—Por favor, Izan, dime qué no es cierto, semejante desastre. —confesé llevando mis manos sobre mi cabeza. —Solo tienes veinte años, veinte, por Dios. —solté. —¿Mamá sabe sobre ésto? —pregunté. Él negó a lo bajo. —Sobre el embarazo no sabe, solo lo sabía papá. Realmente fue su plan desde el principio, aunque lo negara, siempre fue la manera exacta de conservar lo poco que teníamos. Un hijo sería heredero por completo de la empresa. —soltó. —Pero no amo a esa mujer, Zack, siquiera un poco. —confesó. —La noche que todo ocurrió tuve que beber hasta perder el control, tomar un par de pastillas azules que papá me dió, ella igual. Ambos somos títeres de dos hombres enfermos en busca de poder y dinero. —suspiró entre lágrimas. —¿Está mal sentirme bien por su muerte? —confesó una vez más. No hi

