No sabía la hora que era, pero sentí unos brazos rodearme y apretarme contra un cuerpo caliente y bastante más grande que el mío.
Estaba entre ese intermedio en el que estaba dormida, pero era consciente de lo que me hacían. Suspiré, dándome la vuelta y apoyando mi cabeza en él, posando una mano y dando unas caricias leves antes de dejarme caer otra vez en el sueño profundo.
Cuando abrí los ojos, la luz que entraba no era muy cegadora, pero sí que era algo molesta. Me sentía descansada como hacía tiempo que no lo estaba, y pensé en lo mucho que me gustaría parar el tiempo en ese momento por unas cuantas horas.
Miré el pecho del señor Bowry, que subía y bajaba en una respiración ralentizada, fuerte pero suave, que acariciaba con mi mano lentamente, para que no se despertara.
—Buenos días —tenía la voz más ronca de lo habitual, y, sin esperarlo, un escalofrío me recorrió entera. Me sonrojé levemente porque me había pillado mirándolo y tocándolo.
—Buenos días —susurré, intentando que el silencio tan cómodo no se rompiera.
—¿Has dormido bien? —preguntó, y empezó a acariciarme el pelo tan suavemente que no sabía si me lo había imaginado.
—Mucho, gracias —le fui sincera—. ¿Y usted?
Sentí que al reírse le reverberó el pecho bajo mi tacto.
—He dormido muy bien —me dio un toque con el dedo en la nariz—, pero deja de referirte a mí como "usted" —asentí, sorprendiéndome de que se hubiera levantado de tan buena mañana, hasta que lo sentí tirar de mi pelo y levantarme la cabeza—. Mi nombre es William.
—William —repetí, y él volvió a reír.
—Suena muy gracioso con tu acento —se confesó—. Me gusta.
En un movimiento ligero y nada forzado, nos dio la vuelta, quedando él encima de mí e inconscientemente le hice sitio apartando mis piernas. El camisón se me había subido hasta la cintura y los pezones los tenía muy marcados por el frío que tenía. William, en cambio, estaba muy calentito y no quería que se alejara mucho.
Empezó a dejar besos un tanto húmedos por mi mejilla y mi cuello, y cuando la ligera brisa impactaba en esos puntos me provocaba una serie de escalofríos que me hacían retorcerme bajo su cuerpo.
Sus manos estaban en mis caderas y cuando me quise dar cuenta ya estaba empujando dentro de mí. Arqueé la espalda por la inesperada sensación de él inmerso en mi interior y William puso ambas manos en mi espalda baja alzándo mis caderas para encontrarme con sus embestidas más profundamente.
Me agarré a sus brazos clavándole las uñas, porque sentía que me caería si lo soltaba. Agachó la cabeza y clavó la mirada en la mía, entonces sobre el camisón atrapó uno de mis pezones entre sus labios y lo chupó, dejando el círculo húmedo en la prenda, que rozando el delicado botón me hacía suspirar y moverme aún más mientras jugaba con el otro. Alternando entre los dos.
Cada vez estábamos más acelerados y sus embestidas en mí eran más irregulares y más rápidas, pero no me importaba, me estaba haciendo sentir realmente bien.
—Sienne, córrete para mí —gruñó antes de volver a capturar un pezón en su boca.
En cuestión de pocos segundos sentí la conocida sensación recorrerme de arriba a abajo hasta que me hizo de curvar los dedos del pie. Estaba temblando todavía por las réplicas cuando sentí su m*****o palpitar dentro de mí.
Él gruñó hasta que se dejó caer en mí con su cara en mi cuello y enterrado aún en mí y aproveché para poner una mano en su revuelto pelo y acariciarlo mientras ambos recuperábamos la respiración.
—Ahora sí estamos listos para empezar el día —dijo antes de alejarse de mí.
—Esta noche vendrán invitados —me comentó mientras se vestía una semana después de aquella primera vez.
Me sorprendió que me avisara con tan poca antelación, pero no dije nada sobre eso.
—¿Viene mucha gente? —Le pregunté, no sabía qué papel jugaba realmente en su vida. Y menos después de todo lo acontecido.
Ya se había terminado de vestir y me miró.
—No te preocupes, Sienne, tú no eres una esclava aquí —me relajé sabiendo que no tendría que encargar de todo, por el momento—. Tengo gente empleada que se encargará de la organización.
—¿Puedo ayudar? —No quería sentirme una inútil viendo a todos trabajar mientras yo no hacía nada.
Él me sonrió.
—Si quieres, puedes ayudar en la cocina. Me gustan mucho tus comidas —le sonreí por el halago y por el hecho de que no me forzara a hacer nada—. Pero recuerda las normas —advirtió, antes de salir de la habitación.
Cuando cerró la puerta detrás de él, me quedé en completo silencio y volví a descansar la cabeza en la almohada, tapándome con las sábanas.
Pensé en la gran posibilidad de poder estar embarazada y me inundó temor y alegría por partes iguales. William podría no querer descendencia y siempre estaba la posibilidad de que me echara a la calle o de que no quisiera saber más de mí, y quitarme a mi hijo.
Aunque en dos días saldría de dudas.
Se me inundaron de lágrimas los ojos, porque yo realmente no quería las cosas así. Yo quería casarme, como todas mis vecinas de mi edad hicieron en Francia, y ya después tener hijos. Ellas habían elegido hombres sin mucho poder económico, pero eran felices. Yo apenas llevaba una semana aquí y, sin estar casada, podría estar embarazada. Me sentía realmente mal.
Pero lo que me tenía en expectación era ¿qué clase de gente vendría a la fiesta en tiempos de tensión bélica?
Faltaban aún unas cuantas horas para que empezasen a llegar invitados, William estaba encerrado en su estudio y yo estaba sentada en una silla en la cocina, viendo cómo unas cuantas mujeres se movían por la habitación de un lado a otro y el olor de las diferentes comidas inundaba el lugar.
Me parecía asombrosa la manera en la que se movían de un lado a otro ágiles, con movimientos que parecía que llevaban repitiendo toda su vida. Cosa que seguramente era así, pensé apenada.
En ese momento me empecé a preguntar cómo era posible que un hombre como William estuviera solo y no casado con un montón de hijos correteando por la enorme casa. Miré al pasillo, preguntándome si tal vez no quería o no había tenido la ocasión. La verdad era que se pasaba los días y la mitad de las noches encerrado en el estudio, y aún no sabía qué hacía ahí dentro. Él hablaba de papeles y documentos sobre el trabajo de sus empleados, pero yo no entendía.
Me levanté y salí del ajetreo de la cocina para dirigirme hacia su estudio, y di dos toques en la puerta, no muy fuertes, con la esperanza de que no se enfadara.
Abrí la puerta ligeramente antes de asomar la cabeza, al no haber respuesta me preocupé y decidí asomarme. Lo que no esperaba en absoluto, fue la ternura que sentí al ver que se había quedado dormido encima de la mesa.
Me acerqué hasta él y le acaricié el pelo, debatiendo si despertarlo o no, pero le escuché musitar algo y levantó la cabeza para luego abrir los ojos muy despacio.
Parpadeó un par de veces antes de erguirse en el asiento y frotarse la cara, luego me miró.
—Sienne, ¿qué haces aquí? —preguntó aún soñoliento.
—Perdón, llamé un par de veces y al ver que no respondías entré —me excusé, pero era verdad—. ¿Por qué no vas a descansar un poco? Trabajas demasiado —intenté convencerle. La verdad es que me sabía mal que él se pasara noche y día aquí encerrado mientras lo único que yo hacía era limpiar de vez en cuando, ya que todo estaba impoluto, y dormir en su cama.
—¿Echas de menos a papi, Sienne? —me preguntó, pero el cansancio se le notaba tanto que, a pesar de lo que provocaba en mí, quería que pensara en él y descansara—. Porque papi a ti te echa de menos, ¿me ayudarías a descansar mejor?
Ladeé la cabeza, preguntándome si debería sucumbir a sus encantos u obligarlo a que descansara. Me decidí por la segunda.
—Creo que es mejor que papi duerma —me sinceré. A pesar de la juguetona conversación, me pareció advertir que mi respuesta no había sido de su agrado.
Y además, todavía no sabía con certeza si estaba embarazada o no. Me mordí el labio inferior de tan solo pensarlo. A mí no me importaba, ¿pero a él?