Astlyr
Tres meses.
Ese era el tiempo que había pasado desde aquel maldito día, en el que mi vida cambió por completo.
Tres meses en los que me había mantenido aislada, sola, sin tener contacto con nadie que no fueran mis propias víctimas. Por momentos, era difícil recordar cómo empezó. A veces, era borroso para mí. Pero había pequeños fragmentos en los que los recuerdos volvían; la forma en la que el dolor me consumió por completo y luego emergió una nueva persona de mí, controlada por los instintos más crueles.
Recordaba cómo una rabia inhumana se apoderó de mí por completo, enviando lejos cualquier ápice de razón y dejándome incapaz de razonar por mí misma. Todo lo que quería era tener el sabor de la carne y la sangre en mis labios, una y otra vez, en un ciclo que jamás se terminaría. Porque todo el tiempo volvía. No importaba lo que hiciera, no importaba cuántas personas perdieran la vida bajo mis manos.
Nunca era suficiente.
«Y, ¿cómo era que lo recordaba? Porque no me sentía así todo el tiempo.»
Mis días se dividían en las dos caras de una moneda. Una de ellas, era mi hambre insaciable, cuando mis instintos de Canníbel despertaban, obligándome a cometer los más terribles actos. Y la otra, aparecía un rato después de eso; cuando me encontraba con las manos llenas de sangre, sobre el cuerpo de una de mis víctimas, entonces aparecían la culpa y el remordimiento.
Aparecía mi lado humano.
Pero no podía mantenerlo conmigo, por más que lo intentara. Siempre volvía a caer cuando mis instintos aparecían, porque eran más fuertes que yo. Y temía que llegara un momento donde esa pequeña parte humana de mí ya no regresara y terminara convirtiéndome en un monstruo completamente.
«¿Un monstruo? Esas palabras eran irónicas.» Casi me habría reído de mí misma al pensar en ellas. «¿Tenía miedo de convertirme en aquello que ya era? ¿A qué me estaba aferrando?» Sabía que no podría parar.
No hacía más que hundirme más y más en aquel infierno.
Y esa era una de las razones por las que no podía ver a nadie. Ni siquiera me sentía capaz de mirarme en el espejo. Me avergonzaba de mí misma, quería que la pesadilla terminara y estaba harta del constante vaivén en el que me encontraba; en un momento era una bestia dominada por su hambre y en el otro, una mujer que se sentía miserable.
Quería acabar con el dolor, necesitaba hacer que parara de alguna manera, pero eso era imposible. Solo había una forma de que yo muriera y no podría hacerlo por mi propia mano.
«Ahora tienes dos opciones: Dejarla morir, o convertirla en un monstruo.»
No había un solo día en el que no recordara las palabras de Kalen. No había un solo día en el que no maldijera su existencia y todo lo que había implicado en mi vida. Jamás había conocido el odio antes de él, pero ahora lo hacía, con cada célula de mi cuerpo. Lo odiaba con todas mis fuerzas.
Y no lo hacía en mi lado Canníbel, ese que ni siquiera tenía la capacidad de racionar. Lo hacía desde mi parte humana, esa que podía sentir el sufrimiento cada día.
Esperaba volver a cruzármelo un día y devolverle todo el dolor que me había provocado. «Si ya estaba maldita, ¿qué podía significar que tuviera tantas ansias por vengarme? Nada.» No podía significar nada más para mí. Ya había hecho lo más terrible que una persona podía hacer. «Si ya había lastimado a tantos inocentes, ¿qué podía significar que dañara a alguien que sí merecía recibir, cuando menos, un poco de todo el daño que había hecho?»
Ese era el tipo de pensamientos que rondaba mi cabeza todos los días, cuando mi lado humano despertaba del letargo. Y en ese momento, como en muchos otros, tenía un significado especial.
Eso también implicaba que dolía aún más.
Lo hacía, porque estaba detrás de la pared de uno de los almacenes de aquella desolada calle, observando a Benjamin desde la distancia.
Él no tenía la menor idea de que yo estaba ahí. Por alguna razón, no podía rastrearme como a otros Canníbels. Así que, yo era solo una sombra oculta detrás de la esquina, contemplándolo y sintiendo cómo el dolor ardía dentro de mi pecho, al tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos.
Acababa de salir del callejón en donde estaba el cuerpo sin vida de la chica a la que antes lastimé. Pero, al parecer, ya se iba. Se detuvo un momento frente a su motocicleta y bajó la mirada, perdiéndose en sus pensamientos; al igual que siempre lo hacía. Podía imaginar cómo se sentía y eso solo me causaba más dolor. Había una herida abierta entre ambos.
Y dudaba que algún día pudiera sanar.
Benjamin sabía el infierno que significaba convertirse en un Canníbel y, aun así, me convirtió en uno. Podía imaginar lo difícil que fue para él, o la culpa que sentía, pero, ¿qué había de mí?
Mi vida no valía lo suficiente como para que, a cambio de que yo viviera, otras personas tuvieran que morir.
«¿Algún día podría mirarlo a la cara y decirle todo lo que estaba sintiendo?» Quizá. Pero no esa mañana. No hasta que pudiera volver a ver mi propio reflejo en el espejo. Hasta entonces, seguiríamos separados, porque esa herida que había entre nosotros era más que eso; era una brecha que siempre me dejaría marcada.
Benjamin levantó la mirada después, aun sumergido en sus pensamientos, y subió a la motocicleta. El dolor se hizo un poco más fuerte al recordar la mañana en que nos conocimos, cuando, aun con todas las preguntas que reinaban en mi cabeza, todo era más simple. Pero no podía hacer nada para regresar al pasado, por más que quisiera. Nada podría cambiar lo que ya estaba hecho.
Cuando lo vi marcharse, tomé un breve suspiro. Los policías salieron del callejón después, tenían las patrullas estacionadas a poca distancia. No podía permanecer más tiempo ahí y dejar que me vieran, así que tuve que irme. Pero no muy lejos.
Yo siempre estaba cerca, aunque ellos no lo supieran.