—¿Qué me dice usted, hombre desarmado? ¿No deberíamos echar un vistazo a lo que tanto entretiene a mi confiado Martin? Me rogó que le tuviera ocupado en amigable conversación hasta hacer un análisis más detallado de la pista. ¡Ja, ja, ja! —No cabe duda de que está registrando mi casa —dijo Heyst. Estaba absolutamente perplejo. Aquello era como un sueño indescifrable, o quizá una rebuscada burla del otro mundo, tramada por aquel espectro ornado con el alegre batín. El jefe de Ricardo le miró con la funesta sonrisa de una calavera, inescrutable y sarcástica, y señaló la puerta. Heyst la cruzó en primer lugar. Tenía los sentidos tan embotados, que ni siquiera pensó que le pudiera disparar por la espalda. —¡Qué atmósfera tan cargada! —la exclamación sonó muy cerca de su oído—. Esta estúpid

