Benjamin Estaba furioso, pero, más que eso, la frustración recorría mis venas. Aquella Máverus había jugado con nosotros como si fuéramos sus marionetas y ahora no teníamos idea de a dónde se llevó a Astlyr, ni qué haría con ella. La tensión se acumulaba en cada parte mi cuerpo, mientras mis ojos se mantenían clavados en el fuego de la chimenea. Maldición, ni siquiera sabíamos cuánto tiempo pasó desde un momento hasta el otro. Esa bruja con sus juegos mentales podía manejar a cualquiera a su antojo. Ahora era más que obvio que su fuerza estaba muy por encima de la de cualquiera de nosotros. Pero no por eso podía quedarme ahí, como un imbécil, esperando que algo sucediera. —Tengo que encontrarla —Me levanté del sillón y caminé hacia la salida, pero Eir me detuvo. —Benjamin, espera —exc

