Benjamin Cuando Astlyr pronunció aquellas palabras, hubo un segundo en el que tan solo nos miramos. Un segundo que se sintió como más que eso, pero que, a fin de cuentas, siguió siendo solo una fracción del tiempo. Después, la besé. Sostuve una de sus mejillas y uní mi boca a la suya, en un beso que ella correspondió de inmediato. Ambos necesitábamos más de nuestro contacto, pues Astlyr se arrodilló sobre la colchoneta para poder acercarse más a mí y, al igual que antes, se sentó sobre mis piernas. Mi mano izquierda descendió desde la mejilla hasta su cuello, en donde estaban las cicatrices, mientras su lengua y la mía se acariciaban de una forma que le habría arrebatado la cordura hasta a la persona más cuerda. Mi mano derecha subió con lentitud por su muslo, hasta llegar a su cadera.

