermedad tan costosa tiene el pobre Leo. Esos medicamentos biológicos... son casi imposibles de conseguir sin el subsidio de la Fundación Blackwood-Valente, ¿verdad? Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —Elena, por favor... —Ayer te vi muy cerca de Julián en la cocina —continuó Elena, sacando un frasco de cristal de su cajón. Era exactamente el medicamento que Leo necesitaba para sus pulmones—. Esta es la dosis de este mes. Y esta —sacó una carpeta— es la orden de cancelación de suministros para el "Paciente 1104". Sabes quién es ese paciente, ¿verdad? Es tu hijo. Lucía cayó de rodillas, no por sumisión, sino porque sus piernas dejaron de responderle. —No le quites las medicinas. Haré lo que quieras. Te juro que no hice nada, no lo conozco, solo hablábamos de la comida —sollozo—. Limpiaré tus baños con mis propias manos... pero no dejes que muera. Elena se inclinó, tomándola del mentón con su mano enguantada. —Vas a volver a ese despacho. Vas a firmar ese contrato que Julián te dio, sin protestar. No quiero que uses tu cabecita de abogada para impresionarlo. Quiero que seas una sombra, una nulidad. Y cada vez que sientas la tentación de mirarlo, recuerda: un solo error tuyo, y la farmacia de la clínica recibirá la orden de tirar todas las dosis de Leo a la basura. ¿Fui clara? —Sí —susurró Lucía, las lágrimas manchando la alfombra de seda blanca que Elena tanto presumía—. Fue clara. —Bien. Ahora, límpiame los zapatos. Hay barro de la entrada y no soporto el olor a calle en mi despacho. Hazlo mientras piensas en lo afortunada que eres de que no haya decidido acabar con ambos hoy mismo.
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